Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 3 al 9 de febrero, 2007
por Marilyn Glaim
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)
Cuando acepté escribir algunas reflexiones sobre Eclesiastés, elegí el capítulo 5 porque focaliza los peligros de la riqueza. Los maestros pueden sentirse fácilmente superiores en el tema de las riquezas. Después de todo, nos hemos pasado la vida "sabiamente" buscando el conocimiento mientras que evitamos la riqueza mundana. Podemos desacreditar a los pocos inicuos que poseen la mayor parte de la riqueza del mundo. Eclesiastés proclama un mensaje como el nuestro. ¡Qué bien! ¡Qué conveniente!
Pero para mi desconcierto, descubrí que el capítulo 5 no es precisamente una palmadita en la espalda para los que se dedican a estudiar en vez de juntar dinero. En efecto, los primeros siete versículos no tratan en absoluto acerca de las riquezas sino sobre la adoración. ¡Qué frustración! Tal vez podría dejarlos de lado e ir directamente a mis pasajes preferidos. Sin embargo, esa no es la manera en que una maestra debería leer, menos aún si se trata de una profesora de literatura que le dice a sus estudiantes que deben mirar el texto con atención. Es el momento de dar una mirada atenta; entonces retrocedamos y miremos los capítulos 1 al 4.
¿Quién habla en estos capítulos? "El hijo de David, rey en Jerusalén". Podría ser. Los principales comentarios bíblicos no están de acuerdo sobre la verdadera identidad del autor que nos habla en este libro. Me ha interesado ver lo que los comentaristas de Spectrum on-line han dicho hasta aquí. Estoy de acuerdo con la sugerencia de Fritz Guy de que el autor de Eclesiastés podría ser "un anciano cínico y experimentado", o bien "un creyente serio pero confundido" ("Del Ser y el Tiempo", 2026 de enero, 2007). En el contexto de los primeros capítulos de Eclesiastés, estas sugerencias tienen sentido.
Al leer una y otra vez los primeros cuatro capítulos, teniendo en mente el capítulo 5, se me ocurrió por fin preguntar si no es posible que la identidad del hablante sea una ficción elegida con el propósito de reforzar el poder de la argumentación. ¿Quién tiene mayor poder y autoridad que un rey? ¿Qué pasaría si el autor fuera un sacerdote, un maestro, o un poeta, es decir, alguien que adora sinceramente a Dios? Esperaríamos que una persona como éstas denunciara cualquier exceso, tanto en las riquezas como en el poder, el sexo y los placeres egoístas, y habiendo hecho esto, él podría esperar que sus lectores dijeran: "Claro, todo eso está bien y es bueno, pero lo que pasa es que él está envidioso de todo lo que se ha perdido, por eso hace que parezca horrible".
Entonces, ¿por qué no hacer que el hablante del libro sea el personaje de un reyy no cualquier rey sino el mayor de todosun rey que lo tuvo todo, riquezas fastuosas, tremendo poder, centenares de mujeres, cualquier diversión imaginable, y que ha descubierto que todo eso es "vanidad" y "aflicción de espíritu", algo así como "perseguir el viento", incluso una "locura" y "necedad"? Las afirmaciones de este personaje son infinitamente más efectivas que las de alguien que sólo ha observado y envidiado. El autor usa a este hablante chasqueado para hacernos entrar en la forma de pensar que evita todo aquello que generalmente imaginamos que deseamos. No sólo llegamos a rechazar los placeres triviales del poder y la riqueza sino que llegamos a temer que ellos nos causen la ruina y la muerte sin sentido.
Ahora el autor, por medio de su hablante, nos tiene donde quiere. Añoramos algo mejor, algo que nos saque del torbellino de destrucción en el cual nos sentimos sumidos. Tiene que haber algo mejor, y por primera vez en esta letanía de desesperación, aparece un consejo dirigido directamente a nosotros. ¿Qué predicador no querría una audiencia que esté tan dispuesta a escuchar un consejo sobre la manera correcta de adorar?
En el pasaje de Eclesiastés 5:17, escuchamos al hablante usando por primera vez el pronombre "tú", o "vosotros", para dar un consejo de manera directa. Aquí está el remedio para la locura y la necedad que el hablante supuesto nos ha presentado en los primeros cuatro capítulos. Sentimos que por fin estamos escuchando el verdadero mensaje del autor acerca del deber y la adoración; y ahora que nos ha puesto en la actitud mental adecuada, él puede suponer que estamos listos para escuchar. Entonces avanza hacia el tema más querido por su corazón: la importancia de adorar a Dios de la manera adecuada y con el espíritu correcto.
Debemos venir a adorar con cuidado, con la actitud mental apropiada, lo cual incluye la disposición de mostrar una obediencia perfecta. Es terrible ser un tonto que peca sin pensar. (¿Un necio como el hablante de los primeros capítulos?). Nunca deberíamos hablar apresurada e irreflexivamente cuando estamos "en la presencia de Dios". Necesitamos recordar que somos seres humanos y que sólo Dios es Dios, y que él está en los cielos mientras que nosotros estamos en la tierra; deberíamos cuidar que nuestras palabras "sean pocas". Las personas que tienen sensibilidad (una palabra que nunca encontramos en los primeros capítulos) tienen ocupaciones importantes, pero los necios abundan en "multitud de palabras".
En efecto, si hacemos una promesa a Dios, debemos cumplirla prestamente. Dios puede enojarse por causa de la conducta necia e irreflexiva de individuos cuyas bocas los hacen pecar. No es correcto tratar de ofrecer una disculpa apresurada; esto solamente provoca la ira de Dios. Todas las obras de nuestras manos serán destruidas por Dios a causa de las palabras y la conducta necias. En lugar de eso, deberíamos "temer a Dios". El consejo, las promesas y las amenazas de este hablanteque ahora está dispuesto, al menos por un momento, a mostrarnos su verdadera posición y manera de pensarson el antídoto perfecto para los excesos y ambiciones del hablante en los primeros capítulos.
En los versículos 8 al 20 vemos la verdadera actitud del autor con respecto a las riquezas. Si bien en los primeros capítulos nos enfatizó la vanidad de la riqueza, en estos versículos nos muestra su verdadero poder. Los que la tienen pero la aman demasiado, y tratan de amasarla y guardarla, nunca tendrán paz ni dicha: "todos los días de su vida comerá en tinieblas, con mucho afán y dolor y miseria" (5:17). La promesa final de este instructivo capítulo es que gozaremos de nuestras vidas y de nuestros trabajos durante los breves años que pasamos en esta tierra. Ni siquiera deberíamos pensar en lo rápido que pasan los años, sino más bien en que "Dios llenará de alegría nuestro corazón" (v. 20). Cuando leo estas palabras, comienzo a preguntarme por qué primero encontré que todo Eclesiastés era tan deprimente. El capítulo 5 nos invita tanto a obedecer como a regocijarnos.
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