El poder de la Palabra: Casi me lo perdí
(La Palabra en nuestras vidas)


Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 12 al 18 de mayo, 2007

por Reinder Bruinsma
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

Algunas personas argumentan que uno no necesita ser un erudito para beneficiarse de la lectura de la Biblia. Las personas "simples", incluso los analfabetos, pueden experimentar el poder de la Palabra. Esto es evidentemente cierto. De alguna manera, el mismo Espíritu que inspiró a los escritores bíblicos también inspira a los que leen o escuchan la Palabra. Lo hace de una manera que no alcanzamos a comprender. Pero eso no significa que no hay provecho espiritual en dedicar una vida entera a un estudio intensivo de la Palabra de Dios. Después de todo, no hemos de servir al Señor sólo de todo corazón y con toda nuestra alma, sino también con nuestra mente.

Estudiar acerca de la Biblia versus estudiar la Biblia.

Desafortunadamente hay mucha gente que estudia principalmente cosas acerca de la Biblia, en lugar de la Biblia misma. En los círculos adventistas, tendemos a enfatizar el estudio de la Biblia más que sencillamente leer la Biblia. Esa diferencia es bastante significativa en sí misma—y también es lamentable.

Ahora bien, estudiar cosas acerca de la Biblia no sólo es legítimo sino también necesario. En una comunidad que pretende basar sus enseñanzas y su forma de vida en la Biblia, debería haber mucho conocimiento experto, para poder obtener la mejor comprensión posible de lo que el texto inspirado dice realmente. Debería haber un conocimiento generalizado de las lenguas antiguas importantes, de la historia antigua, de la teología bíblica, sistemática e histórica, y de todo lo demás.

Pero este tipo de estudio no debería reemplazar al estudio de la Biblia misma, como pasa tan a menudo y en un grado muy importante.

Sugiero dos cosas fundamentales si queremos experimentar el poder de la Palabra. En primer lugar, quienes estudian de manera extensiva las diversas materias teológicas y las disciplinas auxiliares, deberían decidir pasar por lo menos el mismo tiempo estudiando el contenido del texto en sí. Y, en segundo lugar, haríamos bien en pasar tanto tiempo como sea posible simplemente leyendo la Biblia y meditando sobre lo leído, en vez de estudiar la Biblia. Nada puede reemplazar a un contacto regular y reposado de nuestra alma con lo que Dios quiere decirnos, ahora, por medio de su Palabra. Eso no sucede cuando saltamos de un texto probatorio al siguiente, sino cuando leemos secciones completas, e incluso libros completos, en una sola sesión.

Aceptar la Palabra como milagro.

Cómo las palabras de los hombres llegan a ser la Palabra de Dios, es un milagro tan extraordinario como la encarnación, cuando la Palabra Viva se hizo carne hace unos dos mil años. Estudiar el tema de la inspiración es útil, y los teólogos inevitablemente saldrán con sus teorías de la inspiración. Pero aún cuando todo se ha dicho, y se ha hecho todo, no podemos definir con precisión dónde comienza y termina el elemento humano, y tampoco podemos precisar dónde comienza y termina el elemento divino. Sólo sabemos que el peligro de las teorías de la "inspiración verbal" [o del "dictado"] aparece cuando desestimamos el papel que Dios permitió cumplir a los seres humanos en la escritura de la Biblia. Y, por otra parte, el riesgo de relativismo extremo se agranda cuando se menoscaba el elemento divino del proceso de la inspiración hasta el punto de minar la autoridad (y, por ende, el poder) de la Palabra.

Por eso es importante tener un sistema hermenéutico sólido. Es un imperativo estudiar las estructuras subyacentes en el texto y comprender la naturaleza específica de los diferentes géneros literarios representados en la Biblia. Son útiles ciertos puntos de vista de la "crítica de las formas" y del método "histórico-crítico", si se los aplica con cuidado. También es bueno estar conscientes de algunos de los problemas que rodean la transmisión y la traducción del texto. Y no deberíamos cerrar nuestros ojos a ciertas inconsistencias que existen en el texto bíblico.

Hace veinte o treinta años, a veces me preocupaba profundamente por cuestiones tales como el espíritu malo que fue enviado al rey Saúl, si lo había enviado Dios o Satanás, o si fue David quien mató al gigante Goliat [1 Sam. 17] o si fue Elhanán [2 Sam. 21:19]. En estos casos, y en otros, la información que se encuentra en diferentes libros de la Biblia es contradictoria. Entonces leí un libro breve del teólogo alemán Gerhard Bergmann, quien sugiere que, cuando enfrentemos problemas de esta clase, deberíamos adoptar la actitud de "ein frohliches Unbekummert-sein" (una alegre falta de preocupación).

He probado este abordaje de las Escrituras y lo he hallado útil. Al fin de cuentas, experimentar el poder de la Palabra no depende de que estemos seguros sobre la cantidad de epístolas que Pablo le escribió a los Corintios (¿dos, tres, o más?), ni de poder distinguir con precisión las contribuciones de un Déutero Isaías y de un Trito Isaías, sino de nuestra apertura a la voz de Dios, quien de una manera milagrosa nos habla por medio de palabras de hombres y mujeres que se hallaban imbuidos del "aliento de Dios".

Así que debemos venir a la Palabra misma, y sumergirnos en ella, si es que queremos experimentar su verdadero e inmenso poder. Karl Barth estaba en lo cierto cuando dijo que la Biblia se transforma en la Palabra de Dios para nosotros cuando permitimos que El nos hable a través de las palabras de los escritores inspirados. Juan Calvino, por su parte, hablaba del Testimonium Spiriti Sancti—el testimonio del Espíritu Santo, quien hace que la Palabra sea efectiva en nosotros, y se ocupa de que la lectura de la Biblia llegue a ser radicalmente diferente de la lectura de cualquier otro escrito.

Espere que el Espíritu diga cosas nuevas.

Estudiar la Biblia puede ser una experiencia altamente espiritual, pero también puede ser tan sólo una experiencia secular. Puedo otorgar a usted un grado académico respetable, pero eso no significa que la Biblia llegará a ser automáticamente la Palabra de Dios para usted. Para experimentar el poder de la Palabra hace falta no sólo (y ni siquiera primeramente) un buen grado de aptitud intelectual, sino también el asentimiento de la fe—un profundo compromiso interior con todo lo que Dios quiera decir.

A menudo nos perdemos lo que Dios quiere decir porque venimos a la Palabra con nuestros preconceptos y nuestros propios prejuicios. Esperamos obtener ciertas respuestas, y por eso estamos permanentemente buscando confirmación de lo que creemos que la Biblia debería decirnos. Los adventistas tenemos una tendencia a leer la Biblia para encontrar confirmación de las 28 Creencias Fundamentales, o para descubrir cómo la Palabra inspirada concuerda con las palabras inspiradas de la principal autora del adventismo, Elena G. de White.

A menos que nos abramos a lo que el Espíritu dice, a menos que escuchemos lo que Dios dice y no un eco de lo que nosotros mismos pensamos, no recibiremos el poder de la Palabra, y nunca podremos experimentar de qué manera "las misericordias de Jehová…son nuevas cada mañana" (Lamentaciones 3:22–23).

Una de las modas teológicas de nuestro tiempo es el interés por la narrativa teológica. Pueden ser válidas las objeciones contra el excesivo énfasis en este enfoque, pero su tesis básica es correcta: La historia bíblica debe llegar a ser mi historia. Debe ser internalizada para que pueda tener poder.

Encuentro valioso el hecho de poder leer la historia de Dios involucrándose en la vida de su pueblo, tanto en la lengua hebrea como en la griega (aunque mi propia habilidad para hacerlo se ha entorpecido más de lo que a menudo admito). Creo tener un buen conocimiento del trasfondo histórico, del Sitz im Leben, de la mayoría de los pasajes que leo, y creo tener una experiencia valiosa en explicar a otros lo esencial de lo que leo. Pero a menos que la narración de la Biblia llegue a ser mi propia historia, esa narración no tendrá el poder de hacerme cambiar.

¡Es tan fácil pasar por alto este asunto! Eugene Peterson, en su tan apreciada paráfrasis, traduce el Salmo 73 de una manera majestuosa. Las palabras me llegaron de una manera que el texto nunca había logrado antes:

¡No hay ninguna duda! Dios es bueno—
Bueno para la gente buena, bueno para el de buen corazón.
Pero casi me lo perdí,
pasé por alto contemplar su bondad.
Yo estaba mirando para el otro lado.

Asegúrese de estar conectado con el poder de la Palabra. Está allí. Pero es muy fácil pasarlo por alto y perdérselo.

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