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Esta es una gran tradición, aún
cuando también es peligrosa. Ha sido la fuente de grandes
avances de la humanidad y también de terrible violencia.
Uno de sus peligros más sutiles, casi inadvertido,
es que establece una norma falsa para la actividad política.
Sugiere que cuando no se puede cambiar el mundo se debe abandonar
la política.
Se debe concebir a la política de una manera mejor.
De una manera que deje espacio para todos nosotros, y no piense
que el único propósito loable es el de cambiar
el mundo. San Agustín definió a la comunidad
política como aquella en la cual sus miembros comparten
un amor común. No era necesario que fuera devoción
por algo tenido en alta estima: una banda de ladrones ama
el botín; una comunidad puede estar constituida por
su amor a la sensualidad, a la conquista o a alguna otra de
las cosas malas o buenas que muchas veces un pueblo ama. La
definición de San Agustín nos puede ayudar a
entender otra manera de hacer política.
La política es la manera en que decidimos cuáles
de entre las cosas que tenemos en común queremos más,
cuáles nos han de identificar, cuáles hacen
que nos pongamos de pie y declaremos que las amamos. La política
es también la manera en que cuidamos de esas cosas.
Hacer política es preservar lo bueno. Hacer política
es impedir la destrucción de lo que amamos.
Se puede hacer política para transformar, con el deseo
de cambiar el mundo, pero también se puede hacer política
para preservar, para mantener un mundo que está en
peligro, y ahora más que nunca. La política
de la preservación nunca logra el éxito al que
apunta la política de la revolución, del estilo
Prometeo. Sus victorias son siempre parciales y a menudo imperceptibles:
un bosque que no se ha talado, un río todavía
cristalino, una comunidad humana intacta, una lengua rescatada
del olvido, una transformación notable alcanzada sin
que algo haya sido destruido.
Una de las dificultades enfrentadas por la política
de la preservación es que entre las cosas que valoramos
puede haber algunas que se oponen mutuamente. Representan
verdaderos valores y nuestro amor por ellas es legítimo,
pero no podemos mantenerlas perfectamente a todas a la vez
y en el mismo lugar. Por ejemplo, el bienestar ambiental y
la prosperidad económica, o tal vez no necesariamente
la prosperidad, pero al menos la eliminación de la
pobreza deshumanizante, son imperativas. Muchas veces, sin
embargo, para alcanzar una de estas cosas tenemos que sacrificar
la otra. La libertad personal es un bien real. Su violación
es a veces un crimen y siempre la causa de lamentaciones,
pero la seguridad, la estabilidad y la igualdad también
son imperativas. Cuando sacrificamos la libertad para mantener
a una de éstas, decimos que el sacrificio es necesario.
Estos principios y anhelos que se oponen mutuamente reclaman
nuestra atención. Cuando nos vemos obligados a elegir
entre ellos nos definimos a nosotros mismos como comunidad
política. Decimos algo importante acerca de quienes
somos, de qué es lo que amamos. En la política
estamos continuamente definiendo lo que San Agustín
llamara la comunidad política, la comunidad que ama
algo en común.
Pienso que, en realidad, no podemos vivir amando privadamente
sólo una cosa. No existe en este mundo algo bueno,
hermoso o saludable que no dependa para su existencia y su
mantenimiento de muchas otras cosas buenas, hermosas y saludables.
Cada uno de nosotros, en la medida en que somos buenos, estamos
profundamente endeudados con familiares y amigos, con comunidades
y escuelas, con leyes y libertades, con las personas y los
lugares que nos enseñaron a ser seres humanos de provecho.
Nadie nace como un ser humano completo. Aprendemos a serlo
de la misma manera como aprendemos un oficio o un ejercicio,
participando con aquellos que, imperfectamente pero con determinación,
han aprendido magistralmente a practicarlo en sus vidas. Amar
algo significa participar en la preservación de todo
aquello que lo hace posible, que lo trajo a la existencia
y lo mantiene existiendo. Esta deuda define nuestra condición
humana, y la política es una expresión de nuestra
deuda para con lo que nos mantiene.
Es por eso que la pretendida separación entre la vida
privada y la pública es artificial. Las dos están
estrechamente entrelazadas. Tanto políticos como padres
pueden actuar de una manera que preserva lo que tenemos en
común, o de una que lo desatiende o lo corroe. Ambos
ayudan a que el mundo que dejan a sus descendientes sea mejor
o peor del que ellos encontraron. La cuestión no es
decidir si somos personas privadas o públicas, sino
si vivimos de una manera que enriquece nuestra herencia cultural,
nuestra herencia social y nuestra herencia ecológica.
La política es una manera de decidir esta cuestión.
Estar divididos, tanto unos respecto de otros como dentro
de nosotros mismos, es algo muy humano. Es por eso que la
política nunca puede ser íntegra, elegante o
totalmente inspiradora. Es humano actuar por motivos conflictivos,
y por lo tanto siempre habrá razones para que tengamos
dudas acerca de los políticos, de otra gente, y de
nosotros mismos. Pero también es humano estar profundamente
endeudado, y amar cosas en común que forman la base
de la comunidad que compartimos. Nunca podremos estar por
encima de la política, o abandonarla, puesto que representa
nuestra condición humana. Ni siquiera deberíamos
aspirar a tal cosa.
(Traducido por Herold Weiss con la asistencia de Hugo Cotro)
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