Por Herold Weiss
(9 de marzo 2006)
En el debate entre Martín Lutero y las autoridades eclesiásticas de su tiempo el problema, en parte, fue que tenían concepciones diametralmente opuestas de la naturaleza de las escrituras. Según los tradicionalistas, las escrituras son por naturaleza opacas y, por lo tanto, su lectura es difícil. Es fácil para un laico descarriarse en su lectura. Esto requiere que la iglesia determine el significado de las escrituras y de esta manera prevenga que surjan interpretaciones erróneas o perversas. Lutero, al contrario, sostenía que las escrituras son diáfanas y, por lo tanto, fáciles de leer. Su significado no está escondido. La Biblia es transparente y cualquier persona inspirada por el Espíritu que inspirara a los autores de la Biblia puede, sin la asistencia de ninguna autoridad externa, entender plenamente el evangelio.
Cinco siglos después, algunos de nosotros pensamos que afirmar que la Biblia es un documento transparente del cual se puede extraer textos que comprueben la verdad de lo que uno quiere enseñar probablemente sirva más para proliferar las divisiones que debilitan al cristianismo que para comprender el significado de las escrituras y el mensaje del evangelio. Hemos tenido que aceptar la importancia del rol desempeñado por los autores de la Biblia. Pretender que el evangelio nos llegó en forma inmaculada, perfectamente pasteurizado, con la pureza celestial, sin haber sido afectado por agentes humanos, es negar lo evidente. Cada unidad social interpreta su vivencia dentro de los confines de un universo simbólico. Sus artefactos culturales carecen de trascendencia. No es pura curiosidad preguntarse si en la Biblia de los esquimales la frase "Cordero de Dios" quedaría mejor traducida como "Foca de Dios". Los corderos no son parte del mundo de los esquimales. El rol del cordero en el cercano oriente es desempeñado por la foca entre ellos. ¿A qué se le debe dar prioridad? ¿a la necesidad de hacer que el evangelio sea accesible a los esquimales, o a la necesidad de ser fieles a la letra de las escrituras? Para algunos, hacer que las focas sean portadoras del significado asignado a los corderos en el texto es detractar de la autoridad de la biblia y abrir la puerta al relativismo, el más peligroso de los pecados teológicos del momento.
Seamos honestos. Vivimos en un mundo pecaminoso y el relativismo, como nos lo enseñara Einstein, es parte integral de su estructura. Los que se declaran enemigos del relativismo pretender no caminar sobre el planeta tierra, pero, sin duda, lo hacen. Querámoslo o no, vivimos en el mundo posmoderno, y su rúbrica cultural es haberle visto la cara al relativismo. Algunos reaccionan con pánico y quieren derrotarlo, para su propia consternación. Otros vemos en él algo que debe ser tomado en cuenta. Reconocer que los autores de la Biblia usaban anteojos que le dieron tonalidades particulares a lo que vieron y escribieron no es un atentado contra su autoridad, o una manera de asumir una posición superior a la de ellos. Sólo es querer prevenir un corto circuito en el círculo hermenéutico. Es reconocer la importancia de los autores de la Biblia y del universo simbólico al cual pertenecían. Sólo quienes desean usurpar para sí mismos el poder de las escrituras no permiten que los autores originales y sus mundos ocupen el lugar que les corresponde en la interpretación de las escrituras.
Cuando se predicó el evangelio por primera vez se lo vistió con los trajes típicos de una cultura particular. Dentro de su cultura original el texto pudo haber sido transparente, pero no esterilizado. Fue impartido por agentes humanos que pudieron comprender el evangelio sólo en términos de su propio universo simbólico. El conocimiento se hace posible sólo dentro del contexto cultural de un grupo social que determina el significado del lenguaje común. El lenguaje es un artefacto cultural. Cada cultura mantiene un universo simbólico que integra a los signos culturares en un sistema coherente de significados. Es por esto que el estudio de las escrituras requiere una lectura que construya puentes transculturales.
Los primeros discípulos cristianos, que fueron testigos del Cristo resucitado como Señor, le dieron expresión a sus experiencias con él y testificaron de su fe dentro del marco provisto por su universo simbólico. El nuevo testamento no testifica del evangelio en un ambiente homogenizado, esterilizado, transparente y vacío. Lo hace en los lenguajes de diferentes cristianos que vivían en universos simbólicos diversos que ahora nos son extraños y opacos. Esto quiere decir que desde el comienzo la manera en que ellos entendieron el significado de la presencia del Señor resucitado entre ellos fue variada, determinada por los universos simbólicos que les permitían integrar sus experiencias a las corrientes de su diario vivir. Como resultado, en nuestros días otra vez se debate si es que las escrituras son por naturaleza opacas o trasparentes. A diferencia de los tiempos de Lutero, lo que se debate nos es el rol de la iglesia en la determinación del significado de las escrituras, sino el rol de las culturas en que las escrituras fueron escritas.
Los significados que los primeros cristianos le dieron al sábado ilustran el argumento aquí presentado. Dentro de un universo apocalíptico, algunos cristianos vieron en el sábado un barómetro de la piedad. Otros cristianos, que vivían en un universo simbólico helenístico, vieron en él una manifestación tangible de su esperanza.
Las referencias al sábado en los evangelios sinópticos, en su mayoría tienen que ver con controversias acerca de lo que es permitido hacer en sábado. En ellas encontramos a las autoridades religiosas acusando a Jesús de haber hecho algo que no es permitido. Los participantes en la controversia concuerdan en que es necesario observar el sábado absteniéndose de trabajos en ese día. El cuarto mandamiento dice: "No hagas en él obra alguna". La ley, sin embargo, no especifica en que consiste una "obra", o un "trabajo". Los judíos de aquel tiempo se esforzaron por definir las actividades que debían clasificarse como "obra" o "trabajo" y que, por lo tanto, no se podían realizar en sábado. Los primeros cristianos también estuvieron ocupados en esa tarea, puesto que también estaban ansiosos de observar el mandamiento adecuadamente. Visto de esta manera el sábado es un mandamiento negativo. Prohibe trabajar en sábado.
Si el universo en que uno vive está dominado por la visión del inminente juicio que finalmente corregirá las injusticias de este mundo, esto es por un punto de vista apocalíptico, uno está mayormente preocupado de poder estar de pie y ser juzgado digno de participar en el reino de Dios. En el pensamiento apocalíptico, la ley de Dios juega un rol predominante. De ahí que la inminencia del juicio intensifica las demandas de la ley. Los evangelios sinópticos, que hacen una conexión directa entre la destrucción del templo de Jerusalén y la parusia del Señor resucitado como juez de la humanidad, muestran a Jesús ejemplificando la debida observancia del sábado para beneficio de los que han de participar de la vida en el reino de Dios.
El dicho de Jesús más importante al respecto se encuentra sólo en el evangelio según San Marcos (1:27): "El sábado fue hecho para beneficio de los seres humanos, no los seres humanos para beneficio del sábado". Generalmente se entiende que por medio de este dicho Jesús está liberalizando la observancia del sábado, explicando que la observancia del sábado no debiera ser una carga para la humanidad. Su interés es el bienestar de las criaturas. El texto también da lugar a otra interpretación. Según ésta Jesús está estableciendo que la bendición del sábado no es un privilegio exclusivo de los judíos, como los judíos de aquellos tiempos argumentaban. Contrario a este punto de vista exclusivista y elitista, Jesús proclama que el sábado fue dado para beneficio de toda la humanidad. Todos los que quieren estar de pie en el juicio, inclusive los gentiles, deben observar el sábado. Hago referencia a esta otra manera de leer el texto no porque la considere mejor, sino como un complemento a la lectura tradicional. El apocalipticismo se caracteriza por su universalidad y por enfatizar lo imprescindible de la obediencia. En los evangelios sinópticos, que son altamente apocalípticos, por lo tanto, la debida observancia del sábado de parte de toda la humanidad es ejemplificada por los dichos y la conducta de Jesús.
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