Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 27 de enero al 2 de febrero, 2007
por Douglas R. Clark
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)
Frente a todo lo anterior, en el capítulo 4 el autor de Eclesiastés expresa el deseo de morir: los muertos son más afortunados que los que están vivos, y aún en mejor condición están los que todavía no han nacido (4:23). El capítulo 6 sostiene esta misma posición: un nonato no ha visto la vanidad de la vida. Aunque puede resultar sorpresivo para algunas personas, éste no es el único autor bíblico que tiene este sentimiento. Podría ser de interés sólo para los de personalidad melancólica, pero hay por lo menos cuatro santos y sabios en la Biblia que consideraban a la muerte como una opción viable frente al frustrante misterio de la injusticia y la miseria que observaron y documentaron.
Job, en la cruda poesía de su dolor personal, maldijo el día de su nacimiento junto con cualquiera que lo celebrara (Job 3:326). La muerte era un huésped bienvenido, porque otorga paz y reposo, liberándolo de la miseria opresiva del desolado enfrentamiento cara a cara con la pérdida y la desesperación. La vida era injusta, tanto como para justificar la muerte
al momento de nacer.
Jonás se enfrentó también con lo que le pareció una injusticia incomprensible (los malvados ninivitas que fueron librados, después de todo), dos veces encontró atractiva la perspectiva de la muerte inminente (Jonás 4:3, 8). Aunque los lectores saben que debe haber ironía en este relato, Jonás no se estaba divirtiendo; en efecto, según la narración de los hechos, él podría estar todavía sentado en la colina junto a la ciudad esperando ver el justo final de los perversos asirios.
Otro personaje profético, Jeremías, sintiéndose chasqueado ante la manera inadecuada en que Dios trataba a sus oponentes personales, no sólo maldijo el día de su nacimiento sino también al mensajero que lo anunció a los vecinos, deseando haber muerto en el seno de su madre para que fuese su tumba eterna (Jer. 20:1418).
En estos cuatro casos surge una queja sobre la injusticia divina, lo que dispara el deseo de muerte. Estemos de acuerdo o no, para ellos había algo en "el sistema" que estaba colapsado. Había ocurrido un desperfecto de proporciones cósmicas que, si Dios no lo arreglaba, hacía que la vida fuera indeseable, si no insoportable.
¿Qué motivó al autor del Eclesiastés para considerar la mórbida opción de la muerte?
El capítulo 4 del libro trata de responder a esta pregunta y de hallar soluciones para este dilema que pone en jaque la vida. Lo que hace que nuestro autor se enloquezcacomo les pasó a Job, Jonás y Jeremíasson las desigualdades de la vida. Debido a que Dios es justo, y debido a que él exige justicia, y debido a que los seres humanos sólo tenemos esta vida para encontrar justicia, por lo menos desde el punto de vista del Antiguo Testamento, las exigencias de justiciaincluidas las de Diosdeberían cumplirse antes de la muerte. Defender el derecho a morir y abogar en su favor frente a la injusticia era una declaración radical de compromiso con los principios personales, especialmente si la muerte propia puede evitarle a uno el ver la injusticia. Las lágrimas de la gente oprimida por los poderosos eran, simplemente, demasiado para soportar.
El dilema de nuestro autor no es diferente al que se refleja en un intrigante documento babilónico, a menudo llamado el Diálogo del Pesimismo.1 A lo largo del diálogo poético hay un sirviente que repetidamente acepta, con discursos no sinceros, las demandas tremendamente cambiantes, y a veces contradictorias, de su amo. Pero la falacia superficial de la obediencia servil, rápidamente se torna, al final del poema, en una injusticia total. El trato injusto es algo que duele. Duele tanto que el diálogo concluye de la siguiente manera:
"Siervo, obedéceme".
"Sí, mi señor, sí".
"Dime, ¿qué es bueno?"
"Romper mi cuello y el suyo, y arrojarnos los dos al ríoeso es bueno".
En este caso, la muerte llega a ser el elemento de equidad entre el opresor y el oprimido. Pero, ¿es esto lo que recomienda el Eclesiastés? ¿Es que el libro busca hallar justicia y equidad de esta manera? ¿O se trata de que el deseo de muerte del Eclesiastés es, más bien, un recurso retórico para ilustrar el gran nivel de frustración que siente ante la injusticia? ¿Tiene el Eclesiastés algo más que ofrecer que la sumisión ante lo inevitable y el impulso a derrotar, por fin, a quienes nos oprimen?
Si el Predicador pudiera realizar una obra post mortem sobre la vida sin nacer, ¿qué encontraría? ¿Qué lecciones podríamos aprender de eso?
El capítulo 4 presenta tres sugerencias para que las consideremos. No se ofrecen con la consistencia de un consejero que nos presenta una lista de soluciones para los problemas de la vida, sino más bien como reflexiones misceláneas que no siempre están en armonía con el resto del libro. Pero si el libro es un cuaderno de reflexiones que el autor escribió a lo largo del tiempo, como algunos plantean, podemos esperar este tipo de divagación intelectual. He aquí las tres recomendaciones:
- Evite la envidia (versículos 46). La envidia es una fuerza destructora que transforma el trabajo y la labor habilidosa en lo que muchas otras cosas llegan a ser, según este librovanidad y persecución del viento. A causa de esto, los necios cruzan sus manos y devoran su propia carne como caníbales, y los que no están satisfechos con su suerte tratan de cazar el viento.
- Evite estar solo en la vida (versículos 712). Dos de las veintitrés veces que "vanidad" aparece en Eclesiastés se hallan en este párrafo¿la vanidad de vivir solo, de trabajar solo, de estar solo. Tratar de hacer las cosas solo es "una tarea infeliz". Para respaldar esta declaración, nuestro autor recurre a una serie de observaciones patentemente claras: la paga del trabajo es mejor para dos que para uno solo; no es bueno caerse sin que alguien esté cerca para ayudarnos; es más fácil calentarse entre dos que uno solo; luchar de a dos contra un oponente es ventajoso, y una cuerda triple es muy resistente.
- Siga a los que son jóvenes e inquietos (versículos 1316). Los jóvenes, aunque tradicionalmente no son tan estimados como los ancianos, venerables, respetables y honorables, son los que ganan en este pasaje. Contra los jóvenes están la pobreza, la prisión y la conducta impetuosa, pero la sabiduría está de su parte en la lucha para oponerse a un viejo rey necio y reemplazarlo.
Estas recomendaciones podrían ser efectivas y rescatar a nuestro autor de su deseo de morir, pero, tal como es típico de este libro, leemos que incluso las reformas del rey joven tampoco dejarán contentos a todos, y su trabajo será en vano. Regresan la vanidad
y el viento.
1. J. B. Pritchard, Ancient Near Eastern Texts (Princeton, N.J.: Princeton University Press, 1950), 43738.
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