La promesa del Espíritu Santo

Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 15 al 22 de abril, 2006

por Carlos Enrique Espinosa

¿Qué es la promesa del Espíritu Santo? ¿A qué se refiere? La respuesta a esta pregunta es completada en la siguiente lección de la Escuela Sabática, la número 5, titulada "El cumplimiento de la promesa". Según esa lección, el cumplimiento de la promesa fue "el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés" (ver sección del sábado 22 de abril).

En el día de Pentecostés—unos diez días después que Jesús ascendió definitivamente al Cielo—los discípulos fueron bautizados con fuego, tal como Juan Bautista lo había anunciado: "El que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Mat. 3:11). El libro de Hechos dice que cuando el Espíritu Santo vino sobre los discípulos en el día de Pentecostés, "se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos, y fueron todos llenos del Espíritu Santo" (Hech. 2:3–4).

El Espíritu Santo capacitó, en esa ocasión, a los discípulos para que dieran testimonio de "las maravillas de Dios" en diversos idiomas (Hech. 2:11). Pero esa no fue la primera obra del Espíritu Santo en el mundo. Él había estado obrando desde la creación (Gén. 1:2), y había sido el agente de la encarnación del Verbo Divino en María (Mat. 1:20), por ejemplo.

En la lección de esta semana leemos que "el Mesías bautizaría a los arrepentidos con el Espíritu Santo" (ver sección del sábado 15 de abril). Pero los "arrepentidos" ya habían recibido la acción del Espíritu Santo en sus vidas, sin duda, porque nadie puede llegar a arrepentirse si el Espíritu Santo no obra primero en su corazón (Juan 16:7-8), y nadie puede reconocer que Jesús es el Señor si el Espíritu Santo no obrara en su mente y en su corazón (1 Cor. 12:3).

La promesa del Espíritu Santo que hizo Jesús, entonces, no se refiere a que el Espíritu empezaría a obrar en el futuro en la vida de los seres humanos, sino a la capacitación especial que el Espíritu daría a la iglesia para testificar acerca de Jesucristo y su evangelio—la "buena noticia" de la salvación gratuita. San Pablo habla de esta acción capacitadora del Espíritu Santo haciendo alusión a los "dones del Espíritu" (1 Cor. 12:28; Juan 11:30; Efe. 4:11–16). Por otra parte, cuando el cuarto evangelista nos dice que "el Espíritu no había sido dado, porque Jesús no había sido glorificado todavía" (Juan 7:39), se refiere también a esta acción especial de capacitación sobrenatural, que comenzó en el día de Pentecostés.

Además, el Espíritu Santo hace otras cosas en favor de los seres humanos. A esto se refiere Pablo cuando habla del "fruto del Espíritu" (Gál. 5:22–24). El Espíritu Santo capacita a los seres humanos para que puedan vivir de acuerdo con los preceptos divinos, tal como Yahvé lo había dicho a los israelitas por medio del profeta Ezequiel (36:27), y como lo testifica Pablo en 2 Corintios 3:3. En ambos textos se destaca la acción del Espíritu en los corazones humanos. Si bien es cierto que para obedecer a Dios debemos disponer nuestra voluntad, nuestras obras de obediencia no son mérito nuestro, en el fondo, sino del Espíritu Santo que obra poderosamente para convertir nuestros corazones.

Cuando Jesús anuncia a sus discípulos que pedirá al Padre que les dé otro Paracletos (Juan 14:16), les dice que ese Espíritu ya "mora con vosotros" (14:17). Y, además, "estará en vosotros" (ibíd.). Dios siempre ha estado presente en la historia del mundo y en la historia de nuestras vidas individuales. La naturaleza espiritual de Dios le permite hacer su morada dentro de nuestro ser. Por esa razón Jesucristo le dijo a la mujer samaritana que Dios no está limitado a un templo en el monte de Samaria ni en el de Jerusalén, porque Dios es espíritu y no materia, y el verdadero lugar de adoración es en el encuentro espiritual entre Dios y cada uno de nosotros, que ocurre en la intimidad de nuestra vida (Juan 4:23–24).

El hecho que Jesús no haya aprovechado la oportunidad para "testificar" de la supremacía de Jerusalén sobre Samaria, sin duda resultó chocante para los piadosos judíos. Y debe haber sido chocante también para los fieles samaritanos—aunque no sorprendente, porque Jesús era judío. Es como si Jesús dijera hoy que los que adoran al Ser Espiritual no necesitan estar en un templo cristiano, ni en una sinagoga judía, ni en una mezquita musulmana, porque Dios es capaz de trascender las barreras religiosas y encontrarse personalmente con los que lo buscan con verdadera sinceridad. O como si dijera que no es ni en una iglesia adventista, ni en una pentecostal, o católica, donde encontramos a Dios, sino en la verdad del encuentro espiritual dentro de nuestro corazón. ¡Creo que eso es lo que Jesús diría si se detuviera hoy junto a nuestros pozos! Pero esto escandalizaría a cristianos y adventistas, y seguramente también a los demás.

Sin embargo, creer en el Espíritu Santo nos exige despojarnos de nuestros orgullosos escándalos sectaristas y derribar al ídolo en que hemos convertido a nuestra religión parroquial.

Las lecciones de este trimestre tienen un claro sesgo doctrinal, manifestado en la preocupación por definir de manera precisa y ortodoxa lo que creemos. Pero es necesario ir más allá de la fría doctrina y del intelecto. Es necesario que nos preguntemos de qué manera la doctrina puede hacernos mejores personas, mejores cristianos, y más felices. A continuación ofrezco algunas ideas al respecto.

Si creemos que el Espíritu Santo es Dios mismo, y que mora dentro de nosotros, podemos creer que no necesitamos ir a ningún lugar para encontrarnos con Dios. Y tampoco existe algún lugar donde podamos escapar de su presencia. Nuestra asistencia a los templos para la adoración colectiva tiene el propósito de edificar a la comunidad de creyentes como tal, pero no la de lograr un encuentro con Dios que no lograríamos si adoráramos individualmente. La reciprocidad, la colectividad, la relación altruista con los demás, sin duda es un deseo que Dios tiene para nosotros, porque es un rasgo esencial de su propia naturaleza. Pero a ese encuentro con los hermanos en la fe podemos ir mejor equipados si primero hemos tenido un encuentro personal, individual, con ese Dios que mora en todos nosotros como Espíritu.

Si creemos que Dios es omnipresente—su presencia está en todo lugar y en todo tiempo—podemos confiar en que no necesitamos esperar hasta un momento determinado para encontrarnos con Dios. Sólo necesitamos registrar su presencia dentro de nosotros y darnos cuenta de ello.

Dios es amor. Dios no hace acepción de personas. Estas características son las del Espíritu. Por lo tanto podemos estar seguros de que nadie está separado de Dios ni fuera del alcance de su amor, nunca.

Si nos sentimos solos, recordemos que el Espíritu Santo siempre nos acompaña.

Si nos sentimos incapaces, pensemos que el Espíritu de Dios nos capacita.

Si nos sentimos débiles, creamos que el Espíritu nos fortalece.

Si nos sentimos tristes o angustiados, busquemos en nosotros al Consolador.

Si nos sentimos perdidos, recurramos al Espíritu que nos guía.

Si nos sentimos sin piso, como si se nos hubiera abierto la tierra, recordemos que dentro de nosotros mora Aquél que nos sostiene.

Cristo nos ha dado la promesa de la presencia del Espíritu. Sólo necesitamos recibirla extendiendo la mano de la fe y rogando al Espíritu que nos manifieste su presencia.

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