Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 6 al 12 de enero, 2007
por Loren Seibold
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)
Las palabras del Maestro, hijo de David, rey en Jerusalén: "¡Vanidad! ¡vanidad!" dice el Maestro, "¡Vanidad de vanidades!, todo es vanidad" (Eclesiastés 1:12)
Eclesiastés no deja ninguna duda en cuanto a su tesis, que resume de inmediato (y repetidamente) con el uso del término hebreo hebel. La raíz de esta palabra se relaciona con la respiración o el viento, que por extensión, a partir de la naturaleza transitoria del viento, evolucionó hasta denotar vanidad, futilidad, vacío, inutilidad, falta de sentido. Michael Fox, en el Journal of Biblical Literatura [la Revista de literatura bíblica], sugiere que la palabra inglesa que traduce mejor la noción de hebel tal como se la usa aquí, es "absurdo".1 La duplicación de esta palabra expresa su intensidad: de todos los absurdos que uno puede encontrar en la vida, éste es el mayor de todos (tal como se refleja en la Versión King James y en la Versión Estándar Revisada, "vanidad de vanidades").
Una manera común de leer estas declaracionesaunque probablemente no sea del todo exitosaes hacerlo a través de los ojos del rey Salomón, el hombre rico, seguro, sabio, y con muchas esposas. "¡Mirad todo lo que tenía el rey Salomóny no era feliz!" La implicancia de esto es que, ya que no somos Salomón, estamos a salvo. Esta es una lección moral simplista, quizás propagada por la envidia, que desacredita a la ambición y le da una comodidad efímera a aquellos entre nosotros que podríamos sentir remordimiento en privado por nuestra propia estupidez, pobreza, inseguridad y monogamia.
El comentario La Biblia del nuevo intérprete [New Interpreters Bible] afirma que el libro de Eclesiastés no fue escrito por Salomón, debido a la época evidenciada por el estilo del idioma hebreo. De mayor importancia es que, usando a Salomón como nuestro personaje clave, evade el propósito del autor –que no es decir que los que tienen dinero, seguridad, e inteligencia, o aquellos que tienen un harén, encontrarán al fin de cuentas que sus posesiones no son satisfactorias. El propósito es decir que, en vista de la brevedad de la vida y de sus frustraciones, todo el mundo encontrará que sus logros son, al fin de cuentas, insatisfactorios, ya sea que haya logrado mucho o poco. El objetivo es enseñar una lección humana, y no sólo para los ricos y famosos.
Hay poco donde equivocarse en el Eclesiastés, poca inconsistencia de propósito. El autor repite su oscuro mensaje en la mayor parte del libro, y lo ilustra de manera específica. No parece estar estableciendo un argumento sobre la futilidad de la vida para luego derribarlo y así lograr un mayor efecto, al menos no en esta parte del soliloquio. El libro, en verdad, nunca presenta una gran dosis de esperanza. Sus ejemplos de lo absurdo de la vida son sólidos e insistentes, comparados con las relativamente breves y superficiales prescripciones para vivir por sobre ello.
Por esta razón, cuidémonos de no ofrecer a los miembros de la clase de la Escuela Sabática un camino muy fácil para salir de la oscuridad de este libro. Los seres humanos nos resistimos a enfrentar la oscuridad de la vida y nos rebelaremos (particularmente cuando nuestra fe está en juego) a permanecer quietos en esta especie de penumbra existencial. Esta es la razón por la que le decimos a un paciente de cáncer terminal, con una alegría forzada, "Oh, usted se va a mejorar; dentro de muy poco saldrá de este hospital". Es una mentira, lo sabemos, pero es una mentira que nos ayuda a no sentirnos mal (y suponemos, falsamente, que le ayuda al paciente).
De manera semejante, resulta tentador pasar rápido las partes oscuras del Eclesiastés y decir, "¡Sí, pero podemos ser felices, a pesar de que todo es absurdo!" Deberíamos recordar que las Escrituras siempre tratan de decirnos que la expectativa de tener una vida plenamente satisfactoria en este mundo es vana, y por eso nos promete el cielo, y por eso este autor es tan inflexible en su oscura evaluación de la vida en este mundo.
Por supuesto que creemos que hay esperanza al final de la historia humana (aún cuando este predicador no parecía comprender su extensión). Pero es esencial que nos quedemos por un tiempo al lado del autor del Eclesiastés, que lo escuchemos con atención, que oigamos lo que nos dice, y que le creamos. Él siente que la vida en este mundo es vana, sin esperanza, vacía, y absurda. Punto. Aunque al fin de cuentas, casi sin ganas, vislumbra maneras de hacer la vida soportable, uno no puede pasar por alto sus sentimientosni los de los miembros de su clase que pudieran sentirse igual. A veces la vida no es muy buena, y lo más absurdo de todo es tratar, en esos casos, de forzar la esperanza en ella, cuando la necesidad (como en este caso) es que haya alguien que escuche los dolores que uno siente.
Es interesante que la palabra hebel es la misma palabra hebrea del nombre del hijo asesinado de Adán y Eva, Abel, cuya muerte, según lo que el autor de Hebreos sugiere implícitamente (12:24) es un prototipo de la muerte de Cristo. Aunque nos resistamos a hacer mayor cuestión de esto, quizás pueda crear un vínculo homilético con las declaraciones de Pablo acerca del aparente absurdo de la cruz (1 Cor. 1:18), que al fin de cuentas demuestra ser un medio paradojal para exhibir el poder de Dios.
1. "The Meaning of Hebel" [El significado de Hebel], Journal of Biblical Literature 105 (1986): 413. comparta este artículo
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