La personalidad y la divinidad del Espíritu Santo
(El Ser Grandioso, Infinito, No-humano, Trascendente e Inmanente
)

Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 25 al 31 de marzo, 2006

por Olive J. Hemmings
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

La humanidad sólo puede aprehender parcialmente al Ser infinito que llamamos "Dios". Nuestra comprensión es parcial porque tratamos de captar a un ser infinito y no-humano desde un punto de vista humano y finito. Esto se refleja en todas las expresiones de nuestra fe, comenzando por el texto sagrado.

No hay nada malo en nuestras expresiones humanas, siempre y cuando esas expresiones no sean impuestas como absolutos. Al absolutizar cualquier cosa finita, estamos en peligro de "construir para nosotros un ídolo hecho a nuestra propia imagen humana",1 y caemos en el doble riesgo de arruinar también lo finito mismo.2 En este punto, lo que aprehendemos no es de ninguna manera trascendente, sino totalmente inmanente. Éste no puede ser el Creador de todo lo que existe.

A pesar del lenguaje predominantemente humano acerca del Creador, la Biblia nos presenta dos casos en los que la descripción y la designación de la Divinidad trasciende a lo humano. Éstos se hallan en Éxodo 3:14 y Juan 4:24. Estos dos versículos son una clave para darnos cuenta de la trascendencia e inmanencia del Ser Divino.

En el primero de estos textos, el Creador es el Ser mismo ("Yo soy"). En el segundo, con el que comenzaré, el Creador es Espíritu. Si observamos cuidadosamente ambos pasajes, podemos concluir que el Creador trasciende a lo humano, pero permanece anclado firmemente en la historia humana como Espíritu.

El episodio de Jesús y la mujer samaritana junto al pozo, en Juan 4:7-26, nos presenta una conversación intrigante acerca del Infinito. En este diálogo, Jesús procura guiar a la mujer más allá de su finitud hacia el agua de la vida eterna. En la narración, la mujer intenta limitar a la Divinidad a un pequeño monte –ya sea el de Samaria o el de Jerusalén—donde estaría el verdadero lugar de adoración. Ella no está segura al respecto (Juan 4:20). Jesús le responde: "el tiempo viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad.…Dios es espíritu, y sus adoradores deben adorar en espíritu y en verdad" (Juan 4:23–24). El punto principal que Jesús destaca es que el Creador es Espíritu.

La palabra griega que significa Espíritu en el Nuevo Testamento es pneuma. Una cuidadosa observación de esta palabra en su lengua original puede estimular una mayor reflexión sobre el Creador. En primer lugar, la palabra es de género neutro. Como tal, no dice nada en cuanto al género del Creador. En griego (al igual que en hebreo) el género de una palabra no es asignado sobre la base del sexo (masculino o femenino), como sucede en inglés [y en castellano]. En esos idiomas, una cosa inanimada puede ser masculina o femenina.

También es muy significativo que la palabra hebrea que significa Espíritu en el Antiguo Testamento es de género femenino. Otra vez, esto no dice nada, necesariamente, sobre el género o el sexo del Ser Divino. Esto indica solamente que las ideas sobre la Divinidad están expresadas en lenguaje humano. El hecho que en inglés se asigna el género masculino ("él") al Espíritu Santo, en lugar de su traducción del griego y del hebreo—en neutro y femenino, respectivamente—refleja que nuestra lectura del texto sagrado está basada en una cultura de dominación masculina.

Es más, la palabra pneuma usada por Jesús para describir a Dios en Juan 4:24, no tiene el artículo definido ("el"). En griego, cuando el artículo definido se omite, a menudo se quiere enfatizar la descripción o cualidad de la persona o cosa, más bien que su identidad. Así, en Juan no se identifica al "Padre" como "el Espíritu Santo". Más bien se describe a Dios como un ser espiritual. Esta es la manera como Juan afirma que Dios no es humano o carnal, y por lo tanto no puede ser confinado a un lugar determinado (un monte en Samaria o en Jerusalén), ni a un tiempo definido, ni a ninguna otra realidad humana—incluido el género.

Este enfoque armoniza con el modus operando dualista de Juan, como es el caso de carne y espíritu, luz y tinieblas, verdad y mentira. En verdad, Juan comienza su Evangelio (1:1-14) afirmando que el logos era pre-existente, de una naturaleza semejante a la de Dios, y que entró en la historia humana como el Cristo, al hacerse carne.3

De esta manera, para Juan, Aquél a quien llamamos "Dios" o "Padre" trasciende a la carne (historia/humanidad) como Espíritu. Esta misma trascendencia hace que el Ser Divino sea inmanente. Sólo como Espíritu el Ser Divino puede moverse entre los seres humanos y convertir los corazones humanos. No existe un "hombre de arriba".

El Ser Infinito existe más allá de todo lo que podamos comprender, pero permanece entre nosotros a fin de que lo podamos entender. Este es el misterio de la Gracia Divina que podemos experimentar en cada momento de nuestra vida y que, sin embargo, no podemos explicar coherentemente.

Éxodo 3:14 presenta el único caso en que Dios se nombra a sí mismo. "¿Quién diré que eres tú?", pregunta Moisés. "Di que Yo soy", responde el Ser Divino. Aquí la Divinidad no se designa a sí misma como alguien que llega a existir; por el contrario, lo divino es denominado como el Ser.4 Como seres humanos estamos dentro de esa realidad, viviendo lo que por naturaleza podemos experimentar pero que no podemos comprender totalmente.

Por lo tanto, una confesión atea podría ser en realidad un rechazo de las imágenes finitas que construimos de lo infinito. Porque negar la existencia del Ser es negar la existencia de uno mismo. Cuando captamos esta inmanencia esencial de lo divino como el Ser, nuestro foco cambia desde la finitud hacia los límites de lo infinito, pero no puede llevarnos más allá.

La declaración de que la Divinidad es el Ser, articula plenamente lo que H. Richard llama "monoteísmo radical", y es el legado del pensamiento hebreo. Este monoteísmo radical demanda una responsabilidad ética radical, esa que subsiste en el centro de la vida y de las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Este Uno que es el Ser, es la fuente originaria de toda especie, raza, género o nacionalidad.

Ese monoteísmo radical nos exige permanecer en humildad ante la presencia de esta grandiosidad inefable. Nos exige dejar de lado los ídolos que construimos en su lugar en nuestros intentos fallidos de comprender lo inabarcable. Nos exige romper las imágenes humanas que levantamos en lugar de lo divino—imágenes que sólo sirven para crear desorden dentro de la comunidad de los seres. Nos exige derribar las barreras que levantamos para separarnos de los demás, y juntar las manos y los corazones en nuestro esfuerzo desesperado por llegar a ser uno, otra vez, con nuestra Fuente Originadora.

Notas y referencias

1 H. Richard Niebuhr, Radical Monotheism and Western Culture [Monoteísmo radical y la cultura occidental] (Louisville, Kentucky: John Knox Press, 1960), 45.
2 Por ejemplo, la referencia a la Divinidad como Padre, Hijo y Espíritu Santo, es una expresión maravillosa del modo cósmico de relacionarse y del propósito universal, que la humanidad como un todo debe emular. Sin embargo, cuando la imagen exclusivamente masculina de la Divinidad es considerada como si fuera absoluta, se borra la imagen divina de los seres humanos del género femenino. En este caso, la absolutización de lo finito llega a ser al mismo tiempo una idolatría de lo masculino y un perjuicio para lo femenino.
3 De acuerdo a Juan 1:1, el logos ("verbo" o "palabra") era pre-existente junto con Dios: "y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios". Una lectura atenta de la cláusula "el Verbo era Dios" en el idioma griego, no indica que el logos y Dios son la misma persona. Antes bien, la ausencia del artículo definido antes de la palabra "Dios" indica que el logos es de la misma naturaleza que Dios. (o sea, divino). Esto quiere decir que Cristo era pre-existente como un ser divino/espiritual. Esta es la razón por la que la Traducción del Nuevo Mundo traduce este pasaje "El Verbo era un dios".
4 En verdad algunos eruditos bíblicos creen que el nombre YHWH (Yahvé) puede tener su origen en esta declaración divina.

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