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por Adrian Zytkoskee
La gente ya estaba congregada cuando yo llegué,
a pesar de que llovía intensamente y hacía frío. Un hombre
que manejaba un pequeño autobús de la iglesia Las fuentes
de aguas vivas estaba repartiendo volantes en la entrada.
Tomé uno y entré al cine.
Había comprado mi entrada con una semana de
anticipación. Tuve la precaución de reservar el asiento contiguo
para mi hija pues el cine se estaba llenando rápidamente.
Mientras esperaba para que comenzara la película traté de
imaginarme quiénes eran los demás presentes y que tipo de
expectativas habían traído consigo.
Mis pensamientos se remontaron a la iglesia
de mi niñez. Mi cuadro de Cristo siempre había sido bidimensional,
generalmente contenía a un Jesús con vestiduras blancas rodeado
de niños en un paisaje bucólico que siempre identificábamos
como "la tierra nueva". A veces era el mismo Cristo
con sus vestiduras blancas sosteniendo la mano de un cirujano
moderno en la sala de operaciones. A veces Cristo estaba golpeando
a la puerta de una persona de clase media, esperando que lo
invitaran a entrar.
¿Qué de la gente de otras iglesias que
habían venido a ver esta primera presentación, muchos de los
cuales se identifican como "evangélicos"? ¿Habían
venido para confrontar la enormidad de sus pecados que hizo
necesario el sacrificio redentor de Cristo? ¿Había
allí carismáticos que habían oido a Mel Gibson describir cómo
el Espíritu Santo había inspirado esta película?
¿Sería posible que cristianos con agendas
políticas estuvieran presentes para apoyar a un ícono de Hollywood
que tenía el valor de ir contra los poderes inmorales de Hollywood?
¿Cuántos católicos de formación previa al Vaticano II,
como la de Gibsongente acostumbrada a un Cristo semi-desnudo,
ensangrentado, coronado de espinas y colgado de una cruz,
estarían presentes? Finalmente, pensé en personas con
el ceño fruncido que podrían estar presentes, temerosas y
alertas a el antisemitismo que ha permeado gran parte de la
historia del cristianismo. Puse mis pensamientos a un lado
cuando la película comenzó, y traté de pretender que estaba
oyendo y viendo la vida de Jesús por primera vez.
Una de las cualidades más importantes en una
película es la belleza, tanto en el libreto como en la cinematografía.
Siendo que Gibson usa sólo arameo y latín, con traducción
al inglés al pie, no me es posible evaluar el libreto. Por
otra parte, desde el comienzo, los colores, contrastes y escenarios
eran bellos, desde el semioscuro jardín de Getsemaní a las
caras iluminadas por antorchas de los líderes del Sanedrín
regateando con Judas.
Las actuaciones eran por lo menos competentes
si no buenas. El Cristo, representado por James Caviezal,
parecía tener grandes posibilidades, pero un rol extrañamente
limitado. Mai Morgenstern, que desempeña el papel de la madre
de Jesús, realiza una actuación sutilmente maravillosa.
Para mala suerte de Gibson, la película ha sido
hecha de tal manera que sólo creyentes bien informados tienen
la posibilidad de percivir la epifanía que Gibson desea darles.
El Cristo que vimos era una víctima ensangrentada (énfasis
en la sangre), azotada y arrastrada por las calles. Vimos
sólo flashbacks fugaces que nos ayudaron a comprender quién
era y por qué lo estaban torturando y finalmente lo mataron.
No vimos casi nada de Jesús el líder, el maestro, el médico.
Lo que vimos era una crueldad incomprensible,
una maldad inexplicable, y una violencia inimaginable. La
descarga de los noventa latigazos tomó diez minutos de nuestro
tiempo. Sé que durante este tiempo estaba supuesto a recordar
el hermoso pasaje de Isaías que describe como Cristo fue azotado
por mis iniquidades, pero estaba concentrado en los malvados
abusadores con los látigos flagelantes, y deseaba venganza.
Pienso que es acertado decir que la película tiene más que
ver con el mal que con el bien.
Es imposible exagerar el nivel de la violencia
de esta película. Si bien se harán explicaciones que justifican
esa violencia como reveladora de lo que Cristo sufrió por
cada uno de nosotros, todo crítico honesto debe dejar sentado
que la violencia y el derramamiento de sangre tienen un poder
cinematográfico que ha sido ventajosamente explotado por largo
tiempo.
Al ver las escenas bellamente filmadas pero
de excepcional violencia pensé en la relación simbiótica entre
la violencia y lo que muchos consideran excelencia cinematográfica.
Una de las imágenes más perdurables en la historia del cine
es la de los cuerpos llenos de balas de Bonnie y Clyde.
Muchos consideran Maten a Bill, la película "estilísticamente
violenta" de Tarantino, como una de las mejores del año
2003.
¿Qué se puede decir de la violencia en
esta poderosa presentación de la muerte de Cristo? ¿Acaso
su mensaje es, en realidad, contra la violencia? Pienso
que no. Consideremos otra película, una que admiro mucho:
El río místico de Clint Eastwood. Ahí la violencia
es casi casual, y cuando pareciera tener propósito consigue
lo que deseaba evitar. En otras palabras, la violencia no
resuelve nada.
Esto es muy distinto a los personajes que Eastwood
llevaba a la pantalla en sus tiempos de "atrévete"
("make my day"), quienes violentamente resolvían
problemas de una vez por todas. Cuanto más grande el revólver
tanto más satisfactoria la solución. También es muy distinto
a la violenta crucifixión de Cristo que los creyentes consideran
el acto más significativo de la historia humana. Desgraciadamente,
esta película no ayuda a sus espectadores a ver este significado.
Entonces, repentinamente, me dí cuenta de que
la película en cierta manera presentaba la crucifixión como
un sangriento sacrificio expiatoriouna idea indudablemente
sostenida por la mayoría del cristianismo ortodoxo. Asumiendo
esta perspectiva, pude ver el verdadero significado y el poder
de la película de Gibson. A diferencia de muchas películas
recientes acerca de Cristo, la de Gibson no es revisionista.
Pero es controversial porque ha quitado al sacrificio
de Cristo los eufemismos necesarios para que el cristianismo
y la tradición judeocristiana sean aceptados en la sociedad
sofisticada. Al mismo tiempo, esos eufemismos han impedido
que reconozcamos que la muerte violenta y los horrores que
la acompañan ocupan el centro mismo de nuestra fe, y que la
piedra fundamental de nuestra teología es la muerte como solución
definitiva.
Para evitar la realidad de la muerte violenta
como central a nuestro sistema teológico hemos recurrido a
abstracciones. Nuestros teólogos usan palabras como tipo
y antitipo para describir el sistema de sacrificios del
Antiguo Testamento. Presentan el sistema ceremonial como una
prefiguración de la vida de Cristo, que finalmente resolvió
el problema del pecado de una vez por todas.
Al ver las horrendas escenas en la pantalla,
nuestras mentes no se concentran automáticamente en el hermoso
paquete de tipos y antitipos envuelto en papel de seda y con
un bello moño legal. Cristo, el "Cordero de Dios",
lavado con jabón de todo significado se vuelve real. Con el
ojo intelectual vemos los cuchillos relucientes de los sacerdotes
y oimos los gemidos de los animales siendo sacrificados.
Si escuchamos con más cuidado, podemos oír el
eco amenazante de los alaridos de jóvenes muertos para aplacar
la ira de dioses irascibles. Nos preguntamos: ¿Cuándo
fue que Jehová dejo de demandar que padres sacrifiquen a sus
hijos para demostrar su lealtad y vino a ser el Dios que "amó
de tal manera al mundo que dió a su unigénito hijo" para
nuestra salvación?
Cuando vemos La pasión del Cristo vemos
la reconciliación de Dios con el mundo, y nada debería impedir
que tengamos en cuenta que se realizó por medio de una muerte
horrible y sangrienta. Cantamos, "¿Quieres ser salvo
de toda maldad?
hay poder en la sangre",
pero no vemos la escena que la metáfora implica. Se nos exhorta:
"comed, este es mi cuerpo" y "bebed, esta es
mi sangre", pero no se nos ocurre qué pensar al considerar
estas palabras.
La película de Gibson agrada a "la guardia
vieja", pues incomodamente nos recuerda en qué consiste
el centro de la fe cristiana. Con el espíritu de completa
aceptación de la herencia cristiana de Christopher Marlowe
citaré sus palabras del siglo dieciseis: "Ved, ved donde
la sangre de Cristo fluye en el horizonte
Una gota
pude salvar mi almala mitad de una gota. Ah, mi Cristo"
(La victoria trágica de el Dr. Faustus. Nota del traductor:
Marlowe [15641593] fue un gran poeta y dramaturgo inglés,
predecesor de William Shakespeare).
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