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El santuario: la esencia del adventismo
por Norman H. Young [2]

La Biblia nos enseña que la expiación neutralize de una manera inexplicable el poder destructor del pecado e hizo posible que los seres humanos sean reconciliados con Dios. Dios reconcilió al mundo consigo mismo a través de la muerte de Cristo (2 Cor. 5:19). Con todo, cada ser humano es instado individualmente a reconciliarse con Dios (v. 20). En la muerte de su Hijo, Dios asumió el costo de su perdón, pero ese perdón no es algo que automáticamente cubre nuestros pecados. Es una invitación al gozo de la renovación del compañerismo con Dios.

El perdón es ofrecido universalmente, pero la experiencia de compañerismo como su resultado es personal. Así como el propósito del pecado es destruir relaciones, especialmente nuestra relación con Dios, de la misma manera el propósito de la gracia es restaurar nuestra relación con Dios y con nuestro prójimo. No podemos recibir el perdón y rechazar al Perdonador. El perdón renueva nuestra unión con Dios. Es imposible recibir el perdón divino y rechazar el ofrecimiento de compañerismo con Dios ("Y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo" [1 Juan 1:3]).

La doctrina adventista del santuario nos recuerda que la confianza del cristiano no es seguridad carnal. Como toda relación, nuestra relación con Dios es un puro regalo, pero al mismo tiempo, como cualquier otra relación, demanda una conducta consecuente. Esta no es una opción, sino una absoluta necesidad. Lo que hacemos en compañerismo con Cristo es de tan vital importancia como el haber recibido el regalo de esa relación.

"Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él: arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis aprendido, creciendo en ella con hacimiento de gracias" (Col. 2:6–7). "Si nosotros dijéremos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no hacemos la verdad" (1 Juan 1:6).

La doctrina del santuario, por lo tanto, no nos permite tergiversar el evangelio como un mero mecanismo para remover la culpa de nuestros pecados sin que ese mismo evangelio nos desafíe, nos transforme, nos acondicione para vivir en compañerismo con Cristo. La confianza del cristiano acepta la condicionalidad de la oferta evangélica. La seguridad carnal no está dispuesta a ello. Notemos las siguientes declaraciones condicionales:

Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios: la severidad ciertamente en los que cayeron; mas la bondad para contigo, si [ean— en Griego] permanecieres en la bondad; pues de otra manera tú también serás cortado (Rom. 11:22).

Por el cual [evangelio] asimismo, si [ei] retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano (1 Cor. 15:2).

[A]hora empero [Dios] os ha reconciliado en el cuerpo de su carne por medio de muerte, para haceros santos, y sin mancha, e irreprensibles delante de él: si [eige] empero permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído (Col. 1:21b–23a).

Mas Cristo como hijo, [fue fiel] sobre su casa; la cual casa somos nosotros, si [ei] hasta el fin retuviéremos firme la confianza y la osadía de la esperanza (Heb. 3:6).

Porque participantes de Cristo somos hechos, si [eanper] conservamos firme hasta el fin la confianza que tuvimos al principio (Heb. 3:14).

Esto quiere decir que la doctrina del santuario nos impide malinterpretar el Calvario como un instrumento que hace posible pecar sin sentido de culpabilidad. Nos recuerda que nuestra purificación depende de que nuestra fe en Cristo sea una realidad dinámica. Bien lo declara el Documento de Consenso: "De manera que el juicio que se realiza al finalizar los 2.300 días revela nuestra relación con Cristo, manifestada en la totalidad de nuestras decisiones. Señala lo realizado por la gracia en nuestras vidas en la medida en que hemos hecho nuestro el regalo de Su salvación".10

El juicio de los creyentes anterior al segundo advenimiento

Algunos cristianos, entre ellos algunos adventistas, enfatizan las palabras de Juan 5:24 ("De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna; y no vendrá a juicio, mas pasó de muerte a vida") y niegan que los creyentes tendrán que comparecer ante un juicio futuro. Su razonamiento es que la perspectiva de tener que comparecer en un juicio futuro le quita al creyente la confianza en su salvación. Hay que reconocer, sin embargo, que Juan se refiere a la condenación que puede sobrevenir como resultado del juicio, sin por eso negar la posibilidad de un juicio futuro, como resulta claro en los versículos 27 al 29.

Otros, por su parte, alegan que Daniel y Apocalipsis enfocan exclusivamente al poder perseguidor, de modo que para los creyentes la única perspectiva es la vindicación. El deseo de excluir a los creyentes de un juicio futuro es, sin duda, comprensible, pero es contrario a las Escrituras. Los adventistas han tenido la humildad de incluir no solamente a los de afuera sino también a sí mismos en el juicio de Dios. Hay demasiados textos acerca del juicio de los creyentes para poder evitar esta verdad (véase, por ejemplo, Rom. 14:10; 2 Cor. 5:10; Heb. 10:30).

Además, es dificil negar que los textos acerca del juicio en Daniel y Apocalipsis involucran al pueblo de Dios. Estos libros no fueron escritos a babilonios o romanos, sino a creyentes. Las anécdotas de las pruebas en Daniel 1 (la comida del rey), 3 (la imagen del rey), y 6 (el edicto real prohibiendo la oración) fueron escritas para advertir a los creyentes que la fe en Dios puede poner en peligro sus vidas.

La fraseología de Daniel 12:1–3—"en aquel tiempo será libertado tu pueblo, todos los que se hallaren escritos en el libro", y "unos para vida eterna, y otros para verguenza y confusión perpetua"—también indica que Dios ha de separar a los fieles de los infieles dentro de su pueblo. Paul Petersen demostró en un artículo reciente que Daniel incluye al pueblo de Dios en el juicio.11 Pareciera que la advertencia es que los que acceden a las demandas del cuerno pequeño han de recibir la recompensa del cuerno pequeño.

De la misma manera, a la luz de los elogios y las condenaciones dadas a las siete iglesias cristianas en Apocalipsis 2 y 3, es imposible aceptar que la severa amonestación contra la adoración de la bestia y su imagen en Apocalipsis 14:9–12 no atañe a los creyentes.

Según Pablo, el juicio tiene que ver con las obras, inclusive las de los creyentes (Gal. 5:21; Rom. 2:1–11; 1 Cor. 6:9–10; 2 Cor. 5:10; Efe. 5:5). Como ya hemos visto, Daniel y Apocalipsis también dejan claro que el juicio incluye a los creyentes. "Tanto para Pablo como para los autores de los evangelios sinópticos, el juicio comienza con los de la casa de Dios".12 Al afirmar que los creyentes son juzgados antes de la Seguna Venida, los adventistas emplazan el juicio en la era evangélica.

De acuerdo con este punto de vista, el juicio anterior al advenimiento tiene lugar cuando los beneficios del ministerio de Cristo todavía pueden ser recibidos.13 Tal vez debiéramos otra vez enseñar que el juicio de los cristianos tiene lugar antes del segundo advenimiento, tal como lo enseñaran nuestros pioneros. Al aferrarnos a la fecha precisa de 1844, dislocamos el juicio de la mayoría de los creyentes del segundo advenimiento, y lo convertimos en un extenso proceso en vez de un evento climáctico.

Referencias

10. Spangler, "Consensus Document", 18.
11. Paul A. Petersen, "What’s the Problem? The Context of Daniel 8: 13–14" [¿Cuál es el problema?: El contexto de Daniel 8:13–14], Biblical Inspiration, 3 de agosto, 2002, 3.
12. Calvin J. Roetzel, Judgment in the Community: A Study of the Relationship between Eschatology and Ecclesiology in Paul [El juicio en la comunidad: Un estudio de la relación entre la escatología y la eclesiología en Pablo] (Leiden: Brill, 1972). 179.
13. Spangler, "Consensus Document," 17.

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