Jesús y el Espíritu Santo

Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 8 al 14 de abril, 2006

por Herbert E. Douglass
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

La relación entre Jesús y el Espíritu Santo es lo que está en el fondo, probablemente, de las confusiones de los cristianos con respecto al significado de la justificación por la fe, así como del significado neotestamentario de la expiación ("Expiación" es una palabra que en inglés aparece sólo una vez en la versión King James [Rom. 5:11]; la misma palabra griega es traducida como "reconciliación" en 2 Cor. 4:18).

Para Pablo, por ejemplo, la salvación no se basa en creer una idea, o creer en un hecho histórico, sino en vivir una experiencia y recibir a Jesús como una presencia viva. Los escritores del Nuevo Testamento amplifican la analogía tan clara de nuestro Señor, la de la viña y sus ramas: Si yo no moro en vosotros, y vosotros en mí—no hay frutos, no hay salvación.

Jesús continuó hablando aún más claramente: Yo os dejaré, pero no quedaréis solos. En efecto, si yo no me fuera, ustedes no comprenderían todo el significado de la salvación, ni cómo vencer al Maligno. Ser rescatados del Maligno involucra más que sólo escuchar mi voz, o incluso que modelar vuestras vidas a semejanza de la mía. Vais a necesitar ayuda, de la misma manera que los sarmientos necesitan la ayuda de la viña. Esa ayuda vendrá a través de la presencia personal del Espíritu Santo, y "él dará testimonio de mí" (Juan 15:26). Cuando lo escuchéis a él, "os guiará a toda la verdad" (Juan 16:13).

Pablo dio en el clavo. El comprendió con claridad que atesorar la memoria del Jesús histórico no salvará a nadie. Pero habrá salvación, porque Jesús "salvará a su pueblo de sus pecados" (Mat. 1:21) cuando "los que están en Cristo Jesús…no anden conforme a la carne, sino conforme al Espíritu" (Rom. 8:1). ¿Cuál es el blanco elevado que Pablo tiene para el caminar cristiano con el Espíritu Santo? "Que el justo requerimiento de la ley se cumpla en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu" (Rom. 8:4).

No es de extrañar que Pablo escribiera a los colosenses sobre el misterio que pende sobre todo aquel que trata de pensar espiritualmente sólo en términos cognitivos e impersonales: "las riquezas" de la gloria de Dios, que permanecen como un "misterio entre los gentiles: que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria" (Col. 1:27). ¡Ese es verdaderamente el aliento de esperanza del cristiano! No sólo mirar al pasado, sino mirar hacia el futuro, diariamente, capacitados por el Espíritu Santo.

Este es el mismo cántico de Pablo que está presente en todas sus epístolas. Aprecio especialmente éste: "Si el Espíritu de Aquél que levantó a Jesús de entre los muertos mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros" (Rom. 8:11).

El siguiente pensamiento sintetiza lo anterior en unas pocas palabras: "El estar en Cristo significa recibir constantemente de su Espíritu, una vida de entrega sin reservas a su servicio. El conducto de comunicación debe mantenerse continuamente abierto entre el hombre y su Dios. Como el sarmiento de la vid recibe constantemente la savia de la vid viviente, así hemos de aferrarnos a Jesús y recibir de él, por la fe, la fuerza y la perfección de su propio carácter" (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, 630).

Miremos la relación de nuestro Señor con el Espíritu Santo desde otro ángulo. Jesús dependía de la ayuda del Espíritu Santo en todas las tentaciones que Satanás le presentó. Nunca Jesús habría podido vivir la vida incontaminada que vivió sin la habilitación constante del Espíritu Santo. Sus seguidores pueden entender y apreciar en diversas circunstancias el humilde reconocimiento de nuestro Señor: "No puedo yo hacer nada por mí mismo" (Juan 5:30).

El siguiente pensamiento ilumina la interacción que existe entre nuestro Señor y el Espíritu Santo:

"Viene el príncipe de este mundo—dice Jesús—mas no tiene nada en mí" (Juan 14:30). No había en él nada que respondiera a los sofismas de Satanás. Él no consintió en pecar. Ni siquiera por un pensamiento cedió a la tentación. Así también podemos hacer nosotros. La humanidad de Cristo estaba unida con la divinidad. Fue hecho idóneo para el conflicto mediante la permanencia del Espíritu Santo en él. Y él vino para hacernos participantes de la naturaleza divina (White, El Deseado de todas las gentes, 98–99).

¡Qué tema para meditar—el Jesús histórico y todo lo que nos emociona, y la permanencia de Jesús en nosotros a través del Espíritu Santo, para darnos poder y esperanza!

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