El fruto del Espíritu Santo

Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 13 al 19 de mayo, 2006

por Glen Greenwalt
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

Cuando era niño, allá en Montana, sentíamos el entusiasmo por el Espíritu Santo aproximadamente una vez al año. Sucedía a veces en la primavera, pero más a menudo en el otoño, cuando los granjeros habían terminado con sus cosechas. Siempre era bien organizado, si no excesivamente estimulante. Una vez al año, el pastor anunciaba solemnemente una vigilia de oración que duraba toda la noche, pidiendo la venida del Espíritu Santo—como preparación para la llegada del equipo evangelizador que visitaba la ciudad.

El resultado de esta Vigilia de Oración por el Derramamiento del Espíritu Santo era generalmente escaso—limitado a los mismos pocos fieles de los que me acuerdo hasta hoy. Mi hermana y yo éramos los únicos chicos que asistían. Para asistir había que tener coraje. Las oraciones eran largas y los sermones que las acompañaban eran tremendamente aburridos. Un anciano de iglesia leía, con voz monótona, pasajes de Elena de White sobre el Espíritu Santo.

A pesar del tedio de tales vigilias de oración, me han dejado una fascinación duradera por buscar las obras poderosas del Espíritu—ver sanar a los enfermos, resucitar a los muertos, y el mundo restaurado como el esplendor de Montana. Como niño, siempre esperaba que nuestro grupo patéticamente pequeño que oraba en una sala fría, apenas entibiada por un calefactor, pudiera recibir el Espíritu e incendiara el mundo. Pero nunca sucedió. Los antiguos se han ido, y no estoy seguro de que haya muchas iglesias que todavía oren por el derramamiento del Espíritu Santo antes de que comiencen las cruzadas evangelizadoras.

Por supuesto, parte del problema se debe a que nosotros los adventistas estamos tan sumergidos en nuestra versión del racionalismo de Nueva Inglaterra—por la vía de los White, José Bates y Guillermo Miller, el deísta convertido a medias—que difícilmente aceptamos cualquier cosa que suene a entusiasmo. Sin duda somos el pueblo de la Verdad, pero sólo en pequeña medida, muy restringida, somos el pueblo del Espíritu.

Permítanme hacer una propuesta sobre "el fruto del Espíritu", en consonancia con el método de estudio bíblico que aprendí hace años en esas iglesias de Montana, línea-sobre-línea-mandato-sobre-mandato-un-poquito-aquí-un-poquito-allá. Jesús dijo una vez que "un árbol se conoce por sus frutos", y, en otra oportunidad, "por sus frutos los conoceréis". Luego, si los frutos del Espíritu son amor, gozo, paz, paciencia, bondad, benignidad, fidelidad, mansedumbre y control propio, y si un árbol es conocido por sus frutos, entonces el Espíritu Santo debe ser amante, lleno de gozo, pacífico, paciente, bueno, bondadoso, fiel, manso; un ser que no se aira ni se molesta fácilmente (Gál. 5:22).

En otras palabras, si alguien, ni Dios lo quiera, fuera sorprendido en pecado dentro de la iglesia, podemos imaginarnos que el Espíritu Santo sería la última persona en vapulearlo y expulsarlo para que se hunda en su propia culpa. Más bien, sin necesidad de mucha imaginación, podríamos ver que el Espíritu es la primera persona que iría a restaurar al que cayó, con bondad, para que se reintegre a la comunidad. Y si la persona estuviera en dificultades, seguramente el Espíritu sería la persona que se pondría al lado del pecador para ayudarlo.

Más aún, si el Espíritu se irritara—como les sucede a veces a las personas que son amorosas, gozosas, pacíficas, pacientes, buenas, bondadosas, fieles, mansas, y no enojonas ni propensas a molestarse—podríamos pensar que el Espíritu se molestaría un poco con aquellos que creen ser algo cuando en verdad no son nada, y que incluso estaría un tanto enojado con aquellos que causan una buena impresión por su apariencia externa, en tanto que hacen esfuerzos especiales para que la gente se amolde a sus estrictas interpretaciones de la fe y la moral.

A decir verdad, este es el sermón que da-en-la-cabeza-del-clavo cuando Pablo martillea con su mano dura a los Gálatas (ver Gál. 6:1 ss.). Recuerdo que en esas vigilias de oración a media noche, en mi niñez, alguna vez oí esa parte del mensaje de Pablo que nos recomienda que "no nos cansemos de hacer el bien, porque a su tiempo cosecharemos, si no nos rendimos" (Gál. 6:9). Necesitábamos escuchar eso, porque nos sentíamos inquietamente cansados.

Pero nunca, que yo me acuerde, los predicadores nos leyeron el versículo que sigue: "Así que, según tengamos oportunidad, hagamos el bien a todo el mundo, y especialmente a los de la familia de la fe" (Gál. 6:10). De alguna parte los predicadores sacaron la idea de que el Espíritu Santo nunca vendría hasta que un puñado de nosotros le diéramos vuelta la espalda al mundo de afuera y llegáramos a ser los únicos escogidos, quienes, debido a nuestra devoción y estricto cumplimiento de las enseñanzas de la iglesia, participaríamos en el derramamiento final del Espíritu Santo.

Gracias a Dios, por más que esos predicadores se esforzaron en lograrlo, su interpretación de la doctrina del Espíritu Santo nunca se arraigó en aquellas pequeñas iglesias de Montana. En nuestras cabezas creíamos en ese mensaje, pero nunca anidó en nuestros corazones.

Creíamos que debíamos limpiar la casa para que el Espíritu Santo pudiera venir, pero nunca lo logramos. La madre que traía a sus hijos a la Escuela Sabática, pero que nunca se quedaba para el culto, siempre fue bienvenida. Todos sabían que la forma rectangular, gastada en la tela del bolsillo de la camisa del viejo vaquero, no se formó porque llevara un Nuevo Testamento de bolsillo; pero nunca se nos ocurrió llamarle la atención por eso. Y ciertamente muchos de nuestros miembros de iglesia trabajaban en los recintos ferroviarios y en la fábrica de azúcar de remolacha cuando les tocaba turno los fines de semana, pero nunca dejamos de contarlos entre nuestros miembros.

Simplemente, éramos un grupo demasiado pequeño como para ser algo más que una familia—incluso con nuestras rencillas y celos ocasionales.

Mirando al pasado después de casi medio siglo, creo que tal vez nuestras oraciones por el derramamiento del Espíritu Santo, aquellas de nuestra niñez en esas iglesias pequeñitas de Montana, fueron respondidas. Sí, a pesar de todas nuestras suposiciones de que no fue así. Buscábamos algo grandioso que conmoviera la tierra. Algo así como el viento y el fuego, que sacan los árboles de raíz y no les dejan ni raíz ni ramas. Pero bien podría ser, y sólo es una posibilidad, que el árbol sea conocido por sus frutos más que por las tormentas que lo sacuden.

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