El poder de la Palabra hablada
(Crecer mediante la Palabra)


Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 16 al 22 de junio, 2007

por Gifford Rhamie
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

Hay poder en la Palabra hablada de Dios. Esto adquiere un relieve especial cuando consideramos que los libros de la Biblia fueron entregados oralmente bastante antes de ser escritos; son una voz dada antes de que quedaran indeleblemente registrados para la posteridad. Por eso, entendemos que la Biblia es un fenómeno oral. Se la puede tratar más adecuadamente como palabras acústicas que tienen un aliento dinámico, en lugar de considerarla como palabras literales que tienen una existencia estática. La Palabra es viva. Entrega vida. Otorga vida. Hace crecer la vida.

El mundo de los antiguos hebreos cobra vida cuando tenemos en cuenta el fenómeno de la palabra hablada. Se consideraba que las palabras dichas en algún momento, tenían vida propia. Adquirieron alas al ser pronunciadas ante sus oyentes. Y una vez dichas, no podían volverse atrás. En este sentido, se las puede considerar unidireccionales. Un par de ejemplos pueden ayudar a clarificar esto.

Recordará usted la ocasión cuando Isaac estaba ciego y a punto de bendecir a su primogénito, Esaú, para que recibiera el derecho de primogenitura (Gén. 27). El hermano de Esaú, Jacob, se aprovechó de la situación y, en connivencia con su madre, suplantó a Esaú y engañó a su padre para recibir la bendición como supuesto heredero. Cuando Esaú volvió al anochecer para recibir su bendición, era demasiado tarde. Isaac dijo que ya había dado la bendición, de lo que se infiere que ésta no podía ser anulada o retractada. La palabra ya había sido pronunciada.

Otra ocasión es la del profeta Balaam (Núm. 22, 23). Fue contratado por un gobierno extranjero de la vecindad para maldecir a Israel. Encontró un punto estratégico desde el cual tenía una visión panorámica del campamento de Israel, y abrió su boca, pero sólo pudo proferir bendiciones. Dios no le permitió pronunciar una maldición sobre su pueblo. Ese es el poder y la fuerza de la palabra hablada. Las bendiciones dan vida; las maldiciones, muerte.

Reconociendo el poder de la palabra hablada, Pablo nos amonesta para que realicemos el ejercicio espiritual de recitar salmos y cantar himnos y canciones espirituales (Ef. 5:19). Somos llenos por medio del Espíritu (5:18) a través de los ejercicios espirituales. Éstos (por ejemplo, leer porciones de las Escrituras en voz alta, memorizar versículos, y meditar acerca de la Palabra escrita) nos ponen en la actitud adecuada para ser más receptivos de la presencia de Dios. Son un medio que nos permite alcanzar madurez integral.

No es accidentalmente que Pablo se refiere a los Salmos en Efesios 5, ya que ellos son un depósito de poder vivificador. Pablo sabía que cuando alimentamos nuestro espíritu, por ejemplo, con los Salmos, nosotros a su vez ponemos nuestra personalidad en total sumisión a la voluntad de Dios, para que se cumplan sus propósitos en nuestras vidas. Él potencia lo poco que tenemos inherentemente, y así podemos llegar a ser testigos poderosos en el lugar donde vivimos. Por lo tanto, estar en contacto con la Palabra diariamente, significa crecer todos los días.

Los psicólogos dicen que el 95% de lo que escuchamos en un día común, son conversaciones negativas. Éstas provienen de los medios de comunicación, los periódicos, las conversaciones, desacuerdos, y así por el estilo. Como resultado, nos hacemos participantes de las conversaciones negativas y llegamos a ser oprimidos por ellas. La única manera de contrarrestar esto no es tapándonos los oídos, ni aislándonos de manera indefinida, sino hablar palabras de vida (Sal. 119:15; Prov. 18:21).

Acabo de volver de una visita a una vieja amiga muy querida. Ella tiene alzheimer en un estado agudamente avanzado. No necesito decir que ella no pudo reconocerme, y mucho menos darme gracias por la visita. Se veía confundida y deprimida, mascullando palabras incoherentes para sí misma. Durante las dos horas que estuve con ella, le di de comer, la abracé y le conté historias.

Fue sólo cerca del fin de la visita, cuando le leí textos bíblicos y canté himnos, que ella cambió su estado y se animó. Hizo contacto visual conmigo, y sus ojos brillaron de alegría y calidez cuando recité: "El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré? El Señor es el poder de mi vida; ¿de quién tendré temor?…Espera en el Señor, ten ánimo y él fortalecerá tu corazón; te digo que confíes en el Señor" (Salmo 27). Ella tomó mis manos con firmeza cuando le leí, después, Apocalipsis 21:1–4, que habla de los nuevos cielos y la tierra nueva, y en ese momento conmovedor sentí que percibíamos y compartíamos la esperanza.

¡En verdad, hay un poder dinámico, vivificador, cuando nos alimentamos con la Sagrada Palabra!

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