Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 16 al 22 de septiembre, 2006
por Clifford Goldstein
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)
Mi esposa, que creció en la iglesia Adventista del Séptimo Día, me contó cómo le enseñaron acerca del juicio investigador.
"Bien", dijo ella, "te dicen que el juicio está teniendo lugar en el Cielo en este momento, y si tu nombre es tratado y tú no eres perfecto sino que vas al cine, o haces cosas semejantes, entonces tu nombre es borrado de los libros del Cielo, y te pierdes irrevocablemente y para siempre. Pero tú no sabes que estás perdido y sigues tratando de ser perfecto, aunque ya es demasiado tarde. Tu destino eterno está definitivamente sellado."
¡Vaya! ¿Cómo pudieron las buenas nuevas, alguna vez, volverse tan "buenas"? Aunque aborrezco decirlo, sólo los adventistas del Séptimo Día podrían tomar algo tan bueno y positivoporque eso es el trabajo de Cristo a favor nuestro en el Lugar Santísimoy transformarlo en algo tan mortal.
Como adventistas, creemos que desde 1844 hemos estado viviendo en el Día antitípico de la Expiación. Esto significa que el Día de la Expiación anual del ritual judío de purificación del santuario era sólo un modelo, un tipo, una pequeña profecía de este verdadero Día de la Expiación. Así como los animales eran tipos, símbolos, de la cruz, el Día de la Expiación terrenal era un tipo, un símbolo, del día real que fue inaugurado en 1844 por la obra de juicio que realiza Cristo en el santuario celestial.
Si estamos en lo correcto y verdaderamente estamos viviendo en el Día de la Expiación, ¿no debería eso ser una buena noticia? Porque, después de todo, ¿qué es la expiación? Es la obra que Dios realiza para salvarnos, ¿verdad? ¿Y cómo se hace la expiación? Sólo por medio de sangre, la sangre de Cristo, ¿verdad? La Ley no puede hacer expiación, ¿verdad? Tampoco nuestra obediencia, ¿cierto? Las obras de Dios no pueden expiar nuestras faltas, ¿no es así? La expiación sólo se puede hacer de una manera, es decir, por medio de lo que Cristo ha hecho por nosotros, ¿verdad?
¿No debería ser una buena noticia, entonces, cualquier "día" dedicado a la expiación, o sea, a la obra de salvación que Dios hace por nosotros? ¿No deberíamos estar regocijándonos en la esperanza de vivir en el Día de la Expiación en vez de estar sufriendo?
¿Cómo puede ser, entonces, que los adventistas hayan transformado las buenas noticias en las malas noticias que le enseñaron a mi esposa cuando era niña?
La respuesta es sencilla: Porque los adventistas creen en los Diez Mandamientos, y porque el Día de Expiación del sistema Levítico se centraba en la sala del santuario donde se guardaban los Diez Mandamientos. Por eso la tendencia ha sido enfatizar la ley en lugar de la sangre. Tomaría mucho tiempo explicar por qué tantos adventistas han luchado con el tema del juicio y lo han entendido como algo que no sólo está en tensión con la justificación sino que en realidad se opone a ella.
Pero pensemos esto: En el Día de la Expiación, ¿alguna vez el sumo sacerdote entró en el Lugar Santísimo sin llevar sangre? Por su puesto que no; eso habría significado su muerte, porque en el Lugar Santísimo está la ley, y la ley sólo puede condenar.
Aquí está, me parece, el nudo del problema: Como adventistas, hemos llevado a nuestro pueblo al Lugar Santísimo (es decir, les hemos enseñado acerca del juicio), sin la sangre, lo que quiere decir que tendrían que estar desnudos delante de la ley, y eso sólo puede darles la certeza de que están condenados y muertos.
Cuán importante es que cuando hablamos del Día de la Expiación enfaticemos la sangre, porqueotra vezeste es el Día de la Expiación, y sólo la sangre puede hacer expiación. Sin ella no sería el Día de la Expiación sino el día de la condenación.
En el modelo terrenal del Día de la Expiación todo sucedía habiendo sangre de por medio, y no por medio de la ley. La silla de la misericordia, o sea el propiciatorio que cubría las tablas de la ley, nunca era levantado o sacado durante el Día de la Expiación. De acuerdo con Levítico 16, la única participación del propiciatorio en el Día de la Expiación era que se asperjaba sangre sobre él (Lev. 16: 1415). La silla de la misericordia siempre cubría la ley. La ley, por lo tanto, jamás aparecía ante la vista, porque era el Día de la Expiación, se hacía expiación, y es la sangre y no la ley la que hace expiación. La sangre cubre la ley. Y tiene que hacerlo, porque de otro modo sólo podría haber condena y no salvación, y ciertamente tampoco expiación.
Sí, el gran problema para tantos adventistas con el tema del juicio previo al advenimiento, es que hemos llevado a nuestro pueblo al Lugar Santísimo sin la sangre, y sin ella sólo está la ley, y estar delante de la ley sin asperjar la sangre es una garantía de condenación y pérdida eterna. Sólo Dios sabe cuántos muchos millares, y tal vez millones de personas, han abandonado nuestras filas por esta forma anti-evangélica de enseñar acerca del juicio. Si el sumo sacerdote jamás se atrevió a entrar en el Lugar Santísimo sin la sangre, ¿cómo nos atrevemos nosotros?
Como autor de las lecciones de este trimestre, lo que más quería era mostrar a la iglesia mundial que la obra del juicio es la misma obra de la expiación, es la obra de Cristo a favor nuestro, una obra que era simbolizada en el ritual del Día de la Expiación por la sangre que era llevada al Lugar Santísimo, la sangre que hace expiación por nuestros pecados y nos da la promesa de que "no hay ninguna condenación" (Rom. 8:1)ni ahora y, ciertamente, tampoco en el juicio.
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