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por Terrie Aamodt [2]
Bueno, no del todo, según otra prominente autoridad en materia de las relaciones entre oriente y occidente, el resto es literaturay lenguaje. Edward F. Said era profesor de inglés y literatura comparada en la universidad de Columbia, en Nueva York, cuando falleció en 2003. Había nacido en Jerusalén, Palestina, en 1935 de padres protestantes. Cuando los sionistas capturaron a Jerusalén en 1948 la familia Said se escapó a Cairo. Edward fue educado en Cairo y en los Estados Unidos. Adoptó una visión secular del mundo y vino a ser el exponente más importante del postestructuralismo de izquierda en los Estado Unidos.
La guerra de los seis días en 1967 le dio auge a un nuevo interés en sus raíces palestinas. Uno de los resultados fue la publicación de Orientalism en 1978. El libro se convirtió en el fundamento de estudios post coloniales. Su análisis del lenguaje usado por los occidentales que estudian el oriente está basado en un vistazo amplio del panorama académico. Luego, en Culture and Imperialism (La cultura y el imperialismo, 1993) su análisis fue específicamente literario. En su libro de 1978, Said argumenta que en occidente el estudio del oriente ha sido esencialmente prejuiciado por un chauvinismo cultural y una serie de otros puntos ciegos, aún cuando el orientalista proclama su simpatía con el objeto de sus estudios.
De acuerdo con Said, el orientalista más culpable de prejuicios es Bernard Lewis. En una sección de su libro, Said hace una crítica fulminante de los reclamos de objetividad por parte de Lewis (pp. 31422), insistiendo que Lewis distorsiona abiertamente al caracterizar a islam como "una ideología antisemítica, no meramente una religión" (p. 317). Según Said, las raíces del dogma que ciega a los orientalistas están en la filología, más específicamente en el análisis de la lengua árabe en occidente, en el que se la define como "una ideología peligrosa" (p. 320).
Para Said, "la dependencia de la !filología! por parte de los orientalistas de hoy es la última degradación de una disciplina académica que se ha transformado en pericia ideológica en ciencias sociales" (p. 321). Como demostración, Said realiza un estudio filológico del lenguaje de los orientalistas. Su conclusión es que
considera que cosas opuestas están "naturalmente" unidas, representa a diferentes tipos de seres humanos con el idioma y la metodología de la academia, le concede realidad y convierte en puntos de referencia a cosas (palabras) de fabricación propia.
No es posible participar en esta empresa académica, formular opiniones al respecto, sin antes perteneceralgunas veces inconscientemente, pero de todos modos involuntariamentea las instituciones que garantizan su existencia y a su ideología.
Orientalism es una polémica ruidosa, visible y extendida, escrita para contrarrestar lo que para Said es la oculta agenda de Lewis y otros orientalistas. La diatriba de Said, con su profunda intensidad, hace difícil leer a los orientalistas, o descripciones de los aspectos colonialistas de los proyectos de misioneros cristianos fuera del mundo occidental, con la complacencia de antes.
A comienzos de 2003, al escribir un nuevo prefacio para la edición que celebra el vigesimoquinto aniversario de Orientalism en el contexto de el ataque terrorista del 11 de septiembre y de su propia derrota frente a la leucemia que lo consume, Said compara su obra a la sátira abusiva de Jonathan Swift, otra polémica del mismo género que debe haber estado en la mente de Said cuando concibió su libro.
Ha habido un ataque tan amplio y agresivamente calculado contra las sociedades contemporáneas del mundo árabe e islámico debido a su retraso cultural, falta de democracia, la abrogación de los derechos de la mujer que uno simplemente se olvida de que las nociones de modernidad, iluminismo y democracia no son conceptos simples y reconocidos por todos, y que uno puede con certeza verificar si es que existen o no, como si fueran huevos de pascua en el jardín. La espantosa temeridad de voceros infantiles que promulgan política exterior y no tienen una noción viva (o conocimiento alguno) de la lengua que un pueblo usa ha creado un escenario árido que está listo para que el poder de los Estados Unidos construya en él un modelo ersatz del mercado libre de la "democracia", sin la más mínima duda de que tales proyectos no existen fuera de la Academia de Lagado de Swift [una risible parodia de "la ciencia seria" en Las aventuras de Gulliver, 3ra parte] (p. xix).
Said ha estado literalmente en el frente de batalla. Su defensa siempre controversial del punto de vista palestino hizo que alguien le prendiera fuego a su oficina en la universidad de Columbia. En el 2000, en un acto de protesta muy difundido y criticado tiró una piedra contra una garita israelí cerca de la frontera con el Líbano, de esa manera identificándose con los muchachos que tiraban piedras en la primera intifada.
Si bien sus acciones a veces han sido provocadoras, el que Said sea conocido como el "Otro" palestino en los Estados Unidos provee un contrapunto que hace difícil generalizar o simplificar ligeramente la actual guerra contra el terrorismo.
Formular explicaciones que contrastan culturas puede ser complicado y peligroso, pero no faltan quienes lo intentan, a pesar de que en 1994 Edward Said aseveró que "las palabras oriente y occidente no corresponden a ninguna realidad estable que existe como un hecho natural" (Orientalism, p. 331).
El número de enero 2002 de el New York Review of Books (Reseñas de libros New Cork) publicó un ensayo titulado "Occidentalism" por Ian Buruma, periodista británico que actualmente enseña en Bard Collage en la ciudad de Nueva York, y Avishai Margalit, profesor de filosofía en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Un poco más tarde los dos expandieron su argumento en un libro que se publicó en 2004 en Jerusalén con el mismo título.
En este libro, Buruma y Margolit ponen al orientalismo patas arriba tratando de entender la actitud de oriente para con el occidente. De la manera como ellos ven las cosas, el occidentalismo no es meramente una crítica o un odio de occidente. Es un odio basado en una impresión errónea de occidente y, "como uno de los peores aspectos de su opuesto, el orientalismo, despoja de su humanidad a los seres humanos que ataca.
Reduce una sociedad entera, o una civilización, a una masa desalmada, decadente, avara, desarraigada, sin fe e insensitiva de parásitos". Eso es lo que, según los autores, hacen los occidentalistas. "Es una forma de destrucción intelectual" (p. 10).
Comienzan su análisis reviviendo la manera en que los japoneses percibían a los estadounidenses durante la segunda guerra mundial. En una conferencia académica en Kyoto en julio de 1942, intelectuales japoneses argumentaban "cómo sobreponerse a lo moderno". Concluyeron que la ciencia moderna, el capitalismo, la tecnología, la democracia y las películas de Hollywood habían creado una "civilización materialista ponzoñosa" basada en el poder capitalista de los judíos.
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