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por Richard Rice [5]
Una de ellas tiene que ver con la posibilidad
de desconfiar de Dios. En el drama del gran conflicto, el
Diablo acusa a Dios de comportarse como un tirano. Dios, por
su parte, pone en evidencia sus motivos a través de la larga
historia humana. Las criaturas de Dios evalúan la evidencia
y determinan que Dios es quien dice ser, un padre amante y
benevolente que realmente se preocupa por sus criaturas. Con
esto el Diablo ha perdido su causa y el conflicto queda concluido;
el caso está cerrado.
Pero, ¿qué se puede decir de la idea del
“Dios que se tiene que defender en la corte”? Es difícil
conceptualizar a las criaturas de Dios evaluando las acusaciones
de Satanás a la luz de la evidencia y determinando que Dios
es verdaderamente, después de todo, benevolente. La idea requiere
que exista una norma independiente de la benovolencia y que
se pueda usar para evaluar a Dios. Muchos se niegan a aceptar
esta idea por razones bien conocidas.32
Por otra parte, dado el estado ontológico de
Dios, la noción de que las criaturas han de juzgar el carácter
de Dios es muy problemática. Para llevar a cabo una investigación
seria, tenemos que estar seguros de que la evidencia disponible
no ha sido alterada. También tenemos que estar seguros de
que somos capaces de evaluar la evidencia imparcialmente y
llegar a nuestras propias conclusiones. En otras palabras,
tenemos que tener confianza en la estructura de la realidad
y en nuestro proceso cognitivo.
Sin embargo, siendo que Dios es el creador,
está involucrado en cada aspecto de la realidad. Hay evidencia
para ser evaluada sólo porque Dios la provee. Nuestras mentes
trabajan de la manera en que lo hacen porque Dios las diseñó
para que trabajen así. Como resultado, toda afirmación de
conocimiento expresa implícitamente confianza en Dios. Descansa
sobre el supuesto de que Dios es fidedigno. Esto, sin embargo,
es lo que el gran conflicto pretende resolver. Pareciera que
no podemos determinar que Dios es fidedigno a menos que asumamos
que lo es. Estamos, pues, eludiendo la pregunta.
Si, por otra parte, acordamos dar por sentado
que es posible para un ser humano investigar imparcialmente
la fidelidad de Dios, no podemos menos que asombrarnos de
que le tome tanto tiempo al universo de observadores ver que
el pecado es autodestructivo y que Dios merece ser Dios. Si
en realidad Dios es amor y los sufrimientos de este mundo
son las consecuencias de haber rechazado a Dios, es difícil
aceptar que a seres con mentes superiores a las nuestras les
esté tomando miles de años llegar a esta conclusión. Después
de todo, a los seres humanos con menos inteligencia se les
pide que hagan decisiones con consecuencias eternas en mucho
menos tiempo.
Otra pregunta acerca de la coherencia de esta
teodicea luciférica tiene que ver con el concepto de un universo
moralmente seguro. Según la descripción de Elena White, el
conflicto de los siglos comienza con la injustificable exaltación
propia de Lucifer y termina cuando todos los habitantes del
universo son completamente leales a Dios. Se ha acumulado
tanta evidencia a favor del amor de Dios y de lo absurdo del
pecado que ninguna criatura pensante jamás volverá a abrigar
la idea de rebelarse contra Dios.
Pero este recuento de la situación cambia la
premisa de la rebelión de la perversidad a la ignorancia.
El pecado ya era absurdo en el principio. Se originó en la
persona que en todo el universo tenía menos razones para rebelarse,
la que conocía a Dios mejor que ninguna otra criatura. Su
pecado fue un acto de pura perversidad. Negó toda la evidencia.
De la manera como Elena White describe el fin
del conflicto, al contrario, el pecado parece surgir debido
a la ignorancia. Nadie jamás va a pecar otra vez porque la
evidencia a favor del carácter de Dios es por demás obvia.
Pero si Lucifer se rebeló en el principio a pesar de todo
lo que sabía acerca del carácter de Dios, ¿cómo podemos
estar seguros que en siglos venideros nadie hará lo mismo?
Por otra parte, si suficiente evidencia puede prevenir que
alguien peque, ¿Cómo pudo ser Lucifer, de entre todas
las criaturas, el primero en pecar?
Pareciera, entonces, que estamos frente a un
dilema. Si el pecado es cuestión de ignorancia, podemos tener
confianza en la seguridad eterna del universo, pero no podemos
explicar la rebelión de Lucifer en el cielo. Por el otro lado,
si el pecado esencialmente es un acto perverso, entonces podemos
entender la rebelión de Lucifer, pero no podemos tener la
garantía de que algún ser, irracional e injustificablemente,
no decida rebelarse contra Dios en el futuro.
Puede que estas preguntas sean sólo sutilezas
filosóficas, las cuales son contestadas insistiendo en que
el conflicto de los siglos debe entenderse como un símbolo
religioso de grandes rasgos cuyo poder está a niveles de la
experiencia que la filosofía no está equipada para descifrar.
Al mismo tiempo, ideas importantes invitan a la reflexión
cuidadosa, y el concepto del conflicto de los siglos es una
de las ideas más importantes que tenemos. Es mi esperanza
que estos comentarios contribuyan a convencernos de que ese
concepto merece un diálogo abierto.
El conflicto de los siglos es un tema
rico y desafiante. Juega un rol central en el pensamiento
tradicional adventista, y en nuestros días, por varias razones,
apela a la conciencia popular. Después del 11 de septiembre,
una persona tan influyente como el presidente de los Estados
Unidos ha calificado a los terroristas internacionales como
“el mal”. Las fiestas navideñas trajeron el último episodio
cinematográfico de la fantasía épica, El señor de los anillos,
de J. R. R. Tolkien. De manera que la lucha entre el bien
y el mal está latente en las mentes de la humanidad, tanto
en la forma de un espectro que nos persigue como de un espectáculo
que nos entretiene.
Por lo tanto, éste pareciera un tiempo propicio
para que los adventistas tengan algo que decir sobre el tema.
Tenemos un sentido vívido de la amenaza que el mal representa.
El mal es real y poderoso. Pero creemos también que el mal
es temporario, y esto es lo más importante que tenemos que
decir: Cuando el reino de Dios venga, el conflicto de los
siglos habrá concluido y el mal habrá llegado a su fin.
32. ¿Es algo bueno porque
Dios dice que lo es, o Dios dice que algo es bueno porque
lo es? Si Dios es la bondad misma, la noción de juzgar
la conducta de Dios en términos de otra norma de bondad o
benevolencia no tiene sentido.
(Traducido por Herold Weiss, con la asistencia
de Hugo Cotro)
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