Todo lo que comienza bien, está bien
(Los fundamentos)

Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 30 de septiembre al 6 de octubre, 2006


por Rolf J. Poehler
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

Cuando algo termina de manera positiva, cuando las situaciones críticas se resuelven en un final feliz, cuando un matrimonio desgastado logra la felicidad conyugal, generalmente tendemos a olvidar cuántos obstáculos y reveses, dificultades y chascos tuvimos que vencer. El proverbial "final feliz" hace empalidecer todas las dificultades. Como dice el dicho popular: "Todo lo que termina bien, está bien". Esto es cierto tanto para las personas individuales como para la humanidad en general. Los cristianos que confiamos en la promesa, "He aquí, yo hago nuevas todas las cosas", estamos convencidos de que el Dios Todopoderoso llevará todas las cosas a un final feliz. Por lo tanto, esperamos con confianza la venida de Cristo y el fin de todas las cosas, esto es, el desenlace escatológico de la historia del mundo.

Pero la fe bíblica no sólo mira hacia el futuro en que el dolor y las miserias de este mundo serán olvidadas y reemplazadas por una felicidad y una paz eternas. Es verdad, la esperanza firme y la expectativa de un futuro mejor—en realidad perfecto—nos ayuda a lidiar con los incontables desafíos de la vida individual y corporativa, aquí y ahora. Pero el dicho opuesto también es verdad: "Todo lo que comienza bien, está bien". Por ejemplo, una partida perfecta en una carrera es la mejor base para una llegada exitosa; una mala largada, por el contrario, generalmente estropea las posibilidades de victoria. La dirección que tomamos cuando entramos en una autopista, determina el destino al que llegaremos finalmente. Sólo un fundamento sólido puede sostener al rascacielos construido sobre él. De modo semejante, las preguntas básicas de la vida demandan respuestas firmes y sólidas. El filósofo griego Aristóteles dijo una vez en forma perceptiva: "El comienzo es la mitad del total".

Desde esa perspectiva, el libro del Génesis—que en la Biblia hebrea es llamado adecuadamente "Orígenes"—tiene un lugar especial e importante dentro de las Sagradas Escrituras. Nos revela las verdaderas intenciones de Dios para los humanos y para el mundo, al contarnos el comienzo de todas las cosas, cómo éstas fueron puestas en su lugar, y cuál era el propósito que el "hombre"—entiéndase el hombre y la mujer—debía cumplir. La descripción del ser humano hecha en los tres primeros capítulos del Génesis, constituye una antropología teológica básica que no es superada por la literatura, antigua o moderna. Nos da instrucciones y orientaciones que son muy necesarias para administrar el mundo como vice-gobernadores y mayordomos de Dios. También le da sentido a nuestras vidas y fortalece nuestra confianza en que los planes de Dios para este mundo serán cumplidos finalmente.

El concepto de humanidad establecido en el libro del Génesis es tan atractivo como alarmante, es muy idealista y a la vez totalmente realista. El estado paradisíaco de este mundo no duró mucho, a pesar de la perfección de sus condiciones iniciales. Aunque nos parezca extraño, la semilla de la duda encontró un terreno fértil para crecer como planta prolífica y rastrera, produciendo desconfianza en la bondad y en la sabiduría insuperable de Dios, y cosechando alienación y culpa. De esta manera, la historia bíblica de los "Orígenes" nos presenta relatos de declinación moral y juicio divino, de soberbia humana, de mentiras e intrigas, resentimiento y envidia, sangrientas disputas familiares, asesinato despiadado, y otras catástrofes. En suma, un mundo igualito al nuestro—ni siquiera un poquito mejor. Leer el primer libro de la Biblia es como hojear los diarios de hoy.

Bueno, no tanto. Por lo menos hay un aspecto crucial, en la historia bíblica, que no se encuentra en las revistas de noticias ni en los libros de historia que ofrecen una perspectiva meramente humana de nuestro mundo. Me refiero a la manera como el Dios-Creador reacciona ante el hecho de que su obra perfecta se haya tornado un lugar feo, lleno de miedo y terror. A primera vista, parecería que lamenta haber creado el mundo y que quiere destruir su propia obra. Pero una y otra vez se manifiestan su misericordia y su preocupación, cuando atiende a sus criaturas y con amante paciencia trata de recuperarlas para sí. Dios no desea que haya destrucción y calamidades; por el contrario, quiere que vivamos y gocemos de bienestar. Dios guía y protege, libera y salva, disculpa y perdona, bendice y provee. Hay misericordia divina en medio del juicio divino, fe salvífica frente a la duda, significación y sentido frente al caos—al igual que en nuestros días.

Dios es capaz de escribir derecho con líneas torcidas. Esta experiencia, tal como la narra el Génesis de formas tan variadas, puede animarnos para que nos hagamos cargo de nuestras vidas, y—a pesar de la culpa y del fracaso—hagamos lo mejor posible para darle forma al mundo de manera responsable, para que actuemos con justicia, preservemos y protejamos lo que queda del "jardín" original, y demos testimonio del amor inconmensurable de Dios, cuyo poder y gracia sostienen su hermosa creación—aunque esté caída. Mirar hacia los orígenes de nuestro mundo es enfrentar el misterio de la vida y descubrir nuestro destino humano. También puede orientarnos a comenzar de nuevo nuestra vida personal, a renovar nuestra espiritualidad. El autor ganador del premio Nobel, Hermann Hesse, percibió algo del misterioso poder de los "Orígenes" cuando escribió estas palabras: "En cada nuevo comienzo existe una magia inherente que nos protege y nos ayuda a vivir".

El libro del Génesis nos puede ayudar a entender a Dios, a nosotros mismos, y a nuestro mundo—tanto en su estado actual como en la forma que Dios quería que fuese. Al cumplir esta función, ejerció una influencia poderosa y duradera, no sólo sobre la religión judía sino también sobre la teología cristiana. Es, en verdad, un libro sin par en nuestra biblioteca de escritos sagrados que llamamos "Santa Biblia". Estudiarlo con una mente inquisitiva, buscando una nueva perspectiva en sus historias antiguas pero reales, nos puede llevar a un tener un encuentro personal con el Creador y Sostenedor, Redentor y Juez del mundo. En su alianza con los patriarcas hebreos, Dios prometió bendecir a todas las naciones de la tierra. Más tarde cumplió este plan de una manera enormemente sorprendente. Ahora todos los que creen en Jesucristo—el Hijo de Dios que no tiene igual—son hijos de Abraham. De este modo, el libro del Génesis es la historia de ellos, así como es la nuestra.

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