El poder de la Palabra hablada

Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 23 al 30 de junio, 2007

por Douglas Tilstra
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)
Mirad las aves, son libres y sin restricciones, no están atadas a descripciones de trabajo, y no se preocupan, porque Dios las cuida. Y vosotros valéis mucho más que ellas para Dios. (Mat. 6:26, El mensaje)

Pensamiento clave: La Palabra de Dios sigue siendo relevante en la actualidad (más bien, especialmente en la actualidad) porque nos recuerda constantemente la verdad de que Dios es el Creador y nosotros sus criaturas. Necesitamos ese mensaje hoy más que nunca.

No había sido una semana productiva. Todos los proyectos de mi agenda se habían demorado cinco veces más para completar lo planificado. Todos los papelitos pegados sobre mi escritorio me abrumaban con recordativos de compromisos postergados y citas no cumplidas. Casi todas las noches terminaba mi trabajo tarde, sin embargo para el jueves me sentía más atrasado que cuando comenzó la semana.

El jueves en la mañana desperté sorprendentemente temprano, después de una maratón de medianoche en mi escritorio. Me escurrí quedamente de la casa silenciosa, y caminé por las avenidas de la ciudad que despertaba. Los sonidos provenientes de los autobuses y la movilización me recordaba que otros compartían mi ritmo y mi situación. Probablemente también estaban dirigiéndose raudamente hacia escritorios llenos de papeles y proyectos atrasados. Pero, para mí, había una hora de alivio temporáneo. A pesar del ritmo atareado de una semana improductiva, había sido una semana de búsqueda afanosa de Dios. Esta mañana, doblé de nuevo anticipadamente hacia el parquecito que adornaba el paisaje entre la carretera y los rascacielos.

En realidad el parque es un pedacito de reserva natural –un santuario pantanoso para los zorrinos y los hurones azules, para las personas que corren por las veredas de madera, y para un alma hambrienta que busca a Dios con una Biblia en una mochilita raída.

Casi con impaciencia esperé que cambiara la luz del semáforo, la luz roja con la mano de detención parpadeando para dar paso a la figurita caminando, y los vehículos deteniéndose para dejarme interceptar su camino. Justo detrás del cruce peatonal se alzaba la abertura entre los árboles que conducía a un mundo diferente. En pocos segundos los árboles y los matorrales apagaron el enjambre de automovilistas que se apresuraban frenéticamente a atacar un nuevo día.

Fue allí, donde el sendero llega a la laguna, que vi a una mujer con su perro. No era nada inusual. Pero estaban inmóviles; intentando observar algo sin ser observados. Me acerqué en silencio. Su mirada estaba fija en una ramita que formaba ondas en el agua a varios metros de la orilla. Una cabecita negra emergió detrás de la rama y la empujó hacia adelante. "Mira", susurró la dama del perro, "¡un castor?". Había un toque de asombro en su voz.

Observamos en silencio por algunos instantes antes de que ella se fuera, y quedé solo con el castor y su rama. La llevó flotando hacia un banco de lodo y luego salió chapoteando para disfrutarlo. Me acerqué más para ver mejor. Por casi veinte minutos el castor alegremente tomaba pedacitos de desayuno de la rama frondosa. Me quedé inmóvil en la fría mañana, maravillándome por la cauta pero a la vez extrañamente despreocupada manera en que el castor disfrutaba de la comida que le proveía nuestro Creador.

El sol naciente desparramó pinceladas de oro y rosa sobre las ondas de la laguna. Un poco de neblina matinal envolvía a los gansos que graznaban, volando bajo por encima del agua. Un ave pescadora llamó desde un lugar oculto. Si no hubiera visto el edificio de departamentos que se elevaba por sobre los árboles, mi imaginación casi me habría persuadido de que me hallaba a horas de caminata, lejos de la civilización, y que llevaba una mochila con bolsa de dormir en vez de una mochilita con una Biblia.

Pero la magia se rompió. Involuntariamente carraspeé. Sorprendido, el castor se levantó sobre sus patas traseras y olfateó en mi dirección. Hizo una pausa, volvió a su comida, luego hizo otra pausa, y se deslizó silenciosamente en el agua. Al instante golpeó su ancha cola sobre el agua para avisarle a una compañera que se había acercado a él en la orilla, con la que estaban complaciéndose en un cortejo matinal. De inmediato los dos se habían ido. Otra vez me quedé solo, pero sobrecogido con una sensación de adoración y asombro.

Era hora de regresar, de volver al tráfico, a mi escritorio lleno de tareas y tapado de papeles con notas. Era tiempo de ser productivo. Sin embargo, también era hora de dedicarme a mi productividad más como una criatura que como creador. Podría ser que yo juntara las ramas, pero sólo Dios puede hacer crecer los árboles. Podría ser que yo permaneciera alerta y cauteloso, pero nunca tan tenso como para no solazarme alegremente con los dones simples que vienen de la mano de mi Creador.

Mi Biblia nunca salió de mi mochila esa mañana. Pero las palabras de las Escrituras se hicieron presente en mi día: "El que habita bajo la protección del Altísimo, descansará a la sombra del Todopoderoso. Diré al Señor: Tú eres mi refugio y mi fortaleza, Dios mío, en ti confío" (Sal. 91:1–2). Y las palabras de ese extraño que escuché, al pasar, en el sendero, subrayaron esa verdad bíblica en mi vida diaria, "Es maravilloso cómo esas pequeñas criaturas encuentran una vida de paz en medio de todo este tumulto".

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