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Cuatro Reacciones a La Pasion [2]

Propiciación, sangre y una muerte horrible


por Adrian Zytkoskee

La gente ya estaba congregada cuando yo llegué, a pesar de que llovía intensamente y hacía frío. Un hombre que manejaba un pequeño autobús de la iglesia Las fuentes de aguas vivas estaba repartiendo volantes en la entrada. Tomé uno y entré al cine.

Había comprado mi entrada con una semana de anticipación. Tuve la precaución de reservar el asiento contiguo para mi hija pues el cine se estaba llenando rápidamente. Mientras esperaba para que comenzara la película traté de imaginarme quiénes eran los demás presentes y que tipo de expectativas habían traído consigo.

Mis pensamientos se remontaron a la iglesia de mi niñez. Mi cuadro de Cristo siempre había sido bidimensional, generalmente contenía a un Jesús con vestiduras blancas rodeado de niños en un paisaje bucólico que siempre identificábamos como "la tierra nueva". A veces era el mismo Cristo con sus vestiduras blancas sosteniendo la mano de un cirujano moderno en la sala de operaciones. A veces Cristo estaba golpeando a la puerta de una persona de clase media, esperando que lo invitaran a entrar.

¿Qué de la gente de otras iglesias que habían venido a ver esta primera presentación, muchos de los cuales se identifican como "evangélicos"? ¿Habían venido para confrontar la enormidad de sus pecados que hizo necesario el sacrificio redentor de Cristo? ¿Había allí carismáticos que habían oido a Mel Gibson describir cómo el Espíritu Santo había inspirado esta película?

¿Sería posible que cristianos con agendas políticas estuvieran presentes para apoyar a un ícono de Hollywood que tenía el valor de ir contra los poderes inmorales de Hollywood? ¿Cuántos católicos de formación previa al Vaticano II, como la de Gibson—gente acostumbrada a un Cristo semi-desnudo, ensangrentado, coronado de espinas y colgado de una cruz, estarían presentes? Finalmente, pensé en personas con el ceño fruncido que podrían estar presentes, temerosas y alertas a el antisemitismo que ha permeado gran parte de la historia del cristianismo. Puse mis pensamientos a un lado cuando la película comenzó, y traté de pretender que estaba oyendo y viendo la vida de Jesús por primera vez.

Una de las cualidades más importantes en una película es la belleza, tanto en el libreto como en la cinematografía. Siendo que Gibson usa sólo arameo y latín, con traducción al inglés al pie, no me es posible evaluar el libreto. Por otra parte, desde el comienzo, los colores, contrastes y escenarios eran bellos, desde el semioscuro jardín de Getsemaní a las caras iluminadas por antorchas de los líderes del Sanedrín regateando con Judas.

Las actuaciones eran por lo menos competentes si no buenas. El Cristo, representado por James Caviezal, parecía tener grandes posibilidades, pero un rol extrañamente limitado. Mai Morgenstern, que desempeña el papel de la madre de Jesús, realiza una actuación sutilmente maravillosa.

Para mala suerte de Gibson, la película ha sido hecha de tal manera que sólo creyentes bien informados tienen la posibilidad de percivir la epifanía que Gibson desea darles. El Cristo que vimos era una víctima ensangrentada (énfasis en la sangre), azotada y arrastrada por las calles. Vimos sólo flashbacks fugaces que nos ayudaron a comprender quién era y por qué lo estaban torturando y finalmente lo mataron. No vimos casi nada de Jesús el líder, el maestro, el médico.

Lo que vimos era una crueldad incomprensible, una maldad inexplicable, y una violencia inimaginable. La descarga de los noventa latigazos tomó diez minutos de nuestro tiempo. Sé que durante este tiempo estaba supuesto a recordar el hermoso pasaje de Isaías que describe como Cristo fue azotado por mis iniquidades, pero estaba concentrado en los malvados abusadores con los látigos flagelantes, y deseaba venganza. Pienso que es acertado decir que la película tiene más que ver con el mal que con el bien.

Es imposible exagerar el nivel de la violencia de esta película. Si bien se harán explicaciones que justifican esa violencia como reveladora de lo que Cristo sufrió por cada uno de nosotros, todo crítico honesto debe dejar sentado que la violencia y el derramamiento de sangre tienen un poder cinematográfico que ha sido ventajosamente explotado por largo tiempo.

Al ver las escenas bellamente filmadas pero de excepcional violencia pensé en la relación simbiótica entre la violencia y lo que muchos consideran excelencia cinematográfica. Una de las imágenes más perdurables en la historia del cine es la de los cuerpos llenos de balas de Bonnie y Clyde. Muchos consideran Maten a Bill, la película "estilísticamente violenta" de Tarantino, como una de las mejores del año 2003.

¿Qué se puede decir de la violencia en esta poderosa presentación de la muerte de Cristo? ¿Acaso su mensaje es, en realidad, contra la violencia? Pienso que no. Consideremos otra película, una que admiro mucho: El río místico de Clint Eastwood. Ahí la violencia es casi casual, y cuando pareciera tener propósito consigue lo que deseaba evitar. En otras palabras, la violencia no resuelve nada.

Esto es muy distinto a los personajes que Eastwood llevaba a la pantalla en sus tiempos de "atrévete" ("make my day"), quienes violentamente resolvían problemas de una vez por todas. Cuanto más grande el revólver tanto más satisfactoria la solución. También es muy distinto a la violenta crucifixión de Cristo que los creyentes consideran el acto más significativo de la historia humana. Desgraciadamente, esta película no ayuda a sus espectadores a ver este significado.

Entonces, repentinamente, me dí cuenta de que la película en cierta manera presentaba la crucifixión como un sangriento sacrificio expiatorio—una idea indudablemente sostenida por la mayoría del cristianismo ortodoxo. Asumiendo esta perspectiva, pude ver el verdadero significado y el poder de la película de Gibson. A diferencia de muchas películas recientes acerca de Cristo, la de Gibson no es revisionista.

Pero es controversial porque ha quitado al sacrificio de Cristo los eufemismos necesarios para que el cristianismo y la tradición judeocristiana sean aceptados en la sociedad sofisticada. Al mismo tiempo, esos eufemismos han impedido que reconozcamos que la muerte violenta y los horrores que la acompañan ocupan el centro mismo de nuestra fe, y que la piedra fundamental de nuestra teología es la muerte como solución definitiva.

Para evitar la realidad de la muerte violenta como central a nuestro sistema teológico hemos recurrido a abstracciones. Nuestros teólogos usan palabras como tipo y antitipo para describir el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento. Presentan el sistema ceremonial como una prefiguración de la vida de Cristo, que finalmente resolvió el problema del pecado de una vez por todas.

Al ver las horrendas escenas en la pantalla, nuestras mentes no se concentran automáticamente en el hermoso paquete de tipos y antitipos envuelto en papel de seda y con un bello moño legal. Cristo, el "Cordero de Dios", lavado con jabón de todo significado se vuelve real. Con el ojo intelectual vemos los cuchillos relucientes de los sacerdotes y oimos los gemidos de los animales siendo sacrificados.

Si escuchamos con más cuidado, podemos oír el eco amenazante de los alaridos de jóvenes muertos para aplacar la ira de dioses irascibles. Nos preguntamos: ¿Cuándo fue que Jehová dejo de demandar que padres sacrifiquen a sus hijos para demostrar su lealtad y vino a ser el Dios que "amó de tal manera al mundo que dió a su unigénito hijo" para nuestra salvación?

Cuando vemos La pasión del Cristo vemos la reconciliación de Dios con el mundo, y nada debería impedir que tengamos en cuenta que se realizó por medio de una muerte horrible y sangrienta. Cantamos, "¿Quieres ser salvo de toda maldad? … hay poder en la sangre", pero no vemos la escena que la metáfora implica. Se nos exhorta: "comed, este es mi cuerpo" y "bebed, esta es mi sangre", pero no se nos ocurre qué pensar al considerar estas palabras.

La película de Gibson agrada a "la guardia vieja", pues incomodamente nos recuerda en qué consiste el centro de la fe cristiana. Con el espíritu de completa aceptación de la herencia cristiana de Christopher Marlowe citaré sus palabras del siglo dieciseis: "Ved, ved donde la sangre de Cristo fluye en el horizonte … Una gota pude salvar mi alma—la mitad de una gota. Ah, mi Cristo" (La victoria trágica de el Dr. Faustus. Nota del traductor: Marlowe [1564–1593] fue un gran poeta y dramaturgo inglés, predecesor de William Shakespeare).

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