Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 5 al 11 de agosto, 2006
Por Sasha A. Ross
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)
Habiendo asistido a escuelas adventistas durante veinte años, y habiendo estudiado fechas proféticas en campamentos, semanas de oración y campañas de evangelización, yo debería apreciar más la importancia y la confiabilidad de los diagramas de fechasun tema medular de la lección de esta semana. Hasta el momento de escribir esto, no he estado segura de que el profetizar pueda servir como un lente confiable para observar los acontecimientos actuales.
La lección de esta semana hizo que me preguntara por qué tenemos que enfatizar las fechas y las pruebas de que Jesús era el Mesías, como si por medio de diagramas cronológicos y la comparación de textos pudiéramos probarlo. Sin embargo, una lectura atenta de Daniel 9 me sugiere que la voz profética de las Sagradas Escrituras, tal como se encuentra en las profecías, tiene mucho significado para el mundo actual, tanto para la gente común como para los gobiernos y poderes futuros.
Las noticias recientes que vienen del Líbano me han agobiado. Israel ha estado disparando mísiles y bombardeando sin misericordia sobre la Franja de Gaza y el Líbano durante las tres últimas semanas. Más de quinientas mil personas son blancos móviles que se han desplazado internamente. Los Estados Unidos no sólo aprueban esto, sino que han provisto municiones de manera encubierta a Israel. Hasta el momento, la ofensiva de Israel contra la resistencia de Hamas y Hezbolah ha causado la muerte de más de 750 libaneses no combatientes, y 141 palestinos, además de 51 israelitas (según estadísticas de la BBC).
Para mí estos sucesos son una acusación inflexible contra la interpretación de la profecía en su estado actual. Defender su significación en medio de esta guerra y descartar el efecto que las políticas, y la política, tienen sobre los sucesos de la región, parece privado de ingenuidad e irracional. El asunto, en Daniel 9, no es cuándo vendrá el fin, sino qué es lo que aprenderemos, entretanto, de la experiencia de los antiguos israelitas que vivieron hace dos mil quinientos años.
El Sionismo cristiano y la escuela dispensacionalista de interpretación de las profecías sobre el fin del tiempo florecieron durante el Segundo Gran Despertar, en Inglaterra y los Estados Unidos, formando la mentalidad que los autores de las políticas británicas y norteamericanas tuvieron con respecto a Palestina hace un siglo, y determinando sus percepciones acerca de los palestinos, los árabes y, por extensión, tal vez de todos los musulmanes en la actualidad. Por lo tanto, la atención dada a Daniel 8 y 9, y la escatología enfocada en el aspecto territorial que se desprende de la interpretación de esos capítulos, (que afortunadamente es mínima en el premilenialismo nodispensacionalista de los adventistas) juega un papel directo en las pérdidas irreemplazables y el sufrimiento que la gente está soportando hoy, tanto en lo personal como en lo colectivo. Este prejuicio exegético, inspirado también por intereses económicos y nacionalistas, lleva a los analistas seculares y religiosos a ver este conflicto como algo sin solución.
Sin embargo, cuando vuelvo a leer Daniel 9, descubro la oración del profeta que antecede a la profecía, y la alusión que él hace a su estudio de las amonestaciones del profeta Jeremías a los israelitas durante la cautividad en Babilonia (ver Jer. 229).
Se cree, convencionalmente, que Daniel escribió desde Babilonia en el año 530 a.C., después de ser capturado por los medos y persas, y en esa circunstancia vio que la desolación de Jerusalén tendría fin; entonces ruega a Dios intercediendo por su pueblo. Confiesa la impiedad del pueblo y reconoce que han desoído los términos del pacto original y las advertencias posteriores. Su oración es interrumpida por una visión que predice las tribulaciones que tendría Jerusalén después de ser reconstruida, las que durarían setenta "semanas", es decir un período de 490 años desde que los medos liberaran a los judíos cautivos, en el año 457 a.C., hasta el clímax de la crucifixión de Jesús en el 33 d.C.
El oráculo de Gabriel sobre el destino de Israel, en Daniel 9, es complejo. Los antiguos israelitas tienen la oportunidad de reconstruir su templo, y son llamados a cesar la trasgresión, a poner fin al pecado, y a hacer expiación por sus impiedades, de lo contrario la guerra y la desolación continuarían hasta el fin. La visión dada por Gabriel anuncia que eventualmente el "Ungido" confirmaría su pacto con "muchos". La lección de esta semana le recuerda a los lectores que la profecía de las setenta semanas es paralela a la de los 2.300 días de Daniel 8:14, y que constituye una clave para comprender el significado que el año 1844 tiene para los adventistas.
Yo creo que no se necesita ser teóloga para advertir el significado de Daniel 9. Los israelitas se portaron mal, ignoraron las advertencias de los profetas y rompieron su pacto con Dios. Aún después que Dios los había conducido fuera de Jerusalén, y con ellos a Jeremías y Daniel, se olvidaron del propósito y del significado de la sumisión de Israel. En vez de considerar sus tribulaciones como un motivo para volver a Dios, buscaron consuelo en su propia sabiduría y autosuficiencia.
Pero Daniel sabía que Dios no abandonaría a los hebreos pecadores, a pesar de su inconstancia, maldad y continua beligerancia. No obstante, Daniel 9 no es un pasaje que habla de Dios ni de su visión del tiempo, sino sobre un pueblo y lo que éste haría con el tiempo. Se refiere a lo que está pasando actualmente, y sobre lo que estamos haciendo al apoyar lo que es pecaminoso.
Pensando en la advertencia profética de Jesús, que "por sus frutos los conoceréis", en medio de la guerra de Israel con el Líbano en Hezbollah, así como en su ofensiva contra Hamas y los palestinos, el estudio de Daniel 8 y 9 cambia desde una prueba superficial de que los adventistas tienen la razón en algo a una conversación sobre la admonición más profunda que hay en los textos.
El momento en que aparece el oráculo de Gabriel, después de la oración de Daniel en el capítulo 9, sugiere que la profecía y nuestras creencias sobre la salvación y sobre el regreso de Cristo deberían ser evaluadas en el contexto de la crítica que hace la profecía a nuestras falencias individuales y a nuestra pecaminosidad colectiva. Es también un llamado a la reforma, no sólo por causa de los pecados pasados sino también por los presentes y futuros.
Somos llamados a estudiar las Escrituras en la tradición de lectura cíclica y autocrítica que motivaba a Daniel y a Jeremías. Los adventistas deberíamos considerarnos a nosotros mismos dentro del contexto de los órdenes sociales y políticos respectivos a nuestro tiempo, en los que vivimos y operamos, uniéndonos contra la injusticia así como lo hicieron nuestros antecesores. El egoísmo, la corrupción y la arrogancia promueven la violencia antes de que lo hagan la religión o la profecía, y éste es un momento en que nuestro llamado a la paz no puede ser silencioso frente al hecho de la inestabilidad del poder y la atrocidad.
Sólo si volvemos a aplicar la crítica profética a los acontecimientos actuales y al significado de la profecía, podremos apreciar en toda su extensión el hecho de que Jesús fue más que un profeta judío, que la profecía de las "setenta semanas" es relevante para el valor de la vida en Beirut y Gaza, y que la profecía, entendida como una amonestación profética contra la injusticia y la idolatría, es una guía en el contexto de los acontecimientos actuales.
Daniel, un hombre de fe profunda que conocía el costo de la guerra, llegó a ser respetado en todo el imperio babilónico por su habilidad de decir la verdad ante las autoridades que ejercían el poder. Conocedor del significado extenso del sufrimiento de su pueblo, se mantuvo delante de Dios con honestidad. Cargó el peso de los pecados de su pueblo, aún después de amonestarlos. Ellos no merecían su lealtad, y mucho menos la fidelidad de Dios. Sin embargo, Daniel reconoció la responsabilidad colectiva sin perder de vista la posibilidad de que los israelitas fueran redimidos de sus pecados individuales y colectivos.
Mientras tratamos de vivir a la altura de nuestra fe, aprendamos de Daniel y Jeremías, y de las lecciones dolorosas que sufrieron los antiguos israelitas.
Los puntos de vista expresados en este artículo son exclusivos de la autora y no representan necesariamente los de su agencia empleadora.
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