Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 22 al 28 de abril, 2006
por P. Richard Choi
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)
Es inútil buscar la promesa del Espíritu Santo entre las grandes promesas del Antiguo Testamento. Las que fueron dadas a Abraham, Aarón y David, por ejemplo, no mencionan al Espíritu. En Génesis 12:31 Dios promete a Abraham que tendrá posteridad (una nación), un gran nombre y muchas bendiciones, pero no le promete el Espíritu. Ni siquiera muchas profecías mesiánicas (como la de Isaías 53) mencionan al Espíritu Santo.
La promesa del Espíritu aparece por primera vez en relación con las profecías del tiempo del fin, en Joel y Ezequiel.1 Estos dos profetas presentan conceptos diferentes pero complementarios sobre el Espíritu: el aspecto milagroso y el de naturaleza moral.
Joel hace resaltar el aspecto milagroso de la obra del Espíritu. En 2:28 profetiza: "Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones".2
Estos son tipos de las actuaciones sobrenaturales del Espíritu, que tienen sólidos antecedentes en las experiencias de los dirigentes carismáticos de Israel, tales como los jueces, Saúl, y los profetas. Lo que Joel destaca es que en el tiempo del fin la gente común, inclusive los esclavos, podrán experimentar el poder sobrenatural del Espíritu. Hechos 2:1722 enfoca, precisamente, este derramamiento milagroso y democrático del Espíritu Santo.
La profecía de Ezequiel es, hasta cierto punto, contrastante. Ella representa el aspecto moral de la obra del Espíritu.3 Sin excluir el aspecto sobrenatural, Ezequiel ve que la obra principal del Espíritu Santo es la transformación de los corazones. La estructura de la profecía en 36:2527 lo deja en evidencia. En el versículo 25 se promete purificación de la idolatría. El versículo 26 promete una transformación de los corazones del pueblo por medio del Espíritu. El versículo 27 anuncia la obediencia que resultará de ello. Luego, en el versículo 28, comienzan las promesas que se refieren a la restauración de Israel en la tierra prometida.
Lo que Ezequiel intenta decir es claro: la restauración en la tierra prometida tendrá lugar sólo después de que el Espíritu de Dios haya transformado los corazones del pueblo. Ezequiel profetiza de esta manera: "Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne
Y os libraré de todas vuestras inmundicias; y llamaré al trigo y lo multiplicaré, y no os daré hambre".4
Una lectura cuidadosa de Ezequiel 36 revela que la profecía contiene numerosas alusiones al sistema levítico de purificación. Un ejemplo es la mención de las "inmundicias" en el pasaje recién citado (v. 29). Una de las funciones más importantes del santuario y sus servicios era la purificación de la tierra, la cual era susceptible de contaminación ritual por causa de las personas que entraban en contacto con diversas fuentes de impureza; entre ellas, secreciones del cuerpo, tales como la menstruación.
El libro de Levítico no atribuye, generalmente, un significado moral a estas impurezas. Lo que Ezequiel está tratando de hacer en el capítulo 36, es replantear el significado del lenguaje de las leyes de purificación en términos morales. Por ejemplo, Ezequiel usa la metáfora de la impureza menstrual para describir el efecto contaminador que la conducta pecaminosa de Israel ejercía sobre la tierra. "Hijo de hombre, mientras la casa de Israel moraba en su tierra, la contaminó con sus malos pasos y con sus obras; como inmundicia de menstruosa fue su camino delante de mí" (36:17).
Los cadáveres eran considerados como las impurezas más contaminadoras de todas. En consecuencia, es posible tomar la alusión a la dureza del corazón, en Ezequiel 36:26, como una referencia a un cadáver. La carne de un cadáver es dura e insensible. En agudo contraste, la carne de una persona viva es blanda y flexible. La visión de la resurrección de los huesos secos en el capítulo siguiente (37) es una evidencia adicional de que la impureza relacionada con los cadáveres no es ajena a la mente de Ezequiel aquí.
Esta metáfora del corazón de piedra y el corazón de carne en Ezequiel 36:26 señala la necesidad de eliminar de nuestra existencia la más amenazante de todas las fuentes de impurezala muerte del corazón humano. La dura terquedad del corazón egoísta es la causa más oculta, y sin embargo la más inmediata, de la impureza moral de los seres humanos. Por lo tanto, para Ezequiel, el objetivo esencial de la adoración de Israel es la purificación y el ablandamiento de los corazones, por medio de la obra del Espíritu Santo. Al igual que los ritos de purificación realizados por los sacerdotes de Israel, el Espíritu de Dios nos santifica por medio de la eliminación de las impurezas cadavéricas, por así decirlo, que existen en nuestros corazones.
Los escritores del Nuevo Testamento entendieron que la experiencia de transformación por medio del Espíritu Santo vivida por la iglesia primitiva, era el cumplimiento de las profecías de Ezequiel y Jeremías referentes al nuevo pacto. El libro de Hechos describe la experiencia del Pentecostés no sólo como un suceso milagroso, sino también como un acontecimiento que cambió las vidas de las personas. Cambió la cobardía de los discípulos y su actitud conflictiva para que llegaran a formar un pueblo unido en amor, con gente dispuesta compartir gustosamente sus posesiones. El libro de Hechos describe este cambio repentino como el cumplimiento de la promesa del nuevo pacto. Pablo, por su parte, escribe: "El fruto del Espíritu es amor: gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, temperancia; contra tales cosas no hay ley" (Gál. 5:2223).
La Biblia comienza con una escena en la que el Espíritu se mueve sobre las aguas primordiales para traer vida al planeta que no la tenía (Gén. 1:2). Y termina con una escena en la que el Espíritu invita a los sedientos a venir y beber del agua de la vida (Apoc. 22:17). El Espíritu Santo es el Agente divino que imparte vida a los muertos, que anima a los desanimados, y que estructura lo que no tiene forma. Los escritores del Nuevo Testamento comprendieron que el Espíritu es el signo de la nueva edad, que debía ser caracterizada por la resurrección de los justos muertos. En otras palabras, la comunidad cristiana primitiva comprendió que su experiencia con el Espíritu era una experiencia de la resurrección, y así lo expresó con claridad.
Sin embargo, los escritores del Nuevo Testamento no eran entusiastas ilusos. Pronto descubrieron que la experiencia del Espíritu no siempre traía orden a la comunidad de creyentes, o reforma entre los corruptos. Se necesitaba de la intervención humana en la forma de cartas, decisiones administrativas, designaciones, y declaraciones de fe y doctrina, con el propósito de poner orden, estabilizar y dar dirección a la iglesia naciente.
Algo que ha inquietado a todos los cristianos, cuya comunidad religiosa comenzó con un tono carismático, es la pregunta acerca de cómo poder equilibrar la tensión existente entre la necesidad de control y corrección, por una parte, y la de la libertad y motivación que da el Espíritu Santo, por otra. Esta inquietud aún permanece.
Notas y referencias
1. La mayoría de los comentaristas actuales creen que Joel era un profeta post-exílico.
2. El énfasis está agregado.
3. Ya que todo lo que el Espíritu hace es espiritual, tratamos de evitar aquí el uso del término espiritual, para reducir al mínimo cualquier confusión.
4. Ezequiel 36:26, 29; énfasis agregado. Sin embargo, es aquí donde muchos judeo-cristianos del primer siglo se extraviaron. Erróneamente interpretaron que la experiencia del Pentecostés era el comienzo de la restauración de la tierra, prometida por Ezequiel. Fue Pablo, entre otros, el que comprendió la dimensión universal de la experiencia que la iglesia tuvo con el Espíritu.
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