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Una vez oí a alguien decir que las diferentes
interpretaciones dadas a la epístola a los Romanos a través
de los siglos es una síntesis de la historia del pensamiento
cristiano. Esto pareciera verdad si recordamos la influencia
de la carta más larga de Pablo en las vidas de Martín Lutero,
Juan Wesley y Karl Barth, por mencionar unos pocos. Pienso
que el apocalipticismo bíblico ha jugado un papel similar
en la historia del adventismo.
Los comentarios de Uría Smith y otros muestran
que desde sus comienzos los adventistas han encontrado en
Daniel y Apocalipsis una filosofía de la historia, una cronología
de los eventos finales y la razón para nuestra existencia
como movimiento religioso. Más recientemente, varios eruditos
adventistas, entre ellos Roy Branson, Kendra Haloviak, Jon
Paulien, Chuck Scriven y Charles Teel nos alertan acerca de
las exigencias éticas contenidas en estos libros. Al anunciar
el fin de la edad presente, Daniel y Apocalipsis desenmascaran
las pretensiones de los poderes y principados, y nos desafían
a vivir como ciudadanos del reino de Dios, no de los reinos
de este mundo.
El conflicto cósmico descrito en el Apocalipsis
es el concepto teológico más importante desarrollado por Elena
White. Ella empleó el tema del conflicto de los siglos para
interpretar los elementos esenciales de la fe cristiana y
las inquietudes distintivas de los adventistas. También lo
aplica al problema del mal.
En el prefacio de su libro El conflicto de
los siglos, ella dice que uno de los objetivos por los
que fue escrito era “ofrecer una solución satisfactoria al
gran problema del mal”.1 El objetivo de
este ensayo es examinar el contenido de la “teodicea” de Elena
White.2 Basándose en el apocalipticismo
bíblico, ¿cómo entiende ella el mal? ¿Cómo
compara la teodicea de ella con otras? ¿Qué preguntas
despierta?3
El diablo aparece infrecuentemente en las discusiones
filosóficas contemporáneas acerca del problema del mal. Alvin
Plantinga y su discípulo Stephen T. Davis describen a Satanás,
el ángel caído Lucifer, como la posible explicación del mal
natural. 4 (La expresión luciférica
es de Stephen Davies.) La descripción que ellos hacen de la
actividad demoníaca de Lucifer, sin embargo, es breve y casual,
incidental a la tesis que ellos desarrollan.
Otro estudio reciente del tema trata de corregir
esta falta. En dos gruesos volúmenes, Gregory A. Boyd argumenta
que “la perspectiva bélica” supera las faltas de las teodiceas
clásicas.5 No sé de nadie que desarrolle
esta idea más extensamente que Elena White.
Un esbozo de la teodicea de Elena White
Escuetamente, Elena White interpreta el mal
dentro del marco de un conflicto cósmico en que Satanás juega
un papel central. El trasfondo del conflicto es el amor creativo
de Dios y su resolución final será la realización del amoroso
propósito divino para la creación.
Puesto que Dios es amor infinito, creó seres
capaces de apreciar su carácter y de corresponder libremente
a su amor. Esta acción, sin embargo, implicaba un riesgo,
puesto que las criaturas que pueden amar libremente también
pueden libremente rehusarse a amarlo y rebelarse contra su
creador. Lamentablemente, esto fue lo que sucedió, y esta
rebeldía de la criatura es la causa de todo sufrimiento. La
rebelión, sin embargo, es temporaria. Eventualmente, el pecado
y los pecadores serán erradicados, y como resultado de este
“terrible experimento” con el mal, nadie jamás nuevamente
volverá a poner en duda el amor y la autoridad de Dios. El
universo quedará seguro contra toda otra rebelión.
El diablo juega un papel principal en cada etapa
de esta narrativa. Según Elena White, el mal se originó en
el universo mucho antes de la creación del mundo con la rebelión
de Lucifer, el más exaltado de los seres creados. Lucifer
era la cabeza de las huestes celestiales y el querubín cubridor
que oficiaba en la misma presencia de Dios. Dada su exaltada
posición y su gran inteligencia, tenía un profundo conocimiento
de la naturaleza de Dios.
Aun así, en un momento dado, misteriosamente
Lucifer comenzó a resentir la autoridad de Dios. Cultivó su
desafecto hasta convencerse de que Dios no era justo, y consequentemente
decidió que no podía servir más a Dios. Lucifer también despertó
sospechas entre sus compañeros, los demás ángeles. Los convenció
de que Dios era un tirano que no merecía la lealtad de ellos
y finalmente persuadió a una tercera parte de las huestes
celestiales a que se unieran a él y rechazaran la autoridad
de Dios. Cuando la oposición floreció en abierta rebelión,
todos ellos fueron echados del cielo.
Con la expulsión de Lucifer y sus ángeles, el
escenario del drama cósmico se trasladó a la tierra, donde
Satanás trató de extender su rebelión haciendo que Adán y
Eva rechazaran la soberanía de Dios. Dios había dotado a los
seres humanos esencialmente con la misma libertad gozada por
los ángeles al prohibirles comer del fruto del “árbol del
conocimiento del bien y del mal”.6
Hablando a través de la serpiente en el Edén,
Satanás persuadió a Evay por medio de ella a Adána
dudar de la benevolencia de Dios y a comer del fruto prohibido.
Con este acto de deslealtad a Dios, los seres humanos perdieron
su soberanía sobre la tierra en favor del Diablo. Desde entonces,
Satanás y sus ángeles han estado ocupados arruinando al mundo.
Esto quiere decir que el Diablo es el responsable
por todo lo que amenaza la vida y el bienestar de la humanidad.
Es la causa original de todo sufrimiento, desde los desastres
naturales y las enfermedades orgánicas hasta los pecados personales
en todas sus manifestaciones, incluyendo al orgullo, la indulgencia
propia, la crueldad, el crimen y la guerra. Bajo la fachada
de la actividad humana, la esencia misma de la historia es
el conflicto entre Dios y Satanás, quienes procuran concretar
sus contrastantes objetivos para con el mundo, a la vez que
cada uno trata de contrarrestar y socavar la obra del otro.
Una pregunta obvia es: ¿Por qué
permitió Dios que el Diablo persistiera en su rebelión?
¿Por qué no lo destruyó? o, al menos, ¿por
qué no le impidió hacer caer a otras criaturas? ¿Por
qué se le permitió extender su rebelión, fomentar el descontento
entre los ángeles, tentar a Adán y a Eva y arruinar la reciente
creación de la tierra?
Esta pregunta nos trae al aspecto más importante
de la teodicea luciférica de Elena White, la noción del universo
de observadores. De la manera como ella la concibe, esta tierra
es el campo de batalla donde Dios y Satanás luchan no sólo
por las almas de los seres humanos, sino por la lealtad de
todo el universo. El universo está poblado de seres que son
agentes morales. Los ángeles no caídos y los habitantes de
otros mundos están observando detalladamente el conflicto
entre el bien y el mal en la historia humana con el propósito
de determinar si Dios merece su completa lealtad.
Referencias
1. Elena White, El conflicto
de los siglos (Mountain View, Calif.: Publicaciones Inteamericanas,
1954), 14. La “visión” del gran conflicto que recibiera en
1858 proveyó la base para una seria de volúmenes titulada
Spiritual Gifts [Dones espirituales]. Esta serie fue
aumentada para formar una segunda de cuatro volúmenes titulada
The Spirit of Prophecy [El espíritu de profecía], y
finalmente ésta fue expandida en una serie de cinco volúmenes
titulada The Great Controversy Series [Serie El conflicto
de los siglos], que los adventistas generalmente consideran
la opus magnum de Elena White y la expresión definitiva del
pensamiento adventista. El conflicto de los siglos
es el título del quinto y el más significativo de los libros
de esa serie.
2. Usaré la palabra teodicea con
un sentido amplio, en contraste con otros usos del vocablo,
como cuando Alvin Plantinga hace una distinción entre “teodicea”
y “defensa” en su obra God, Freedom and Evil [Dios, la
libertad y el mal] (New York: Harper and Row, 1974), 28.
Según Plantinga, la teodicea trata de establecer que una manera
particular de enfrentar el mal es verdadera; la defensa sólo
busca establecer que es posible (Ibid., 58).
3. Aunque el concepto del conflicto de los
siglos tiene una importancia suprema en el pensamiento de
Elena White, los adventistas no le han ddedicado el estudio
que merece. En un singular y amplio estudio de este tema en
Elena White, Joe Battistone lo considera su idea teológica
central, el concepto que dio marco a la consideración de todos
los demas temas que la inquietaban (The Great Controversy
Theme in E. G. Whites Writings [El tema del conflicto
de los siglos en los escritos de E. G. White] [Berrien
Springs, Mich.: Andrews University Press, 1978]). La obra
de Battistone, sin embargo, consiste más bien en una sintesis
de la historia terrenal desde los orígenes del mal hasta la
restauración de la tierra. No ofrece una evaluación crítica
del concepto. Este artículo es un modesto paso hacia ese blanco.
4. Plantinga, God, Freedom and Evil,
58, y Stephen T. Davies, “Free Will and Evil.” [“El libre
albedrío y el mal”] en Encountering Evil: Live Options
in Theodicy [Haciendo frente al mal: Opciones latentes de
teodicea], ed. Stephen T. Davies (Atlanta, Ga.: John Knox,
1981), 7475.
5. Gregory A. Boyd, God at War: The Bible
and Spiritual Conflict [Dios en guerra: La Biblia y el conflicto
spiritual] (Downers Grove, Ill.: Inter-Varsity, 1997);
Satan and the Problem of Evil: Constructing a Trinitarian
Warfare Theodicy [Satanás y el problema del mal: Construyendo
una teodicea bélica trinitaria] (Downers Grove, Ill.:
Inter-Varsity, 2001).
6. “Dios pudo haber creado al hombre incapaz
de violar su ley;
pero en ese caso el hombre hubiese
sido, no un ente moral libre, sino un mero autómata. Sin libre
albedrío, su obediencia no habría sido voluntaria, sino forzada”.
(Elena G. de White, Patriarcas y profetas (Mountain
View, Calif.: Publicaciones Interamericanas, 1955), 30.
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