Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 11 al 17 de noviembre, 2006
por Roy Gane
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)
El pacto de Dios con Abram-Abraham y Sarai-Sara fue una alianza con un hombre y su esposa, y con sus descendientes, que abarcarían sólo una parte de la especie humana. Sara estaba asociada con Abraham en esta alianza, tal como lo muestra la insistencia del Señor en que sólo ella podría ser la madre de la descendencia del pacto, aunque fuera necesario hacer un milagro. Este fue el primer pacto no universal, que consistió en la selección de un pueblo escogido remanente que moraría en su propia tierra. Sin embargo, Dios tenía la intención de usar esta alianza para un propósito universal: bendecir a todas las familias de la tierra por medio de los descendientes de Abraham y Sara (Gén. 12:3; 22:18). Así que esta fue, en verdad, una alianza para toda la humanidad a través de Abram y Sarai, cuya familia debía ser el canal usado por Dios para revelarse a sí mismo al mundo, mostrando la naturaleza de su carácter.
En la Biblia, la historia de Abram y Sarai es la peregrinación paradigmática de la fe (Rom. 4; Gál. 3). Cuando el Señor le dijo a Abram, "vete de tu tierra y de tu parentela" (Gén. 12:1), ellos empezaron a empacar de inmediato. ¿Fue eso fe u obras? No se trata de si fue lo uno
o lo otro; era una fe que obra (vea Gál. 5:6) porque la fe viva produce de manera natural las obras correspondientes (Santiago 2:26). Pero las obras que son producidas por la fe no compran las bendiciones prometidas, tales como grandeza, tierra, o descendientes. Estas obras son sólo la manera en que la fe recibe el don gratuito de Dios, que es otorgado por gracia y recibido por medio de la fe (Efe. 2:89).
Una idea presentada consistentemente a través de las Escrituras es que la gracia recibida por la fe es dinámica, lo cual se revela en el orden narrativo de la fórmula de la alianza: Ratificación formal del pacto con Abram por medio de un sacrificio ritual (Gén. 15), una estipulación general (17:1"Camina delante de mí y sé sin mancha"), el signo de la alianza (17:1014, 2327la circuncisión) que sigue a la liberación en la guerra (Gén. 14), y la declaración del Señor de que él es el "escudo" de Abram (15:1). De manera semejante el Señor inauguró su pacto con Noé, después de haberlo liberado del diluvio, con estipulaciones (Gén. 89). Así también, Dios liberó a los israelitas de la esclavitud de Egipto (ver Exo. 20:1-2) y sólo entonces les dio sus mandamientos (versículos 3 y siguientes) como parte de la ratificación del pacto.
A diferencia de los políticos modernos, Dios promete, luego libera, y sólo entonces lleva a efecto una inauguración. El hecho que él da consistentemente sus estipulaciones y mandamientos a un pueblo al que previamente ha salvado, demuestra que la obediencia a estas leyes divinas no puede hacerlos merecedores de la salvación, ya que ésta es un don de la pura gracia que es recibido, solamente, por medio de la fe viva.
Cuando Abram confió en la promesa de Dios de que le daría un hijo, en contra de las posibilidades físicas, fue su fe la que se le contó en lugar de justicia (Gén. 15:6). Deuteronomio 6:25, que promete justicia a los israelitas que guardan los mandamientos del Señor, es complementario en vez de contradictorio porque la obediencia de la alianza es sólo una parte del acto de recibir, por medio de una fe que obra.
Mayor evidencia de que el pacto con Abram estaba basado en la gracia puede ser hallada en el poderoso ritual de la alianza de Génesis 15, donde "apareció un horno humeante y una antorcha flameante que pasaba entre" los animales sacrificados (versículo 17). Estos objetos representaban al Señor, ya que el siguiente versículo dice: "En ese día el Señor hizo (literalmente "cortó") un pacto con Abram" (versículo 18).
Al comparar con otros rituales de alianza del Cercano Oriente antiguo, y con Jeremías 34:18-20, encontramos que el paso entre animales despedazados significaba una auto-imprecación de la parte más débil en la alianza, diciendo: "Si yo rompo este pacto, sea despedazado como estos animales". Lo notable en Génesis 15 es que Dios, siendo la parte superior en la alianza y quien fijó los términos de su pacto con Abram, rompió el protocolo, por su gracia, y se representó a sí mismo como la parte que pasa entre los animales despedazados, obligándose de este modo a cumplir sus promesas del pacto.
En la historia posterior, el Señor no violó jamás su parte de la alianza, pero se apartó nuevamente del patrón establecido cuando su pueblo no cumplió con lo que le correspondía, y esta vez lo hizo de una manera mucho más radical: En vez de destruir a la parte humana descarriada, envió a su Hijo para que se encarnara y fuera quebrantado como Representante suyo. "Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros" (Gál. 3:13).
Abram tuvo fe desde el comienzo de su sociedad con Dios, pero hubo muchas posibilidades para que su fe creciera. Como a cualquiera de nosotros, le sucedió que su fe fue debilitada al principio por el temor de perder la vida, hasta el punto que en una situación potencialmente peligrosa (prefigurando la peregrinación israelita en el desierto) puso en riesgo el cumplimiento de la promesa del pacto, cuando estuvo dispuesto a arriesgar a su esposa al presentarla falsamente ante los egipcios como si sólo fuera su hermana (Gén. 12:1020). A través de una serie de encuentros con Dios durante muchos años, en los cuales hubo otros casos en los que el pacto estuvo en riesgo, Abram desarrolló progresivamente una mayor confianza en el Señor, mitigó su temor, y procuró el bienestar de otros, comenzando por su propia familia y luego extendiéndolo a miembros de otras naciones.
Cuando Abram confió lo suficiente en Dios como para entregar a su propio hijoel don divino que era la clave para su futuro&3151;Dios estableció el pacto de la promesa de manera concreta (con un juramento) señalando que todas las naciones serían bendecidas por medio de él (Gén. 22:1518). Así, la obediencia radical de Abram al pasar la última prueba de su fe (Heb. 11:20creyendo que Dios podía levantar a Isaac de entre los muertos) puso fin a una peregrinación de confianza y amor altruista, alejándose del ciclo destructivo de concentración incrédula en sí mismo que lleva a la maldición, que es tan prominente en las historias primitivas de Adán y Eva, Caín, Lamec, y los constructores de Babel (ver Paul Borgman, Génesis: La historia que no hemos oído [Downers Grove, Illinois: InterVarsity, 2001]).
A pesar de que estamos viviendo miles de años después de Abraham y Sara, su historia nos inspira, a nosotros que somos sus descendientes espirituales (Gál. 3:29), dándonos esperanza de un futuro mejor por medio del compañerismo con Dios.
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