El Restaurador

Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 3 al 9 de junio, 2006

por Ken Curtis
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

Restauración es un término que evoca imágenes intrigantes. Cuando se lo aplica a una obra de arte, a un mueble, o tal vez a un auto antiguo, involucra un proceso cuidadoso que consiste en traer a la luz lo que se ha oscurecido y deteriorado, o quizás en devolver a la superficie el brillo de la maestría y la belleza que se ha desgastado con el paso del tiempo. A veces, como sucede con los edificios históricos o con los museos, la restauración hace posible un retorno momentáneo al nostálgico pasado por medio de una especie de experiencia con la realidad virtual.

Sin embargo, la restauración también podría referirse al proceso por el cual ciertas historias establecidas como tradición, y algunas estructuras ya desgastadas, pueden recuperar los acentos de color y de significado que hacen posible que la belleza original de la maestría empiece a emerger nuevamente, quizás de maneras excitantes e incluso sorprendentes.

Creo que la obra del Espíritu Santo como Restaurador, tal como la revela la Sagrada Escritura, se asemeja más a este último sentido del término "restaurar". En este sentido, el Restaurador no es alguien que crea piezas de museo para ser guardadas cuidadosamente, o que restaura edificios históricos en los que nadie en verdad viviría, sino que es Alguien que infunde nueva vida en las personas y en las estructuras que muestran signos de desgaste por el uso o por las duras condiciones climáticas.

En todo proyecto de restauración es necesario entender el diseño original, así como las técnicas y condiciones bajo las cuales fue realizado. Por lo tanto, podría ser útil que enmarcáramos nuestra comprensión de la obra del Espíritu Santo como Restaurador en el contexto de lo que observamos en su obra de creación.

El Génesis comienza con la imagen del Espíritu involucrado totalmente en este proceso creativo: "La tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas" (Gén. 1:2).

La Escritura usa una metáfora maternal, que algunos calificarían como "de parto"—y un lenguaje que nos recuerda a las águilas sobrevolando sus nidos y animando a sus pichones a la actividad y a la vida—ofreciéndonos así una muy intrigante ventana por la que podemos ver el proceso de la creación. Pero nos ofrece también una vislumbre de lo que podría involucrar el proceso de restauración.1 La imagen del Espíritu moviéndose sobra una tierra vacía, despertándola a la vida, está apoyada sobre nociones familiares y relacionales.

Es notable que la palabra Espíritu que se usa en este pasaje, se puede traducir también como "viento" o "aliento". Esto nos conduce al Capítulo 2, donde aparecen otra vez estas imágenes cuando Dios forma a los seres humanos a partir de los elementos de la tierra, y luego se acerca lo suficiente como para alentar suavemente la vida—moviéndose sobre el hombre y la mujer creados según la semejanza de Dios.

La obra restauradora del Espíritu Santo, en el contexto de la creación y el nacimiento, el aliento y el viento, la vida nueva y la nueva esperanza, continúa apareciendo y desarrollándose a través de todas las Escrituras. El profeta Ezequiel recibe una visión para el pueblo exiliado y sometido: la del valle de huesos secos y carentes de vida, donde reina la muerte; esta visión representaba el estado espiritual de muchos de ellos. Dios ordena a Ezequiel que profetice al espíritu (Eze. 37:9) para que sople desde los cuatro vientos sobre estos restos humanos inertes, y en una escena que rivaliza con cualquiera producida por Hollywood, se produce la restauración que despierta a la familia de Dios a la vida y a la esperanza (Eze. 37:1–14).

En otra ocasión vuelve a aparecer el cuadro de la restauración, cuando Jesús conversa tranquilamente con Nicodemo y compara el nacimiento físico con el nacimiento espiritual, destacando el contraste entre ambos. Jesús explica que el nuevo nacimiento tiene lugar en un contexto relacional, en el que el amor cambia nuestras vidas mientras el Espíritu, como el viento, sopla sobre nosotros, nos infunde vida, y despierta en nosotros de una manera más plena la imagen que nos fue dada en la creación (Juan 3).

El libro de los Hechos describe la venida del Espíritu en Pentecostés como el irrumpir de un viento poderoso, que está a punto de barrer a los creyentes fuera de Jerusalén, esparciéndolos por todo el mundo para que proclamen el mensaje del Evangelio (Hech. 2:2). Sin embargo, también se debe destacar el hecho que el Espíritu ya había llegado hacía un tiempo: en aquel domingo de la resurrección de Jesús, cuando los discípulos estaban reunidos por causa del miedo.

Jesús vino, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron cuando vieron al Señor. Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis sus pecados, les son perdonados; y a quienes no perdonéis, no les serán perdonados. (Juan 20:19–23)

La restauración producida por el Espíritu puede, ocasionalmente, venir en ráfagas excitantes y vigorizantes (generalmente mal comprendidas por los espectadores), pero la mayoría de las veces viene como un suave aliento de parte de Dios. Esto produce nueva vida y esperanza, no sólo por medio de una creación original, sino también al influir sobre aquellos que sienten como si sus huesos se hubiesen secado, y se hubieran desconectado siendo esparcidos por el valle. Esta restauración no es como el sonido de un viento distante que sopla en algún lugar, fuera de nuestro alcance; por el contrario, es el aliento vivificante de Dios que se acerca a nosotros y nos recrea para vida otra vez.

Esta restauración que tiene lugar en el contexto de la familia y de la comunidad–en medio de imágenes de nacimiento y curación–lleva el mensaje de invitación y perdón a aquellos que aún no lo han oído; promueve la confianza en un Dios que ya ha garantizado lo que compartimos; y nos ayuda a darnos cuenta de que algunos nunca conocerán este mensaje si no lo proclamamos.

De acuerdo con Apocalipsis 21:3, esta restauración señala la remoción de las últimas trazas que quedan de la maldición descrita en Génesis 3:14–19, a fin de que la imagen completa de Dios ya no sea obscurecida ni descolorida en nosotros. En este contexto, podemos empezar a participar de la restauración final, anticipando aquel momento cuando la imagen de Dios sea reflejada plenamente en nosotros y en toda la creación.

"El Espíritu y la esposa dicen: Ven", escribe Juan. "Y el que oye diga: Ven. Y el que tenga sed, venga; y el que quiera tome del agua de la vida gratuitamente" (Apoc. 22:17).

Notas y referencias

1. Con respecto a la metáfora del nacimiento, véase Bárbara E. Bowe, Biblical Foundations of Spirituality (Fundamentos bíblicos de la espiritualidad), (Lanham, Maryland: Editorial Rowman and Littlefield, 2003), 29–30; véase también Eugene H. Peterson, Christ Plays in Ten Thousand Places (Cristo actúa en diez mil lugares), (Grand Rapids, Michigan: Eerdmans, 2005), 21–23.

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