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Por qué la política todavía cuenta
por Jedediah Purdy (2)

Esta es una gran tradición, aún cuando también es peligrosa. Ha sido la fuente de grandes avances de la humanidad y también de terrible violencia. Uno de sus peligros más sutiles, casi inadvertido, es que establece una norma falsa para la actividad política. Sugiere que cuando no se puede cambiar el mundo se debe abandonar la política.

Se debe concebir a la política de una manera mejor. De una manera que deje espacio para todos nosotros, y no piense que el único propósito loable es el de cambiar el mundo. San Agustín definió a la comunidad política como aquella en la cual sus miembros comparten un amor común. No era necesario que fuera devoción por algo tenido en alta estima: una banda de ladrones ama el botín; una comunidad puede estar constituida por su amor a la sensualidad, a la conquista o a alguna otra de las cosas malas o buenas que muchas veces un pueblo ama. La definición de San Agustín nos puede ayudar a entender otra manera de hacer política.

La política es la manera en que decidimos cuáles de entre las cosas que tenemos en común queremos más, cuáles nos han de identificar, cuáles hacen que nos pongamos de pie y declaremos que las amamos. La política es también la manera en que cuidamos de esas cosas. Hacer política es preservar lo bueno. Hacer política es impedir la destrucción de lo que amamos.

Se puede hacer política para transformar, con el deseo de cambiar el mundo, pero también se puede hacer política para preservar, para mantener un mundo que está en peligro, y ahora más que nunca. La política de la preservación nunca logra el éxito al que apunta la política de la revolución, del estilo Prometeo. Sus victorias son siempre parciales y a menudo imperceptibles: un bosque que no se ha talado, un río todavía cristalino, una comunidad humana intacta, una lengua rescatada del olvido, una transformación notable alcanzada sin que algo haya sido destruido.

Una de las dificultades enfrentadas por la política de la preservación es que entre las cosas que valoramos puede haber algunas que se oponen mutuamente. Representan verdaderos valores y nuestro amor por ellas es legítimo, pero no podemos mantenerlas perfectamente a todas a la vez y en el mismo lugar. Por ejemplo, el bienestar ambiental y la prosperidad económica, o tal vez no necesariamente la prosperidad, pero al menos la eliminación de la pobreza deshumanizante, son imperativas. Muchas veces, sin embargo, para alcanzar una de estas cosas tenemos que sacrificar la otra. La libertad personal es un bien real. Su violación es a veces un crimen y siempre la causa de lamentaciones, pero la seguridad, la estabilidad y la igualdad también son imperativas. Cuando sacrificamos la libertad para mantener a una de éstas, decimos que el sacrificio es necesario.

Estos principios y anhelos que se oponen mutuamente reclaman nuestra atención. Cuando nos vemos obligados a elegir entre ellos nos definimos a nosotros mismos como comunidad política. Decimos algo importante acerca de quienes somos, de qué es lo que amamos. En la política estamos continuamente definiendo lo que San Agustín llamara la comunidad política, la comunidad que ama algo en común.

Pienso que, en realidad, no podemos vivir amando privadamente sólo una cosa. No existe en este mundo algo bueno, hermoso o saludable que no dependa para su existencia y su mantenimiento de muchas otras cosas buenas, hermosas y saludables. Cada uno de nosotros, en la medida en que somos buenos, estamos profundamente endeudados con familiares y amigos, con comunidades y escuelas, con leyes y libertades, con las personas y los lugares que nos enseñaron a ser seres humanos de provecho.

Nadie nace como un ser humano completo. Aprendemos a serlo de la misma manera como aprendemos un oficio o un ejercicio, participando con aquellos que, imperfectamente pero con determinación, han aprendido magistralmente a practicarlo en sus vidas. Amar algo significa participar en la preservación de todo aquello que lo hace posible, que lo trajo a la existencia y lo mantiene existiendo. Esta deuda define nuestra condición humana, y la política es una expresión de nuestra deuda para con lo que nos mantiene.

Es por eso que la pretendida separación entre la vida privada y la pública es artificial. Las dos están estrechamente entrelazadas. Tanto políticos como padres pueden actuar de una manera que preserva lo que tenemos en común, o de una que lo desatiende o lo corroe. Ambos ayudan a que el mundo que dejan a sus descendientes sea mejor o peor del que ellos encontraron. La cuestión no es decidir si somos personas privadas o públicas, sino si vivimos de una manera que enriquece nuestra herencia cultural, nuestra herencia social y nuestra herencia ecológica. La política es una manera de decidir esta cuestión.

Estar divididos, tanto unos respecto de otros como dentro de nosotros mismos, es algo muy humano. Es por eso que la política nunca puede ser íntegra, elegante o totalmente inspiradora. Es humano actuar por motivos conflictivos, y por lo tanto siempre habrá razones para que tengamos dudas acerca de los políticos, de otra gente, y de nosotros mismos. Pero también es humano estar profundamente endeudado, y amar cosas en común que forman la base de la comunidad que compartimos. Nunca podremos estar por encima de la política, o abandonarla, puesto que representa nuestra condición humana. Ni siquiera deberíamos aspirar a tal cosa.

(Traducido por Herold Weiss con la asistencia de Hugo Cotro)

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