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por Richard Rice [2]
Esto quiere
decir que la rebelión de Lucifer tuvo consecuencias trascendentales.
No sólo consiguió que otros se unieran a su rebelión, sino
que también consiguió que los cargos que él había levantado
contra Dios tuvieran un efecto poderoso en los que no se unieron
a su rebelión. Aunque no se habían rebelado, abrigaban profundas
dudas acerca del carácter de Dios. Quizá Lucifer tenía razón,
se preguntaban, y Dios es en verdad un tirano. ¿Sería
posible que estuvieran sirviendo a Dios sólo por ignorancia?
Quizá la miseria humana se debía a la mala administración
divina, o, peor aún, a la crueldad divina.
Si bien el embate abierto de Lucifer contra
Dios fracasó, de todos modos obtuvo una parcial victoria.
Sus acusaciones pusieron a Dios en una encrucijada. Si destruía
a Lucifer, las acusaciones del Diablo quedaban confirmadas.
Dios sería visto como lo que Lucifer decía que era, un déspota
que mantiene a sus criaturas sumisas escondiendo su verdadero
carácter. Por lo tanto, en vez de destruir a Lucifer, Dios
tuvo que dejarle vivir. La única manera de desalojar las dudas
del universo que observa el drama divino era permitir que
los principios de la rebeldía maduraran hasta que sus consecuencias
autodestructoras quedaran expuestas a la vista de todos.
La cuestión central en el conflicto cósmico
es pues el carácter de Dios, o, más precisamente, cómo las
criaturas perciben a Dios. Para que el conflicto termine,
Dios debe no sólo erradicar el mal, sino que debe hacerlo
de manera abiertamente consistente con el amor. Lo que el
universo de observadores necesita es un despliege “en vivo”
de la naturaleza del pecado y del carácter de Dios.
Cuando las huestes de ángeles no caídos finalmente
vean que las acusaciones de Lucifer no tienen fundamento,
que Dios es soberanamente amoroso y digno de adoración, la
causa de Satanás habrá perdido sus simpatizantes y Dios podrá
finalmente destruirla. A fin de proveer “una base eterna de
seguridad”, Dios le dio a Satanás tiempo para desarrollar
sus principios “para que sean vistos por el universo celestial”.7
El plan de salvación es la respuesta de Dios
a las acusaciones de Satanás. La encarnación y la crucifixión
del Hijo de Dios manifiestan claramente el amor de Dios y
demuestran que las acusaciones de Satanás contra Dios son
mentiras. El dominio fundado en la crueldad y la tiranía es
el suyo. Sus acusaciones contra Dios son la proyección de
sus cualidades.
Para Elena White, la cruz fue el momento decisivo
en el conflicto de los siglos, y de beneficio para todo el
universo. Antes de la muerte de Cristo, el engaño de Satanás
era tan efectivo que ninguna criatura comprendía plenamente
la naturaleza de su rebelión. Pero su hostilidad para con
Cristo desenmascaró a Satanás y lo reveló como asesino.
Cuando él derramó la sangre del Hijo de Dios,
“el último eslabón de simpatía entre Satanás y el mundo celestial
fue roto”. De manera que, “todo el cielo triunfó en la victoria
del Salvador. Satanás fue derrotado, y supo que su reino estaba
perdido”. A pesar de todo, sin embargo, el universo que observaba
todavía tenía cosas que aprender, asi que el conflicto continúa.
“En ese momento, los ángeles aun no entendían todo lo que
el conflicto involucraba”.8 A medida que
la historia humana sigue su curso, sin embargo, la naturaleza
de la rebelión será plenamente entendida, y cuando esto suceda,
Dios erradicará el pecado para siempre. “Satanás y todos los
que se han unido con él en la rebelión serán cortados. El
pecado y los pecadores perecerán, raíz y rama”.9
De esta manera, el concepto del conflicto de
los siglos explica el juicio final. Muestra que la destrucción
de los impíos “no es un acto de fuerza arbitraria de parte
de Dios. Los que rechazan su misericordia siegan lo que sembraron”.10
El juicio final no es el despliegue de la venganza divina,
sino el destino natural de quienes se desligan de la fuente
de toda vida.
Dios no podía destruir a Satanás y sus huestes
al comienzo del conflicto sin dejar dudas en las mentes de
los observadores del universo. Cuando el plan de la redención
haya sido llevado a cabo, el carácter de Dios habrá sido manifestado
a todas las criaturas inteligentes. “Entonces el exterminio
del pecado vindicará el amor de Dios”.11
En Elena White tenemos, entonces, enfáticamente
una teodicea luciférica.12 El Diablo no
es sólo un aspecto de su explicación del problema del mal;
es el centro mismo de ella. El fue quien instigó un conflicto
de proporciones cósmicas y quien es responsable por todo el
mal y el sufrimiento. Lleva la culpa por todos los males que
experimentamos. A la vez, el sufrimiento humano cumple un
propósito importante: Contribuye al drama cósmico que finalmente
vindicará el carácter de Dios y asegurará la tranquilidad
eterna del universo.
Como teodicea, ¿qué representa el conflicto
de los siglos? ¿Cómo se compara esta narrativa de
la historia universal con otras teodiceas? Para poner
de relieve su alineamiento, resultará provechoso compararla
con otras opciones en materia de teodicea presentadas por
John Hick.13
La teodicea de Elena White comparada
En ciertos aspectos, Elena White ve al mal tanto
a la manera agustiniana como a la ireneana. Concordando con
Agustín de Hipona, afirma lo absurdo del pecado y atribuye
su origen al ejercicio del libre albedrío. Al igual de Ireneo
de Lyon, enfatiza el desarrollo del carácter y considera que
el mal provee valiosas experiencias de aprendizaje.
Un elemento agustiniano es la idea de que el
mal se originó en la caída histórica de la perfección, más
precisamente, la caída del nivel más elevado de la perfección
creada. Otro es la idea de que el pecado es inexplicable e
incomprensible. Ella afirma: “El pecado es un intruso y no
hay razón que pueda explicar su presencia. Es algo misterioso
e inexplicable”.14
Encontramos un tercer elemento agustiniano en
el valor que Elena White da al libre albedrío de las criaturas.
Según ella, un universo poblado de seres moralmente libres
es superior a uno con seres sin esa libertad. “Dios quiere
que todas sus criaturas le rindan un servicio de amor y un
homenaje que provenga de la apreciación inteligente de su
carácter. No le agrada la sumisión forzosa, y da a todos libertad
para que le sirvan voluntariamente”.15
7. Elena G. de White, El
deseado de todas las gentes (Mountain View, Calif.: Publicaciones
Interamericanas, 1955), 70610.
8. Ibid., 70610.
9. Ibid., 712.
10. Ibid.
11. Ibid., 713.
12. Más aun, Elena White también nos provée
una teología luciférica. El Diablo juega un papel principal
en todas las doctrinas centrales de la fe cristiana, incluyendo
la creación, la salvación, y los eventos finales. Su enfoque
desmiente la opinion de Jeffrey Burton Russell. Según él,
“la creencia en la existencia del Diablo no es parte del corazón
del cristianismo”. Russell, Mephistopheles: The Devil in
the Modern World [Mefistófeles: El Diablo en el mundo moderno]
(Ithaca, N.Y.: Cornell University Press), 299.
El libro de John Hick, Evil and
the God of Love [El mal y el Dios de amor], ed. rev.(New
York: Harper and Row, 1978), ofrece la más influyente presentación
del problema del mal que apareciera en el siglo veinte. Sintetiza
dos respuestas al problema: la teodicea de San Agustín, que
es esencialmente la defensa del libre albedrío en sus diferentes
formas, y la teodicea de San Ireneo, la perspectiva preferida
por Hick, que enfatiza las contribuciones hechas por el
sufrimiento para el desarrollo del carácter, o “la formación
del alma”.
14. White, El conflicto
de los siglos, 54647.
15. Ibid., 547.
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