por Carlos Enrique Espinosa
(29 de septiembre, 2006)
El mensaje religioso, al menos en Occidente, debe tener por lo menos dos características: ser verdadero y ser pertinente para el mundo. En el caso específico del Cristianismo, los seguidores de Cristo creen que proclaman la verdad, y creen que su proclamación debe ser conociday ojalá aceptada por todo el mundo.
El mensaje adventista no tiene pretensiones menores; todo lo contrario, porque los adventistas sostienen ser el "único remanente" entre los cristianos, el único verdadero pueblo de Dios.
Es crucial, entonces, para el avance del mensaje adventista en el mundo, que quienes lo escuchan puedan creer que sus afirmaciones son verdaderas.
El asunto de la verdad de las afirmaciones religiosas es complejo, especialmente en esta época cientificista, porque muchas de las verdades cristianas no se pueden comprobar empíricamente, es decir, no son demostrables como lo son las verdades científicas. Esto no quiere decir que el contenido del mensaje religioso no sea verdadero, sino que los métodos de comprobación científica tienen limitaciones frente a él, porque la naturaleza misma del mensaje religioso trasciende la esfera de lo observable, mensurable y repetible en un experimento.
La encarnación del Verbo de Dios, por ejemplo, es una verdad de ese tipo. No puede ser demostrada ni refutada con pruebas científicas. En primer lugar, la encarnación es un acontecimiento único, irrepetible y, además, imposible de observar en su proceso íntimo. Creer que Jesús de Nazaret es verdadero hombre y verdadero Dios, es cuestión de fe y no de demostración científica ni filosófica.
Algo distinto, sin embargo, ocurre con el mensaje del libro de Daniel. La enseñanza oficial adventista afirma que se trata de la historia del mundoen una secuencia ininterrumpida hasta la Segunda Venida de Cristoescrita anticipadamente. Esto quiere decir que las predicciones del libro de Daniel son, por naturaleza, observables, comprobables en la historia de la humanidad. Para ser creídas deben ser observadas en la historia. Pero aquí radica, precisamente, el problema de la interpretación adventista tradicional (Hay una interpretación adventista contemporánea que la mayoría no acepta): lo que se enseña a partir del libro de Daniel, en varios casos no es confirmado por los hechos históricos pasados.
En este punto debo dejar constancia de una observación. La mayoría de mis colegas adventistas, especialmente en los círculos oficialistas, aborrecen los análisis críticos de sus doctrinas. Sienten que cualquier crítica a sus interpretaciones es un ataque contra Dios y su iglesia. Sus emociones son agitadas hasta tal punto que tildan de "liberales", "traidores", "críticos", "apóstatas", "sembradores de dudas", y otros adjetivos "descalificativos", a quienes señalan los problemas existentes en la interpretación tradicional. Su mentalidad dogmática (es decir, que no acepta crítica alguna), tan señalada en sus acusaciones contra la iglesia Católica, queda en evidencia. En lugar de centrar la atención en la materia en discusión, muchos se concentran en señalar las debilidades personales (¿quién no las tiene?) de quienes hacen estas observaciones. Esta táctica no contribuye al esclarecimiento de la verdad, pero es psicológicamente efectiva y a veces logra enmascarar los errores del sistema tradicional de interpretación.
Cuando algunos teólogos oficialistas tratan de responder con seriedad a las observaciones, uno queda con la impresión de que su presuposición básica es que la interpretación oficial es la correcta y la de quienes ven alguna deficiencia es, de partida, errónea. En el fondo, sostienen la infalibilidad del magisterio de la iglesia. De esta manera su respuesta parece más una rebuscada argumentación para satisfacery retenera "los de adentro", que una explicación clara para convencer, convertiry redimira "los de afuera" de la iglesia.
La estatua de Daniel 2
La interpretación tradicional adventista del significado histórico de la estatua que el rey de Babilonia, Nabucodonosor, vio en sueños (Daniel 2), ofrece evidentes dificultades. Esa interpretación sostiene que después del imperio Romano no habría otro imperio mundial antes de la Segunda Venida de Cristo. Pero la historia da evidencias de otra cosa, sin rebuscamientos ni interpretaciones forzadas. Hubo por lo menos tres imperios mundiales más después de Roma, en territorios que habían sido abarcados por los imperios tradicionales de la estatua: Babilonia, Medo-Persia, Grecia, y Roma. Todas las características de un imperiogobierno centralizado y unificado, ejército dominante, capital imperial, etc.se dieron en ellos, igual que en los anteriores. Se trata de los imperios Bizantino, Árabe, y Turco Otomano.
Antes de examinar las evidencias históricas, deberíamos definir qué se considera un "imperio". Parece indiscutible que un imperio es una entidad política, en la que un pueblo predomina sobre otros conquistados por él, imponiendo una cultura, lengua y religión, y ejerciendo un dominio por medio de un ejército central, un gobierno central fuerte, un rey o emperador hegemónico, y una ciudad capital desde donde se dictan las leyes para todo el territorio del Imperio.
Este es el caso de Babilonia (el imperio Neobabilónico) en los días de Nabucodonosor y sus sucesores. Es también el caso de los Medo-Persas desde los días de Ciro, y de los Griego-Macedónicos en el tiempo de Alejandro Magno. También es el caso del imperio Romano en los días de Jesucristo. Lo mismo puede decirse del imperio Bizantino, del Árabe y del Otomano.
El tercer y el cuarto imperio
Un hecho histórico que merece consideración es la interrupción de la continuidad entre el imperio Griego-Macedónico de Alejandro y el imperio Romano. A la muerte de Alejandro Magno no hubo un rey que le sucediera, ni subsistió la unidad del imperio. Éste se dividió en cuatro reinos principaleslos reinos helenísticosy una infinidad de reinos menores. No se mantuvo la unidad política, ni territorial, ni cultural del imperio Griego-Macedónico. Dejó de haber una sola capital imperial y un solo ejército. En verdad, el imperio Griego-Macedónico dejó de existir, y no fue reemplazado de inmediato por Roma.
De los cuatro reinos principales en que se dividió el imperio de Alejandro, Daniel 11 se preocupa por el Reino del Sur (Egipto) y el del Norte (Siria). Después de la división del imperio de Alejandro (Dan. 11:4), la profecía dice: "se hará fuerte el rey del sur" (11:5). La Septuaginta traduce "rey del sur" en 11:5 como "rey de Egipto", lo cual está respaldado por Dan. 11:8. El reino egipcio de los Ptolomeos (o lágidas) controló a Israel y los países vecinos hasta el año 200 a.C., aproximadamente. Después de eso el territorio de Israel cayó bajo el dominio de los Seléucidas del reino Sirio (el reino del Norte), que maltrató a los israelitas hasta culminar con las persecuciones y profanaciones del Templo, realizadas por su rey Antíoco IV Epífanes.
Daniel 11 describe la permanente lucha entre Egipcios y Sirios, la cual es atestiguada por la historia. No lograron mantener la unidad del imperio de Alejandro. De ellos dice Daniel 11:67 que intentaron hacer una alianza sin éxito. Hubo intentos de alianza mediante casamientos entre hijos de los dos reinos, pero este convenio tampoco tuvo éxito (11:17). Esto parece ser una referencia a lo profetizado en Dan. 2:43: "Se mezclarán por medio de alianzas humanas, pero no se unirán el uno con el otro, como el hierro no se mezcla con el barro". Es posible que el hierro y el barro del cuarto poder de la estatua de Daniel 2 represente esta situación, que existió en torno a Israel entre los siglos IV-III B.C., después de la desintegración del imperio de Alejandro. El profeta Daniel había explicado que "después del tercer reino de bronce" (2:39) es decir, Grecia, se levantaría un "cuarto reino" que sería "fuerte como el hierro" (2:40). Entre Grecia y Roma, según la secuencia de la historia, el Reino Seléucida de Siria casi destruyó a Israel e intentó suprimir la religión bíblica. Cuando Roma apareció en escena varias décadas después, fue mucho más benigna hacia los israelitas. La situación cambió en los sucesos que culminaron con el sitio de Jerusalén en el año 70 d.C., cuando la "abominación desoladora de la que habló Daniel" destruyó el templo de Jerusalén (Mat. 24:15).
Pero volvamos a lo que nos interesa destacar en este artículo. Después de la caída del imperio Romano en el siglo V d.C., la historia muestra que hubo otros grandes imperios, que abarcaron aproximadamente los mismos territorios que el imperio de Alejandro y el imperio Romano. Los más importantes son el Imperio Bizantino, el Imperio Árabe y el Imperio Otomano. Ellos ejercieron una perdurable influencia en el mundo hasta el día de hoy, y contribuyeron a afianzar y esparcir las religiones ortodoxa y musulmana.
El Imperio Bizantino
El Imperio Bizantinollamado también, sobre todo para hacer referencia a su etapa inicial, Imperio Romano de Orientefue un imperio cristiano medieval de cultura griega, cuya capital estaba en Constantinopla o Bizancio (actual Estambul). Los orígenes del Imperio Bizantino se remontan a la etapa final del Imperio Romano. Inicialmente abarcaba todo el Mediterráneo oriental, pero con el tiempo fue sufriendo importantes reducciones territoriales.
No hay un consenso general en cuanto a la fecha de inicio del Imperio Bizantino. Para algunos autores la fecha clave es la fundación de Constantinopla en el año 330, en tanto que otros estudiosos consideran como acta de nacimiento del Imperio Bizantino la muerte de Teodosio I, en 395, cuando el Imperio Romano fue definitivamente dividido en dos mitades, oriental y occidental. Otros piensan que puede hablarse con propiedad de Imperio Bizantino a partir del momento en que fue depuesto el último emperador romano de Occidente, Rómulo Augústulo (476).
La hegemonía de este imperio mantuvo la unidad política de los mismos territorios, más o menos, que antes habían estado unidos bajo el imperio Romano. Este es un hecho histórico evidente, que anula la posibilidad de aplicar Dan. 2:43 a la situación política de esa parte del mundo después de la caída de Roma. La desaparición del Imperio Bizantino se produjo con la caída de Constantinopla en poder de los turcos otomanos en 1453. De esta manera, la declaración tradicional de los pioneros adventistas de que "después del imperio Romano no hubo otro imperio mundial" no tiene respaldo en los hechos históricos.
La religión del imperio Bizantino, representada por las actuales iglesias Ortodoxas, constituye un desarrollo importante de la vida y teología cristianas, no menor que el Católico Romano. La vida y teología Ortodoxa se apega a la tradición de una manera aún más fuerte que la Católica. Uno se pregunta si este hecho deja a la iglesia Católica como única responsable de las desviaciones con respecto a la Biblia que se han manifestado en la historia del cristianismo.
El Imperio Árabe
El imperio Árabe musulmán, que dominó gran parte del mundo después de caído el imperio Romano, ejerció su hegemonía durante siglos en parte de Europa, norte de África, las tierras bíblicas (Palestina y los territorios de Babilonia y Medo-Persia), Asia y el Lejano Oriente (hasta la India y las Filipinas). Todos estos territorios estuvieron unidos bajo un imperio, de manera que tampoco este hecho respalda la declaración de que entre Roma y la Segunda Venida de Cristo no ha habido otros imperios mundiales.
Después que los árabes musulmanes conquistaron los territorios al norte de Áfricadonde permanecieron ocho siglos aproximadamentecruzaron a España por el Estrecho de Gibraltar, y luego trataron de invadir las Galias, pero fueron detenidos por los ejércitos francos de Carlos Martel, en el año 732. Durante sus conquistas, los musulmanes llevaron sus costumbres y religión y dejaron marcada su influencia hasta nuestros días. Este imperio duró muchísimo más que el de Alejandro Magno, que murió unos diez años después que inició sus conquistas, y su influencia en la historia del mundo no es de menor importancia que la de los griegos.
El imperio de los árabes dejó su legado cultural en el mundo. La filosofía de Aristóteles fue preservada y reinsertada en el mundo por los árabes en ese tiempo, ya que desde los días de San Agustín (s. IV d.C.) la filosofía de Aristóteles había sido perseguida por la iglesia favoreciendo a la de Platón. Los árabes nos legaron los números que usamos hoy en casi todo el mundo y su sabiduría matemática. La influencia de su música, sus artes, su arquitectura y hasta su religión, se advierten hoy en los cinco continentes, más allá del vasto territorio que incluyó su imperio.
La contribución que legó la civilización árabe al mundo moderno ha sido muy importante y de incalculable valor, no solo por su riqueza sino por su erudición. Después de conquistar un país, los árabes absorbían a la nueva cultura mejorándola al máximo.
Los árabes desarrollaron la agricultura como una ciencia, por estos esfuerzos hoy día tenemos productos como algodón, cebada, arroz, café, espárragos, naranjas y albaricoques. Los árabes se distinguieron también en la manufactura.
Nuestro idioma español tiene aproximadamente un 15% de palabras de origen árabe, tales como: almanaque, alcohol, alambique y álgebra. En la literatura religiosa contribuyeron con el Corán, y los libros que revela y describe la vida y costumbre del pueblo árabe. Legaron relatos como: Las mil y una noches, "Aladino y la lámpara maravillosa," "Alí Baba y los Cuarenta Ladrones."
La religión Islámica o Islamismo, que significa sumisión a Dios, fue otro legado del mundo árabe. Esta religión, fundada por Mahoma, proviene de las tribus nómadas y conocidos como musulmanes localizadas entre el Golfo Pérsico, el Océano Índico y el Mar Rojo. Sus seguidores creen que no hay otro Dios si no es Alá, y Mahoma es su profeta. Todas las profecías de Mahoma fueron recopiladas en el sagrado libro del Corán (Alcorán).
Otra vez, nos preguntamos si la religión musulmana no ha tenido un papel importante en la "gran controversia" entre la verdad y el error, así como en la situación actual de las relaciones internacionales, como para que no merezca consideración alguna en el análisis profético de la historia política y religiosa antes del regreso de Jesucristo.
El Imperio Turco otomano
El imperio Turco otomano duró aproximadamente desde 1300 hasta 1922, y durante su mayor extensión territorial abarcó tres continentes, desde Hungría al norte hasta Adén al sur, y desde Argelia al oeste hasta la frontera iraní al este, aunque su centro de poder se encontraba en la región de la actual Turquía. A través del Estado vasallo del kanato de Crimea, el poder otomano también se expandió por Ucrania y por el sur de Rusia.
Su nombre deriva de su fundador, el guerrero musulmán turco Osmán (o Utmán I Gazi), que estableció la dinastía que rigió el Imperio durante su historia (también llamada dinastía Osmanlí).
La población del Imperio otomano era una mezcla cultural, lingüística y religiosa. La mayoría de la población de las provincias europeas era cristiana y pertenecía a la Iglesia ortodoxa, muchos de los cuales aceptaron el dominio otomano porque era menos oneroso que la dominación católica. En Tracia, Macedonia, Bulgaria y Albania había un extenso asentamiento musulmán, y en Bosnia se produjo una conversión en masa al islam. Los musulmanes también predominaban en algunas ciudades. En las provincias asiáticas sucedía lo contrario: la mayoría de la población era musulmana aunque había muchos cristianos en las ciudades; en Anatolia había cristianos griegos al oeste y armenios al este, y grupos numerosos de cristianos en Siria y Egipto.
Durante el último siglo de su existencia, la cuestión ante la que se encontraba el Imperio otomano era si a través de la coerción y la conciliación podía mantenerse unido, hasta que los frutos de la modernización satisficieran a los ciudadanos no musulmanes para que continuaran formando parte del Imperio. En sus provincias europeas fracasó porque los cristianos no acataban el poder otomano y las potencias europeas no permitían que éste les coaccionara. Gradualmente las provincias se hicieron autónomas: Grecia (1829), Serbia (1830) y los principados de Moldavia y Valaquia (actual Rumania) que se unificaron en 1859. Grecia se independizó en 1830, Serbia, Rumania y Montenegro en 1878, así como parte de Bulgaria. Hacia 1885 los territorios otomanos en Europa se redujeron a Macedonia, Albania y Tracia, y todos ellos, exceptuando Tracia, dejaron de pertenecer al Imperio como resultado de las Guerras Balcánicas de 1912-1913. También los otomanos perdieron el control del norte de África: Argelia fue tomada por Francia en 1830 y Túnez en 1881. Inglaterra ocupó Egipto en 1882 e Italia se anexionó Libia en 1912. Pero los otomanos conservaron las provincias asiáticas e incluso aumentaron su poder en Arabia.
El colapso y la extinción del Imperio otomano fue consecuencia de la I Guerra Mundial. El gobierno cometió el error de entrar en la guerra del lado de los Imperios Centrales, y la derrota de Alemania significó el final de los otomanos. En 19171918, cuando comenzaron en Irak y Siria nuevas ofensivas británicas, las fuerzas otomanas comenzaron a declinar y tras la firma del Armisticio de Mudros (octubre de 1918) los otomanos habían perdido todo menos Anatolia. Finalmente, el 1 de noviembre de 1922 se abolió la dinastía otomana y el Imperio llegó a su conclusión. Un año después fue sustituido por la República de Turquía.
En conclusión
Este brevísimo bosquejo de los principales imperios que dominaron Europa, el Medio Oriente y Asia después de la caída del imperio Romano y hasta el siglo XX, deja en evidencia que la interpretación que señala a Roma como el último Imperio antes de la venida de Cristo es un error histórico inmenso. Cualquier lector desprejuiciado de la Historia de la Humanidad puede seguir de manera muy clara y simple la secuencia de los imperios que ocuparon las tierras bíblicas (para no mencionar otras partes del mundo) hasta el siglo XX, sin encontrar ningún indicio de que Roma fue el último imperio.
No se trata de que la profecía haya fallado, sino que la interpretación que le hemos dado a la profecía tiene notorios defectos. No se puede dar estudios bíblicos serios a personas instruidas que saben historia, esperando que acepten la interpretación tradicional adventista de la historia. No se trata de que les falte fe; el problema no es de ellos sino nuestro, ya que a nuestra interpretación le falta veracidad histórica.
Esto no tendría mayor importancia si no fuera porque lo que pretendemos, precisamente, es demostrar la veracidad histórica de nuestra interpretación. Pero hay que reconocer hidalgamente que no la tiene.
He preguntado a una veintena de profesores adventistas de Historia de tres continentes por qué no mencionamos a los imperios Bizantino, Árabe y Otomano cuando damos estudios sobre el libro de Daniel. Varios han preferido no contestar. Los que tienen más confianza conmigo reconocen que mis observaciones son históricamente correctas, y que la respuesta la deben dar los teólogos y no los historiadores.
El desafío está planteado, nuestros teólogos deberían responder a esta cuestión. No se trata de descalificar a priori a quienes sostenemos esta preocupación. Tampoco se trata de renunciar al adventismo ni al mensaje de la Segunda Venida. Se trata de ser honestos intelectualmente, y de contribuir para que el mensaje adventista sea creíble en todo el mundo y en todas las esferas,
si es que nos interesa dar un mensaje al mundo. Es crucial, para el avance del mensaje adventista, que quienes lo escuchan puedan creer que sus afirmaciones son verdaderas, no sólo porque tienen fe sino porque el mensaje expresa una verdad evidente.
La otra posibilidad para la iglesia adventista es mantenerse como una secta, un grupo pequeño de gente que acepta una doctrina por la fe (en la autoridad de sus dirigentes religiosos) aunque esta doctrina sea incompatible con los hechos.
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