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por Kendra Haloviak
Siendo que represento a las mujeres en este panel, pensé que tenía que reaccionar enérgicamente a la manera en que se ve a las mujeres en la tradición paulina. Pero, cuando por primera vez leí a Pablo estaba más conciente de mi identidad como una adventista del séptimo día "de la justificación por la fe" que de mi identidad como mujer. Esa identidad la adopté siendo una jovencita, cuando se discutía en la iglesia la importancia de lo que había sucedido en Glaciar View y yo comencé a leer a Pablo.2 Pensaba entonces, para mis adentros, que había resuelto la crisis teológica de la iglesia cuando leí Galatas 2:21: "No anulo la gracia de Dios, porque si la justificación es por la ley, de balde murió Cristo". ¿Puede decirse más claro? Dejemos de pelear. Desmond Ford pude ser rehabilitado.
En esos días me imaginaba a Pablo como una persona algo parecida a Ford: proclamando las buenas nuevas, poniendo a la ley en su debido lugar, argumentando en contra de aquellos que querían añadirle algo a la obra perfecta de Dios. Dada la maravillosa gracia de Dios, yo abrigaba esperanzas. Nuestra iglesia podía arrepentirse, comenzar de nuevo, regocijarse en la salvación efectuada por la gracia. Mi identidad como una adventista "de la justificación por la fe" en un lugar y un tiempo particular (la década de los 80 en Takoma Park, Maryland) plasmó mi pensar teológico por mucho tiempo. Los escritos de Pablo, especialmente Romanos y Gálatas, se constituyeron en mi canon dentro del canon.
Una década más tarde fui a estudiar a la universidad y me encontré con gente que odiaba a Pablo. No lo hacían por ser adventistas legalistas, amantes de la ley, sino por ser feministas. Me dio un shock enterarme que Pablo era un misogenista. Me disturbó más aún descubrir argumentos que socavaban los fundamentos de mi entendimiento de la soteriología paulina. Mis compañeros de estudio desaprobaban de la expiación substitucional que le acreditaban a Pablo. Una vez un compañero declaró: "Miren que buena nueva, Dios va a matar a un niño como substituto de otros. Qué acto de compasión y gracia! Muchas gracias, pero NO, gracias". A pesar de que pensaba que debía resolver los problemas relacionados con la actitud para con las mujeres, estaba, en realidad, más preocupada por el concepto de Dios que se reflejaba en la manera en que entendía a la salvación por la gracia, a través de la fe.
El librito de James Dunn, La justicia de Dios, hizo posible que leyera a Pablo sin oír la voz de Desmond Ford. Pablo no era un adventista reaccionando contra los legalistas. Pablo era un judío que consideraba la ley de Dios un don concedido al pueblo elegido. Pablo no luchaba contra la ley para mantener la gracia de Dios, sino para que la gracia de Dios incluyera a los que no tenían la ley. En otras palabras, la lucha de Pablo contra el legalismo era una lucha por mantener su teología de la elección divina.
Dunn argumenta que después de haber resuelto la confrontación de las antiguas tradiciones y las nuevas experiencias, Pablo adoptó la idea revolucionaria que todos las personas (judíos, gentiles, esclavos, libres, machos, hembras) han sido elegidos para la salvación. La soteriología paulina que incluye a todos hizo que accediera a participar en el servicio de ordenación al ministerio pastoral con otras dos mujeres en la iglesia de Sligo. Cuando estaba de rodillas en la plataforma ese sábado por la tarde de septiembre de 1995 tuve la firme impresión que mi iglesia local me estaba ordenando en armonía con Elena G. de White, Jesús y Pablo.
Varios años más tarde, después de haber hablado a un grupo de mujeres en el ministerio de la División del Pacífico Sur, noté que una joven, una alumna del Colegio de Avondale, Australia, estaba sollozando en una silla al fondo del salón. Me senté junto a ella por un rato, preguntándome cuál podía ser la causa de su tristeza. Cuando pudo hablar, me dijo que acababa de abandonar sus estudios de teológia con miras al ministerio por causa de Pablo.
Alguien que sabía de su decisión le había aconsejado que asistiera a las reuniones para las mujeres en el ministerio, y ahora ella se encontraba otra vez en la encrucijadano sabiendo si debía responder positivamente al llamado que junto con las otras mujeres en esas reuniones ella había recibido de Dios, o al deseo de ser fiel a las Escrituras. Hablamos por largo rato. Parte de la conversación consistió en contrastar lo que dicen las cartas que indiscutiblemente fueron escritas por Pablo y las cartas pastorales. Trate de hacer que ella oyera a Pablo argumentando con la tradición paulina que surgió después de su muerte.
Ahora pienso que talvez mi manera de enfocar las cosas en aquella ocasión no sea la mejor. En vez de asumir que algún texto debe formular nuestro curso de acción y después elegir el texto que tiene la debida autoridad en el caso pendiente (un texto auténtico de Pablo o un texto de las cartas pastorales), debemos aprender a leer todos los textos como autorizados y prejuiciados, llenos de sabiduría y puntos ciegos, la evidencia de cómo un pueblo histórico luchó por actuar en armonía con sus nacientes convicciones teológicas. Me parece que las Escrituras nos enseñan más acerca de la historia de unas ideas, una trayectoria, un movimiento en cierta dirección con vueltas y curvas, correcciones y clarificaciones, que acerca de un momento particular cuya moral quedó esculpida en piedra.
Algunos de mis estudiantes no tienen problemas viendo a un Pablo muy humano, una persona de carne y hueso que a veces se expresó con una visión extraordinaria, y otras reveló flaquezas. Al comienzo de este año escolar les pedí a mis estudiantes en el curso de Panorama Neotestamentario que escribieran cómo reaccionarían a la oportunidad de compartir un almuerzo con Pablo. ¿Cómo les parecía la idea?
Un estudiante escribió que seguramente Pablo no se iba a tardar decidiendo que pedir del menú. Otro estudiante dijo que admiraba la seguridad con que Pablo sabía cuál era la voluntad de Dios para su vida, pues a ella le gustaría poder tener la misma certeza. Varios pensaban que se sentirían intimidados, pero que esperaban, a pesar de ello, tener el valor para hacerle preguntas. Un estudiante dijo que, dado su gran ego, se preguntaba si era posible tener una conversación con él. Posiblemente Pablo iba a "argumentar su punto de vista hasta que yo lo aceptara". Mis estudiantes me ayudan a considerar la naturaleza de las Escrituras: esta incomparable colección de escritos, inspirados por Dios y creados por seres humanos, que designamos como "la palabra de Dios".
Mis recorridos con Pablo son paralelos a mis recorridos con toda la Escritura. Mi experiencia personal me atrae a ciertos pasajes con preguntas específicas. Mis lecturas en comunión con otroscríticos literarios, historiadores, estudiantes y laicosaportan restricciones y contrapesos, desafíos y nuevas posibilidades para escuchar los textos otra, y otra, y otra vez.
(Kendra Haloviak es profesora asistente de Nuevo Testamento en la universidad de La Sierra en Riverside, California)
Notas
2. En ese lugar se reunieron dirigentes de la iglesia con Desmond Ford para considerar diferentes maneras de interpreter el ministerio de Cristo como sacerdote en . (Nota del traductor)
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