El precio del engaño

Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 2 al 8 de diciembre, 2006

por Paul Mugane
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

Hace algún tiempo, un "líder cristiano" ofreció una solución de lo más extraña al así llamado "líder villano" de Venezuela. Dejó perplejos a la mayoría de nosotros, porque por muy tangencial que sea el contacto con la cristiandad, hacer un llamado para matar a un enemigo—especialmente por parte de un ministro religioso—no es una enseñanza central, ni siquiera periférica, del cristianismo. La protesta pública, que no se hizo esperar, demostró que la incongruencia entre las enseñanzas cristianas y la acción propuesta era clamorosamente obvia.

Según noticias más recientes, otro líder y pastor estuvo predicando y atacando públicamente un determinado estilo de vida, en el cual él mismo estaba grandemente involucrado en su vida privada. El precio y el daño de la trama de engaño que él tejió con tanta habilidad continuará repercutiendo por largo tiempo, y las consecuencias para todos los afectados son incalculables.

Aunque estos sucesos recientes están separados por muchos siglos de las historias bíblicas que encontramos en la lección de esta semana, las semejanzas abundan. Las vidas de Isaac y Rebeca, la de sus hijos Esaú y Jacob, y las del tío y los primos de éstos, nos presentan cierta incongruencia cíclica o generacional, comenzando por el "fiel" Abraham, como se lo recuerda benevolentemente.

Hay un patrón que se repite en el proceso del engaño. En primer lugar, la oportunidad para engañar se presenta generalmente en un ambiente alejado de la mirada del público, e incluso posiblemente dentro de los límites de nuestra propia mente. Por ejemplo, tanto Abraham como Isaac mienten diciendo que sus esposas son sus hermanas (aunque sólo sea técnicamente cierto en el caso de Abraham) al peregrinar desde su tierra hacia Gerar. Tienen miedo de perder la vida, ya que sus esposas son hermosas y creen que serán codiciadas por la gente de la tierra a la que se dirigen, quienes podrían planear matar a los maridos para quedarse con las mujeres.

En segundo lugar, la acción deseada vence tanto a la fidelidad como al compromiso que uno tiene, los que a menudo se manifiestan en la esfera pública. Luego sigue la necesidad de engañar, porque una vida doble siempre afecta a otros, que se ven involucrados sin quererlo y sin sospecharlo. Finalmente, el engaño es seguido por la exposición pública, y la caída causada por el engaño tiene grandes consecuencias.

Sin embargo, hay un peligro en mirar los periódicos y las historias bíblicas para hallar ejemplos de engaño, porque están demasiado alejados de la gente que consideramos común y corriente. El engaño ocurre en la vida diaria, tanto al llevar a los niños al colegio o a la guardería como al realizar las rutinas diarias de la preparación de los alimentos, cambiar pañales, limpiar la casa, ir a la corte, al hospital, a la escuela, y, por supuesto, a la iglesia. El engaño tiene lugar cuando realizamos nuestras tareas comunes. Es algo que aflige a todo el mundo. Nadie está exento ni es inmune; nadie necesita solicitarlo porque nos viene a todos sin que lo pidamos.

Tal como lo indica la historia de Jacob y Esaú, las semillas del engaño pueden ser plantadas y cultivadas por una gran cantidad de personas, algunas de las cuales pueden ser de nuestra especial confianza, como los miembros de la familia, o aquellos a quienes admiramos. Jacob fue un agente moral; él había iniciado el proceso algún tiempo antes, sin la ayuda de nadie, cuando sacó ventaja de la debilidad y del hambre de Esaú. Eligió la ganancia deshonesta en lugar de cumplir el evangelio (el mandato de Dios) y ser hospitalario con su propio hermano. Mostró ciertos arrebatos de conciencia, o de abierto temor de ser descubierto, durante el engaño orquestado por su madre Rebeca para robarle la bendición de la primogenitura a su otro hijo.

Pero el motivo que Jacob tenía para cometer su engaño era el deseo de obtener una bendición—algo noble y bueno—lo que culminó cuando, más tarde, luchó con un extraño al que no dejaría ir hasta que hubiera recibido su bendición. En Génesis 25:19–29:30, se describe a Jacob como una persona moralmente inocente, o como un hombre íntegro, entre otros significados. Se lo presenta en la historia como alguien que es obediente y no rebelde como su hermano, que defrauda a sus padres con la elección de esposas. Jacob obedece a su madre a través de los engaños, y escucha a su padre cuando es enviado con la instrucción de no casarse con una mujer cananea. Esta capacidad de escuchar a sus padres es la misma empleada para escuchar a Dios.

Por lo tanto, el engaño es una especie de dicotomía que ocurre dentro de uno mismo, permitiendo alojar a la fidelidad y a la infidelidad al mismo tiempo. Esto permite que la fiel aceptación del evangelio sea sustituida por un deseo o aspiración infiel: una hermana en lugar de esposa, una comida en lugar de la primogenitura, Jacob en lugar de Esaú, Lea en lugar de Raquel. En nuestros primeros ejemplos, se trató de la sustitución del evangelio por un llamado a matar, y la sustitución de la confianza en Dios y del compromiso con él, con la familia y con la iglesia, por una aventura sexual, respectivamente. Más aún, se aplica de manera personal y política cuando el evangelio es sustituido por el adagio actual, insostenible pero aceptado, de nuestra nación de "proteger nuestros (mis) intereses estratégicos" a expensas de otros; el evangelio, por el contrario, es amar a Dios con abundancia y al prójimo como a uno mismo.

Debido a que hay un salario o un precio por todo lo que se hace debajo del sol, el engaño no es la excepción. En el engaño, el que paga el precio más alto es Dios. Su reputación es dañada cuando los que están asociados a su nombre no son fieles. En segundo lugar, entorpecemos o postergamos la posibilidad de que otros se acerquen a Dios, porque cuando nuestro engaño queda revelado, nuestra credibilidad es puesta en duda, y nadie quiere ser parte de un grupo de personas que no tienen credibilidad.

Por último, la palabra final la tiene Dios. La insistencia de Dios en bendecir sobrepasa al daño. Esta insistencia siempre está de parte nuestra; es un regalo de la gracia para cada uno de nosotros. En esta historia, Dios parece obrar dentro de las acciones sin rumbo y disfunciones de estos personajes, porque hizo una promesa de bendición a Abraham, quien en verdad pertenecía a la generación anterior. Es la prerrogativa de Dios bendecirnos, y para aquellos que ansiamos un Dios según nuestros propios prejuicios, esto debería ser motivo de gratitud, porque mañana podríamos encontrarnos con nuestros propios engaños y en ese caso necesitaremos un Dios lleno de gracia: Un Dios que bendice a pesar de las circunstancias presentes, porque una madre y un padre presentaron años atrás a sus hijos, y a los hijos de éstos, ante Dios, y nada debilitará la memoria de Dios ni su resolución de bendecir como prometió.

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