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Rebuscando los orígenes de la declaración de las veintisiete Creencias Fundamentales
por Fritz Guy [5]

La última oración abarca la observación de Wilson en su introducción al efecto de que "debemos entender lo que creemos y … expresarlo simplemente, claramente, de la manera más concisa posible" y va más allá para reflejar un énfasis, muy importante pero muchas veces olvidado, que ya hemos notado en Elena White: "Cuando el pueblo de Dios crece en la gracia, estará continuamente obteniendo un entendimiento más claro de Su Palabra. Discernirá nueva luz y belleza en las verdades eternas. Esta ha sido la realidad en todas las épocas de la historia de la iglesia, y lo seguirá siendo hasta el fin".36

Desafortunadamente, este preámbulo ha sido ignorado muchas veces. El libro Seventh-day Adventists Believe, publicado por el departamento ministerial de la Conferencia General, ignoró por completo el preámbulo. Lo mismo sucedió en la serie de lecciones de la escuela sabática que dedicó los dos últimos trimestres de 1988 a las Creencias Fundamentales, 37 y en una serie similar de artículos en la revista Ministry, en agosto de 1995.38 Tal vez esta frecuente omisión sea razonable: el preámbulo es diferente en contenido e intención. No trata sustancialmente las Creencias Fundamentales, sino su posición (status). También podría ser que los autores de estas diferentes interpretaciones de la declaración no estuvieran de acuerdo con la manera en que el preámbulo relativiza explícitamente toda formulación de creencias.

No importa cuál haya sido la razón, desdeñar el preámbulo es inescusable, porque es olvidar uno de los elementos más básicos del auténtico adventismo—es decir, su compromiso con "la verdad presente", con el entendimiento progresivo de las escrituras, de Dios y de nosotros mismos en relación con Dios.

Afortunadamente, por otra parte, en su breve historia de la teología adventista, George Knight hace referencia a "el muy importante preámbulo" y comenta: "Esta notable afirmación capta la esencia de lo que James White y los otros pioneros adventistas enseñaron. Según ellos, la inflexibilidad de un credo no solamente es un mal positivo sino que también niega que la iglesia está siendo guiada hacia la verdad por un Señor que vive.… El concepto de ’cambiar para progresar’ está en el mismo centro de la teología adventista".39

Finalmente, reflexionemos acerca del proceso y del producto.

Las contribuciones de muchos fueron buenas, pero no lo ideal. Por primera vez, una declaración formal de las creencias adventistas no fue formulada por un individuo o un pequeño grupo de individuos. Intencionalmente se buscó incluir a eruditos en teología y ciencias bíblicas, así también como la membresía en general. Más pudo haberse hecho al respecto, y más debería hacerse la próxima vez.

En primer lugar, debería haber habido mucha más participación de mujeres, quienes constituyen más de la mitad de la membresía adventista pero no hubo ni una nombrada como miembro de los varios comités envueltos en el proceso. Su participación oficial se limitó al debate en la sesión de la Conferencia General. Como resultado tenemos una declaración esencialmente masculina.40

Además, se deberían haber hecho arreglos para que miembros de la iglesia que no tienen fluidez en inglés pudieran leer en sus idiomas la declaración publicada en la Adventist Review. Esta omisión dificultó su participación. Esto se debió, probablemente, a que la publicación se hizo relativamente tarde.

El debate en la sesión de la Conferencia General se habría beneficiado si hubieran participado más eruditos. Blincoe participó por ser el decano del Seminario y Geraty como el representante elegido por la facultad del Seminario. Ambos eran miembros del comité editorial y Geraty participó activamente. Pero Raoul Dederen, quien, como jefe del Departamento de Teología del Seminario y por lo tanto considerado el teólogo más importante de la iglesia, tendría que haber sido invitado a participar, así mismo Kenneth Strand, el historiador de la iglsia de más renombre, y muchos otros eruditos en religión de varias partes del mundo.

Algunos, especialmente en Australia, estaban consternados con la sección veintitrés, "El ministerio de Cristo en el santuario celestial", considerándola "diluída" y hasta una "capitulación".

Otro motivo de crítica es la ausencia de algunas dimensiones de la vida spiritual—el perdón y la oración, por ejemplo. Como justificación se explica que se trata de una declaración de creencias adventistas, no de una descripción de la espiritualidad de los adventistas, así como tampoco de una descripción de la estructura ecclesiástica de la iglesia adventista. A esto se puede contestar, por supuesto, que en realidad los adventistas creen en el perdón y la oración.

A veces la idea de "veintisiete creencias fundamentales" ha parecido ser una contradicción: Si hay veintisiete de ellas, ¿cómo pueden ser todas "fundamentales"? Hay dos respuestas a esta pregunta. La primera es que la palabra "fundamental" es relativa, algunas cosas son más fundamentales que otras. Por ejemplo, para los adventistas el sábado es importante; en verdad, es esencial. Pero la verdad de que Dios es amor incondicional, y que Jesús de Nazaret es la expresión suprema de ese amor, es aún más importante, más fundamental en la teología y la vida de los adventistas.

La segunda respuesta es que entre las declaraciones de creencias, ésta con veintisiete secciones no es notable por su gran número. En la tradición anglicana hay "Treintainueve artículos de la religión" y en la tradición luterana la Confesión de Augsburgo contiene veintiocho artículos, algunos de los cuales se extienden por varias páginas.41

Así que, después de todo, ¿es un credo? Desde un punto de vista, indudablemente lo es: una declaración formal, oficial, y por lo tanto "autorizada", de creencias es un credo. Esto es así no importa que las primeras líneas insistan que "los adventistas del séptimo día aceptan como su credo sólo la Biblia", y no importa que Wilson asegurara a los delegados de la Conferencia General que "la iglesia Adventista del Séptimo Día no tiene un credo como tal". Por lo tanto, afirmaciones de que no se trata de un credo dan la impresión de no ser genuinas.

Desde otro punto de vista, sin embargo, puede que no haya otra declaración de creencias en la historia del cristianismo que comience expresando la expectativa que puede ser cambiada "cuando la iglesia es guida por el Espíritu Santo a una comprensión más amplia de las verdades bíblicas o un lenguaje mejor con el cual expresar las enseñanzas de la santa palabra de Dios". Quien quiera considerar la Declaración de Creencias Fundamentales como un "credo" debe reconocer que se trata de uno muy inusitado que rompe con el molde histórico.

Por supuesto, como toda declaración de creencias, esta también puede ser usada mal o abusada. A pesar de lo que dice el preámbulo, se la puede considerar absoluta en vez de relativa, y de esa manera ser usada para suprimir en vez de estimular un diálogo teológico abierto. Se la puede considerar rígida en vez de flexible y ser usada para sofocar ideas creadoras acerca del significado de la fe adventista. Pero gente de la iglesia que usa un credo para abusar a otros posiblemente lo haría también sin un credo.

Hay que admitir, sin embargo, que a pesar de que existe la posibilidad y la realidad del abuso, y de que para muchos los "credos" tienen una mala reputación, ellos pueden ser beneficiosos. Al representar a la iglesia en su totalidad y expresar su comunalidad teológica, un credo puede apropiadamente ser "autoritativo". La iglesia necesita definirse teológicamente. No se trata solamente de la identidad, sino también de "la verdad en la propaganda". Personas con interés de integrarse a una comunidad de fe particular tienen derecho a saber en qué se están metiendo. Los periodistas que escriben acerca de tal comunidad deben tener acceso a una descripción autorizada de lo que los miembros de esa comunidad creen.

Con todo, esta historia tiene una moraleja. A medida que una comunidad de fe crece, se hace obvia la necesidad de organizarse y también la necesidad de definirse a sí misma. El mundo en el cual vivimos y servimos, y al cual testificamos, necesita saber quiénes somos y qué creemos. Las generaciones futuras también necesitarán saber quiénes éramos y qué creíamos. Por lo tanto, no es solamente legítimo sino también valioso tener declaraciones de creencias, especialmente a medida que la comunidad viene a ser más diversa—étnica, cultural, educacional y teológicamente.

Pero—aquí está la ironía—con la obvia y creciente necesidad de tales declaraciones, también viene el eminente y menos obvio peligro que se agazapa en ellas. Tan pronto como formulamos una declaración de creencias, no faltan quienes dejan de pensar, dejan de hacerse preguntas, dejan de crecer. Algunos usan la declaración para juzgar a otros, tratan de excluir de la comunidad a quienes no están a la altura demarcada por ellos e impiden el pensamiento creador dentro de la comunidad. Puede que en 1861 Loughborough haya sido demasiado pesimista, pero no estuvo del todo equivocado cuando nos amonestó a no formular un credo que nos impusiera lo que debíamos creer, convirtiéndose en prueba de discipulado y en la vara con la cual medir a los miembros, para denunciar a los herejes y perseguir a quienes no lo confiesen.

Seguramente que este doble peligro no existe sólo entre los adventistas; existe en toda comunidad de fe. Pero tiene un significado especial para los adventistas porque el espíritu, el geist, el ethos, de la teología adventista es la apertura y la búsqueda de "verdad presente"—una apertura y búsqueda que "continuará hasta el fin". Esta es la razón por la cual el preámbulo es tan importante. Dejar de pensar, dejar de hacer preguntas, dejar de "buscar un más amplio entendimiento" es traicionar nuestra herencia adventista. Literalmente, debería ser impensable.

Para decirlo en forma positiva: al grado que una comunidad de fe promueve los estudios para "obtener un más claro entendimiento de la palabra [de Dios]" y para "discernir nueva luz y belleza en sus veradades sagradas" hasta tal grado será ella un ejemplo de lo que significa ser autenticamente adventista en el siglo veintiuno.

Referencias

36. Ellen G. White, "The Mysteries of the Bible a Proof of Its Inspiration", Testimonies for the Church (Mountain View, Calif.: Pacific Press, 1948), 5:706.
37. Erwin R. Gane, J. Robert Spangler y Leo R. Van Dolson, God Reveals His Love, Adult Sabbath School Lessons, julio-septiembre y octubre-diciembre, 1988.
38. Los comentarios ofrecidos por lo general siguen el orden en la declaración: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 19, 7, 25, 8, 23, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 20, 21, 22, 24, 26, 27.
39. George R. Knight, A Search for Identity: the Development of Seventh-day Adventist Beliefs (Hagerstown, Md.: Review and Herald, 2000), 202.
40. De acuerdo con el registro oficial del debate (ver la referencia en la nota n. 30 arriba), al menos 120 hombres y sólo 6 mujeres participaron en el debate—una relación de 20 a 1. La diferente manera en que los hombres y las mujeres tienen conciencia de su ser, de Dios, de su identidad y de la comunidad de fe es indisputablemente razón poderosa para que haya participación activa y valiosa de mujeres, no solamente en el ministerio pastoral sino también en el desarrollo y la articulación de la teología adventista.
41. Ver "Articles of Religion", en The Book of Common Prayer and Administration of the Sacraments and Other Rites and Ceremonies of the Church (New York: Seabury, 1979), 867—76; "The Augsburg Confession", en TheBook of Concord: The Confessions of the Evangelical Lutheran Church (editor, Theodore G. Tappert; Philadelphia: Fortress, 1959), 27–96.

(Traducido por Herold Weiss con la asistencia de María Elena Baranov)

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