Símbolos del Espíritu Santo en las Escrituras

Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 1 al 7 de abril, 2006

por Edward W. H. Vick
Traducido por Carlos Enrique Espinosa

En el Credo de los Apóstoles, que se basa en la creencia cristiana de la Trinidad—el Padre, su Hijo único, y el Espíritu Santo—la declaración doctrinal relativa al Espíritu Santo antecede a la declaración doctrinal sobre la iglesia, el perdón, y la resurrección. Hablar del Espíritu Santo es hablar de Dios. La gracia de Dios, que bien podría ser otro apelativo para el Espíritu Santo, es la fuente de la comunión, del perdón y de la resurrección.

Los cristianos creen que lo que son (una nueva comunidad) y lo que esperan (la resurrección) se deben a la obra de Dios por ellos y en ellos. Han experimentado el perdón de Dios. Han visto lo que ha ocurrido cuando hablaron acerca de la vida y la muerte de Jesús. Los que los escucharon, creyeron en el testimonio de ellos y se convirtieron a su fe. ¿Cómo fue posible que esto ocurriera? Los primeros cristianos tenían una respuesta a esta pregunta: era Dios mismo que estaba obrando. Se referían al Espíritu Santo. Dios estaba obrando dentro de ellos; había venido a ellos. Él es el Espíritu santo.

Decir que Dios es "santo" significa que él es alguien distinto de nosotros, y también diferente a nosotros. El hecho que Dios es otro, a veces es descrito como la trascendencia de Dios. En el Antiguo Testamento hay siempre un halo de misterio en torno a Dios, incluso cuando él se revela a sí mismo. De manera que tenemos una especie de respuesta a la pregunta, ¿por qué el cristiano confiesa que Dios es Padre, Hijo, y Espíritu Santo? Al hacer esta confesión de fe estamos sosteniendo la unidad de la creación, la encarnación y la salvación presente.

En otras palabras, el Dios que creó el mundo, el Dios que se reveló en el hombre Jesús, y el Dios que continúa la obra iniciada con la creación y con la encarnación de Jesucristo, es el mismo y único Dios. La doctrina de la Trinidad expresa el significado de la experiencia cristiana (perdón, gozo, fe, compañerismo, esperanza, etc.). Confesamos que Dios está presente. Si no lo estuviera en forma activa, no podría ser confesado como Dios. La idea de esta confesión, de este testimonio, implica la actividad presente de Dios, e incluye a los creyentes dentro del rango de esa actividad divina, aquí y ahora.

De esta manera, el cristiano cuenta tres historias. La primera es la historia del Dios creador de los cielos y la tierra, que guió al pueblo de Israel manteniéndose activo en su historia. La segunda historia es la historia de Jesús—lo que él hizo y enseñó, y lo que sucedió con él. Por último, el cristiano cuenta la historia de su propia experiencia. Debido a que encontramos unidad en las tres historias, los cristianos proseguimos nuestro testimonio afirmando que estas tres son una sola historia: la de la actividad de Dios, la de sus actos como Ser activo. La Historia es un solo suceso prolongado, y no una multitud de pedazos y partes aisladas, ni episodios sin sentido acaecidos sucesivamente.

El Espíritu Santo obra en tanto que la comunidad da testimonio de Jesucristo. Este aspecto corporativo es muy importante. El Espíritu Santo obra por medio de la iglesia cuando ésta permanece activa en medio del mundo no creyente y se mantiene en comunión con Cristo, y con sus miembros en armonía mutua (nótese cómo en Juan 15 se habla del Espíritu en un capítulo que tiene un contexto doble). Habla del amor entre los creyentes y, por otra parte, del testimonio en medio de un mundo hostil. El Espíritu es la palabra que designa a la activa presencia de Dios en medio de la comunidad, cuando ésta da testimonio de una salvación que ya ha tenido lugar en su seno.

La presencia del Espíritu en la comunidad de creyentes tiene también un importante aspecto ético. Las relaciones entre los miembros de esta comunidad deben ser las ocasiones propicias para expresar el amor. La presencia del Espíritu de Dios ayuda a la comunidad a desarrollar su vida distintiva. Aquí está la fuente de las virtudes cristianas, como también la fuente de las habilidades particulares. Ambas—las virtudes y las habilidades—servirán para edificar y unificar a la comunidad de creyentes. Personas que tienen personalidades y trasfondos culturales diferentes, personas que tienen capacidades diferentes, contribuirán a alcanzar la unidad de la iglesia.

El Espíritu Santo obra para que la iglesia logre obtener lo que necesita para cumplir su misión distintiva, y para que sus miembros desarrollen relaciones humanas genuinamente constructivas basadas en la comprensión mutua y el amor. Pablo dice esto mismo señalando que el Espíritu otorga dones, dones carismáticos.

En el Nuevo Testamento, (1) los dones del Espíritu producen distintas capacidades, las cuales, si son aplicadas en amor, edificarán a la iglesia. Los dones mencionados son el de profecía, enseñanza, apostolado, milagros, y lenguas (1 Cor. 12:28; Juan 11:30; Efe. 4:11–16). Por otra parte, (2) el fruto del Espíritu consiste en el desarrollo de las virtudes y en su manifestación, es decir, las virtudes del amor, la paciencia, la bondad, la fidelidad, y el control de uno mismo (Gál. 5:22–24).

Si juntamos ambos, los dones y el fruto del Espíritu, tenemos un cuadro ideal de la iglesia Cristiana. Pero si miramos a la iglesia real, fácilmente advertimos que la imagen de la iglesia como una comunidad de amor que da testimonio ante el mundo, es una imagen ideal, que nunca se alcanza en las comunidades cristianas reales. Sin embargo, en medio del fracaso de la iglesia, el Espíritu Santo la anima a seguir creyendo que ella permanece en una relación especial con los propósitos de Dios.

De manera semejante, en la experiencia del cristiano individual, el Espíritu que "mora dentro" del creyente lo anima a establecer una meta ideal para sí mismo, y cuando falla en alcanzar dicho ideal, le asegura que aún permanece en relación con Dios; que es juzgado, pero, al mismo tiempo, es perdonado de su error (Rom. 8:13–14, 16, 26).

Ni la iglesia como comunidad ni el individuo como persona han alcanzado lo que Dios requiere. El Nuevo Testamento habla de la actividad del Espíritu frente a los oponentes y a los incrédulos, y, por otra parte, relaciona esto con los esfuerzos de la iglesia por alcanzar el ideal aún no logrado. Así que cuando Pablo habla de la vida en el Espíritu, reconoce tanto el pecado de los creyentes y de la comunidad como sus posibilidades de mejorar.

En suma, la actividad del Espíritu Santo da a la comunidad de creyentes en Cristo la certeza de su relación con Dios, es decir, que son aceptados por Dios. Cuando los cristianos hablan del Espíritu Santo, expresan su experiencia de la fe en Jesucristo, mientras tratan de ejemplificar hasta donde sea posible el amor de Dios, luchando contra la adversidad, la debilidad y la pecaminosidad.

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