Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 16 al 22 de septiembre, 2006
Por David R. Larson
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)
Algunos días son diamantes,
algunos días son piedras.
A veces las dificultades
no me dejan en paz.
A veces el viento frío
me entumece los huesos.
¡Algunos días son diamantes,
algunos días son piedras!
John Denver
La verdad del santuario es el más espléndido de todos los temas de las Escrituras. Al focalizar la presencia de Dios en las experiencias comunes de la vida, estimula nuestro pensamiento, fortalece nuestras intenciones, y suaviza nuestros sentimientos que a veces están compungidos. La verdad del santuario es la cadena de oro a la que vinculamos todos los demás temas de las Escrituras.
Podemos resumir la verdad del santuario en una sola palabra, Emmanuel, que significa "Dios con nosotros". Nos hace recordar que para ver a Dios obrando no necesitamos viajar a un lugar lejano, gozar alguna experiencia especial, realizar alguna gran acción, demostrar algún talento extraordinario, o amasar alguna gran fortuna. Todo lo que necesitamos hacer es mirar a nuestro alrededor y darnos cuenta de que existe un poder en todas las cosas que, sin importar lo que suceda, ayuda a que todo sea mejor. ¡Los huesos sanan, las plantas crecen, la gente ama, las aves cantan, los bebés sonríen!
No todo lo que sucede es por la voluntad de Dios. Eso no sería una buena noticia. La buena noticia es la verdad del santuario. Nos dice que, en cada momento y en la vida de todos, Dios trae toda la salud y sanidad posibles.
"Me harán un santuario", dice el Señor al comienzo de las Escrituras, "para que yo habite en medio de ellos" (Éxodo 25:8). En el centro dramático de las Escrituras, leemos que en Jesús "la Palabra se hizo carne y habitó (levantó su santuario) entre nosotros" (Juan 1:14). El último libro de la Biblia anuncia un tiempo cuando "una voz potente desde el trono celestial" proclamará: "He aquí el tabernáculo (santuario) de Dios con los hombres, y él morará (santuario) con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios" (Apoc. 21:3). Al comienzo y al final de las Sagradas Escrituras, y en todo lugar entre medio, la verdad del santuario es la misma: Emanuel, Dios con nosotros.
La verdad del santuario consoló a José después que sus hermanos lo vendieron como esclavo. Fortaleció a Moisés cuando guió al pueblo de Israel liberándolo de la esclavitud de Egipto. Animó a Daniel cuando consideraba la difícil situación de su pueblo, que una vez más debió sufrir la cautividad. Le dio coraje a Juan Bautista para esperar su injusta ejecución. Le ayudó a Esteban a permanecer fiel a lo que había predicado cuando lo apedrearon hasta morir. Capacitó a Pablo para cantar en la prisión. Hizo que el Revelador anunciara con gozo y alegría la sanidad de las naciones desde su isla de destierro solitario.
Muchos de los Salmos también expresan la verdad del santuario, aunque a veces no lo consideremos. Uno de ellos da la siguiente bendición: "Jehová te oiga en el día de conflicto;
Dios te envíe ayuda desde el santuario, y desde Sion te sostenga" (Sal. 20:12). Otro salmo expresa la petición de alguien que está en gran tribulación: "Oye la voz de mis ruegos cuando clamo a ti, cuando alzo mis manos hacia tu santo [santísimo o de más adentro] templo" (Sal. 28:2). Más de un salmo se refiere al santuario cuando alaba a Dios: "Para ver tu poder y tu gloria, así como te he mirado en el santuario; porque mejor es tu misericordia que la vida" (Sal. 63:23). Algunos salmos alaban a Dios por su poder, porque fortalece a los débiles: "Temible eres, oh Dios, en tu santuario; el Dios de Israel, él da fuerza y vigor a su pueblo" (Sal. 68:35).
Por lo menos hay un salmista que declara que solamente en el santuario vio el destino final de los malvados. Hablando de que a menudo los malos prosperan, dice: "Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí, hasta que entrando en el santuario de Dios comprendí el fin de ellos" (Sal. 73:1617). Algunos salmos relacionan la idea del Dios Creador con la verdad del santuario. "Porque todos los dioses de los pueblos son ídolos, pero Jehová hizo los cielos; alabanza y magnificencia delante de él, poder y gloria en su santuario" (Sal. 96:56). El último de los salmos es un resumen exultante: "Alabad a Dios en su santuario, alabadle en la magnificencia de su firmamento" (Sal. 150:1).
La verdad del santuario salvó de la desesperación total a los que sufrieron el Gran Chasco, cuando Jesús no regresó triunfalmente el 22 de octubre de 1844 como lo habían anunciado. Nos equivocamos cuando debatimos hasta el infinito si ellos entendieron correctamente cada versículo de la Biblia, algo que no podemos hacer nosotros mismos. Probablemente se equivocaron en algunos detalles, sin embargo, ¡entendieron bien el asunto en sus líneas generales!
No estaban solos. Tenían una razón para seguir reuniéndose. Fue bueno estudiar y predicar el evangelio, fue una buena idea construir hospitales, escuelas, casas publicadoras, y fábricas de alimentos en todo el mundo, y desarrollar una de las agencias de desarrollo y asistencia social más grandes y efectivas de todos los tiempos. ¡La vida es digna de ser vivida!
Así es como Dios puede levantar nuestras cargas. Así es como Dios puede transformar nuestras penurias. Así es como él puede corregir nuestros errores. Así es como puede ayudarnos a andar derechos otra vez. Así es como puede sanar nuestros corazones quebrantados. ¡Así es como Dios puede ayudarnos a reírnos de nosotros mismos!
Las experiencias de la vida diaria son variables. Algunas son cimas gloriosas, algunas son pozos tenebrosos, y entre ambos, la mayoría son más o menos llanuras. Puede ser sorprendente que uno se pueda sentir solitario y alienado tanto en la cima como en la base. Pablo de Tarso entendió cómo se relaciona la verdad del santuario con esta realidad. "Sé vivir con poco, y sé tener abundancia", escribió a sus amigos desde la cárcel. Sin embargo, "todo lo puedo en Cristo que me fortalece" (Filipenses 4:1213). Uno de los salmos dice lo mismo de la siguiente manera: "Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciera mi cama, he aquí, allí tú estás" (Sal. 139:8).
Nos extraviaríamos si olvidáramos la verdad del santuario. ¡Emanuel!
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