por Chris Oberg (2)
(5 de agosto 2005)
Poco antes de que la batalla de los campos Pellennor concluya, uno de los guerreros enfrenta a un rey de magia negra –un personaje terrible, espeluznante, cinco veces más grande que el guerrero. Después de haber intercambiado fuertes golpes, el rey mago controla al guerrero contra la tierra y lo maldice diciendo: "Necio, ningún ser mortal puede matarme. Muérete ahora".
El rey mago empuña su espada y la alza al mismo tiempo que el guerrero levanta su visera y con un movimiento fuerte de su brazo se quita la armadura y dice: "No soy mortal". Entonces Eowyn mata al rey malvado. Cada vez que vemos esta escena en mi casa la sala resuena con gritos de júbilo cuando la heroína se revela victoriosa.
Sí, seguramente mis lectores femeninos estén de acuerdo. Nosotras nos identificamos primero con la heroína que salva al capitán Naamán. Puede que también nos identifiquemos con su posición de sirvienta. ¿A quién no le gusta ver que una sirvienta sea la que salva la situación? Me siento atraída porque no soy un rey, no soy un gobernante o un comandante, ni un jefe de empresa, o la más importante en nada. Y la mayoría no lo somos. Esta puede ser la razón que nos permita identificarnos en el relato con facilidad. Ella es una heroína inesperada y nosotros también lo somosy nos place que sea así.
Este personaje también me atrae desde otra perspectiva puesto que es una oveja entre los lobos. Veo que ella es un testigo. Reconozco su deseo de traer sanidad al hogar y anunciar la presencia de Dios. Me es difícil comprender, sin embargo, cómo ella pudo balbucear una oración a favor del que la esclavizaba estando todavía en territorio enemigo.
Debe haber añorado poder deleitar su paladar con los higos y las granadas del patio de su abuela, escuchar a su padre cantando desde el atardecer hasta tarde de noche o celebrando el "seder" sabático, como todos lo hacían en su aldea. Ella servía a la esposa del capitán y probablemente al capitán también, y a lo mejor a muchos hombres en el ejército. Al menos ellos no tenían lepra.
La enfermedad contagiosa del capitán no hubiese sido tolerada en su tierra natal. En Israel, el capitán hubiera estado condenado a vivir fuera de la ciudad o la aldea, sin poder tener contacto con otros seres humanos. En tierra extraña ella duerme en la casa del hombre con las llagasfregando sus ropas y lavando sus platostodo lo que toca está contaminado.
De alguna manera, en medio de todo esto, ella tiene la esperanza de una curación que su propio pueblo no pude comprender. Ella tiene la esperanza de que el Dios de Israel le dé al pueblo enemigo una curación que el mismo Israel no tenía. Este es el único leproso que es sanado en todo el Antiguo Testamento. ¿Cómo pudo ella llegar a tener esperanza de tal cosa? ¿Cómo supo ella que su Dios era tan grande?
A pesar de que sus circunstancias fueron muy distintas a las de los muchos seguidores de Jesús, veo en esta jóven israelita un discípulo que hubiera alegrado a Jesús. Habría dicho de ella: "Captó". No hubiera necesitado las instrucciones que Jesús le dio a los setenta antes de enviarlos por los caminos (Lucas 10). Sus instrucciones se encuentran ahora desparramadas en casi una docena de textos canónicos y no canónicos. Se las encuentra en varias formas con diferentes toques editoriales y enfoques teológicos. Se puede, sin embargo, identificar el núcleo de las mismas y trazar sus orígenes a la más temprana tradición oral de los dichos de Jesús.
En su esencia dicen algo así: Entren a una casa, coman lo que les sirvan, dénle salud a los que la necesiten y anuncien la presencia del reino de Dios. Algo sucede cuando entramos a la casa de un vecino o un extraño y nos sentamos mirándonos unos a otros alrededor de una mesa. Algo sucede cuando aceptamos comida y la comemos juntos. Uno entra en un ciclo de dar y recibir. Uno se compromete con las necesidades de otros. Quedamos entrelazados. Cuando nos miramos cara a cara y bebemos de la misma botella, las fronteras sociales desaparecen. Compartimos bienes materiales, y también poder. Alrededor de la mesa se manifiestan la mutualidad y la reciprocidad. Es entonces que uno comienza a ver el reino sin barreras entre las gentes. Indudablemente Jesús habría dicho de ella: "Captó".
Les invito a que le den su atención al relato. Lleguen a conocer al capitán Naamán. Lo que más necesita es una curación, pero lo que menos desea hacer es precisamente lo que le piden que haga para que se realice. Es difícil renunciar a las prerrogativas que nos pertenecen. Presten atención al relato y piensen en la libertad, el patriotismo y la lealtad. ¿Podemos orar por la curación del capitán del ejército de la nación enemiga?
Por sobre todo, presten atención al Dios cuya paciencia es mayor que la del enfermo, el orgulloso, el no convencido. Quédense con este Dios por un rato. Puede ser que entonces exclamen con el salmista: "El llanto dura una noche, pero el gozo viene con la aurora".
(Traducido por Herold Weiss)
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