Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 19 al 25 de mayo, 2007
por Ivan Blazen
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)
¿Hay verdadera esperanza para la humanidad? No, si le hemos de creer a filósofos como Bertrand Russell. Éste afirma que, en vista de que el universo está destinado a la extinción a causa de la marcha inexorable de la materia, que es ciega, inmisericorde y omnipotente, y ya que todas las obras humanas serán sepultadas bajo las ruinas, la única filosofía que puede permanecer en pie es la que se basa en una "desesperanza que no se rinde".1 Esto concuerda con la ciencia contemporánea, que ha llegado a la conclusión de que el universo terminará como una bola de fuego debido a la gravedad producida por la implosión de todas las cosas, o bien en un estado de congelamiento causado por la separación de todas las cosas, ya que el espacio y el universo se están expandiendo con una aceleración creciente e infinita (la nueva opinión preferida).
¿Hacia dónde podemos volvernos ante un cuadro tan desalentador? Hoy en día los científicos están a la búsqueda de una teoría que abarque unitariamente todas las propiedades del universo. Lograrlo sería conocer la mente de Dios, en palabras de Stephen Hawking. Pero si llegáramos a conocer esa mente, ¿podríamos entenderla realmente? Esta es la pregunta planteada por el afamado físico Steven Weinberg en su libro Sueños de una teoría final. En el curso de su argumentación, Weinberg toca el tema de Dios y se pregunta si hallaremos alguna respuesta a nuestras incógnitas más profundas, así como alguna señal en las leyes finales de la naturaleza, acerca de un Dios interesado en nosotros. Él cree que esto no es posible, porque los descubrimientos científicos han mostrado más bien una tendencia hacia "una fría despersonalización en las leyes de la naturaleza", y ningún lugar especial para la vida o la inteligencia, para los valores o la moralidad, y tampoco "algún indicio de un Dios que se preocupe de estas cosas. Podemos encontrar estas cosas en cualquier parte, pero no en las leyes de la naturaleza" (el énfasis es mío).2
Si la ciencia y la filosofía no pueden guiarnos hacia un Dios que se interesa en nosotros, ¿hay algo que sí pueda hacerlo? Puedo escuchar al apóstol Pablo diciendo: "¿Qué dice la Escritura?" (Rom. 4:3), o bien, "Porque esto os declaramos por la palabra del Señor" (1 Tes. 4:15). La Biblia no viene a nosotros como producto de la razón (si bien apela a la razón) sino como producto de la revelación. La realidad de Dios y su conocimiento no son inferencias humanas a partir de la realidad del mundo"el mundo no conoció a Dios por medio de la sabiduría" (1 Cor. 1:21)sino que son un mensaje de Dios al mundo. La Biblia nos llama a poner nuestra esperanza en Dios, "que hizo los cielos y la tierra, el mar, y todo lo que hay en ellos" (Sal. 146:5-6). También nos llama a poner nuestra esperanza en su palabra (Sal. 119:114), la cual, aunque está expresada por medio de palabras humanas, es verdaderamente la palabra de Dios (1 Tes. 1:13). A decir verdad, es por medio del ánimo que nos dan las Escriturasque albergan a esta palabraque hemos de tener esperanza (Rom. 15:4).
¿Qué hay en el Dios de las Escrituras que genera esperanza? Precisamente lo que Weinberg señala que le falta a las leyes de la naturaleza, porque ellas no pueden revelar a un Dios solícito, que se interesa por sus hijos. Cuando todo parecía extremadamente oscuro para el rebelde e idólatra Israel, y cuando el juicio estaba a las puertas (Ose. 2:2-13), increíblemente, Dios hizo del pecado de Israel la razón por la cual atraería a su pueblo y lo llevaría al desierto, y le hablaría tiernamente a su corazón
y haría que el valle de Acor fuera una puerta de esperanza (Ose. 2:1415). No puede haber esperanza sin el tierno y solícito amor de Dios.
En su libro Amor, medicina y milagros, Bernie Siegel, de la Universidad de Yale, plantea que cuando un médico demuestra amor, el amor enciende la esperanza en el paciente, y la esperanza aviva al sistema inmunológico, de manera que el milagro de la curación puede ocurrir. Así también opera Dios. Darse cuenta de su amor es regenerar la esperanza y tener una nueva vida. Esta vida se halla en la Palabra que estaba junto a Dios y que era Dios (Juan 1:1, 4) pero se hizo carne y habitó entre nosotros (1:14). En él, podemos ver cuánto "amó Dios al mundo" (Juan 3:16).
La interconexión que existe entre Dios, el amor y la esperanza, está demostrada bellamente en Efesios 2. Allí se describe a los gentiles como "sin esperanza y sin Dios en el mundo" (2:12). Es obvio que el despertar de la esperanza está relacionado con Dios, acerca de quien se dice anteriormente: "Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó cuando estábamos muertos en nuestras transgresiones, nos dio vida juntamente con Cristo.
" (2:5; compárese con Col. 2:13).
Hay otras dos realidades, además del perdón del pecado y de la vida espiritual en Cristo, que tienen su fuente en Dios y que, por su amor, engendran esperanza. Una de ellas es la certeza de salvación final. ¿Puede el cristiano justificado perseverar hasta el juicio final y ser salvo? Muchos temen que la sonrisa de Dios que está con ellos al comienzo de su vida cristiana, debido a su sentida imperfección del presente, al final se transforme en el ceño fruncido de Dios. Romanos 5 se hace cargo de este temor. Nos dice que, a causa de la justificación por la fe, los creyentes obtienen la esperanza de que un día compartirán la gloria de Dios (5:12). El versículo 5 declara que esta esperanza de gloria futura no nos chasqueará. ¿Cómo podemos estar seguros? "Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado" (5:5; el énfasis es mío). La experiencia del amor de Dios en el presente es la garantía para el futuro.
Pero ¿cuál es el contenido de este amor, que le da certeza a nuestra esperanza? Nada menos que el hecho de la muerte de Cristo por los que son moralmente débiles e impíos (5:6), por los pecadores (5:8) y enemigos de Dios (5:10). Este incondicional sacrificio divino en favor de los que no son rectos, "muestra" el amor de Dios (5:8).
El blanco hacia el cual se dirige la lógica de Pablo se encuentra en los versículos paralelos 9 y 10. El argumento es este: Si Dios dio a su hijo para morir por los impíos, como afirman los versículos 6 al 8, "mucho más" él completará la salvación de aquellos a los que ha justificado y reconciliado por medio de esa muerte. Él los salvará del día final de la ira (5:9) por medio de la vida del Cristo resucitado (5:10). En otras palabras, si Dios ya ha hecho lo más difícil, morir por sus enemigos, es más que seguro que hará lo más fácil, vivir por sus amigos. Por eso podemos regocijarnos en nuestra reconciliación presente, porque es la promesa de la salvación final (5:11).
La certeza de salvación involucra la esperanza de la resurrección. Pablo argumenta que si la esperanza en Cristo no se extendiera más allá de los límites de esta vida, los creyentes serían los más dignos de conmiseración (1 Cor. 15:19). Por eso la resurrección de Cristo, que lleva consigo la resurrección de todos (1 Cor. 15:20), es de primerísima importancia para la fe (1 Cor. 15:3). Gracias a ella, los creyentes no se lamentan por sus muertos a la manera de los paganos, quienes por no conocer a Dios (1 Tes. 4:5) no tienen esperanza (4:13). Por el contrario, afirmando su fe en el hecho que Cristo murió y resucitó (4:14) y en la palabra dada por el Cristo resucitado (4:15), los creyentes deben entender que Cristo volverá y, con voz de mando, libertará a los cautivos de la muerte y juntará a los que viven y a los resucitados para que vivan con él para siempre (5:1517). Este es el tiempo en que todos serán transformados de la mortalidad a la inmortalidad (1 Cor. 15:5153) y serán hechos a imagen de Cristo (15:3849). El blanco de la esperanza cristiana es estar con Cristo y ser como es él. En vista de esto, podemos consolarnos los unos a los otros (1 Tes. 4:18).
Existe una carta pagana escrita en los primeros siglos de la Cristiandad por una cierta Irene a una pareja que había perdido a su hijo. Irene se identifica con ellos diciendo que llora por la pérdida de ese hijo, así como lo hizo cuando ella perdió al suyo. Pero, como "no podemos hacer nada frente a la muerte, nos consolamos mutuamente".
¡Cuánta semejanza y diferencia hay entre esto y la exhortación paulina en 1 Tesalonicenses 4:1318! Tanto Irene como Pablo apelan al consuelo como una respuesta ante la muerte, pero el consuelo de Irene está basado en la resignación ante lo irrevocable de la muerte, en tanto que el de Pablo se basa en la victoria de Cristo sobre la muerte. Irene no tiene buenas noticias, pero la buena noticia de Pablo es Jesús. Gracias a él, podemos decir lo que está grabado en una tumba:
Vayan a casa queridos amigos,
y sequen sus lágrimas.
Debemos esperar aquí
hasta que Cristo aparezca.
Notas y referencias
1 Por qué no soy cristiano (Nueva York: Simon and Shuster, 1957), 106107, 11516.
2 Sueños de una teoría final (Nueva York: Random House, 1992), 245, 250.
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