El conflicto de los siglos y el problema del mal
por Richard Rice
(3 de junio 2004)

Una vez oí a alguien decir que las diferentes interpretaciones dadas a la epístola a los Romanos a través de los siglos es una síntesis de la historia del pensamiento cristiano. Esto pareciera verdad si recordamos la influencia de la carta más larga de Pablo en las vidas de Martín Lutero, Juan Wesley y Karl Barth, por mencionar unos pocos. Pienso que el apocalipticismo bíblico ha jugado un papel similar en la historia del adventismo.

Los comentarios de Uría Smith y otros muestran que desde sus comienzos los adventistas han encontrado en Daniel y Apocalipsis una filosofía de la historia, una cronología de los eventos finales y la razón para nuestra existencia como movimiento religioso. Más recientemente, varios eruditos adventistas, entre ellos Roy Branson, Kendra Haloviak, Jon Paulien, Chuck Scriven y Charles Teel nos alertan acerca de las exigencias éticas contenidas en estos libros. Al anunciar el fin de la edad presente, Daniel y Apocalipsis desenmascaran las pretensiones de los poderes y principados, y nos desafían a vivir como ciudadanos del reino de Dios, no de los reinos de este mundo.

El conflicto cósmico descrito en el Apocalipsis es el concepto teológico más importante desarrollado por Elena White. Ella empleó el tema del conflicto de los siglos para interpretar los elementos esenciales de la fe cristiana y las inquietudes distintivas de los adventistas. También lo aplica al problema del mal.

En el prefacio de su libro El conflicto de los siglos, ella dice que uno de los objetivos por los que fue escrito era “ofrecer una solución satisfactoria al gran problema del mal”.1 El objetivo de este ensayo es examinar el contenido de la “teodicea” de Elena White.2 Basándose en el apocalipticismo bíblico, ¿cómo entiende ella el mal? ¿Cómo compara la teodicea de ella con otras? ¿Qué preguntas despierta?3

El diablo aparece infrecuentemente en las discusiones filosóficas contemporáneas acerca del problema del mal. Alvin Plantinga y su discípulo Stephen T. Davis describen a Satanás, el ángel caído Lucifer, como la posible explicación del mal natural. 4 (La expresión luciférica es de Stephen Davies.) La descripción que ellos hacen de la actividad demoníaca de Lucifer, sin embargo, es breve y casual, incidental a la tesis que ellos desarrollan.

Otro estudio reciente del tema trata de corregir esta falta. En dos gruesos volúmenes, Gregory A. Boyd argumenta que “la perspectiva bélica” supera las faltas de las teodiceas clásicas.5 No sé de nadie que desarrolle esta idea más extensamente que Elena White.

Un esbozo de la teodicea de Elena White

Escuetamente, Elena White interpreta el mal dentro del marco de un conflicto cósmico en que Satanás juega un papel central. El trasfondo del conflicto es el amor creativo de Dios y su resolución final será la realización del amoroso propósito divino para la creación.

Puesto que Dios es amor infinito, creó seres capaces de apreciar su carácter y de corresponder libremente a su amor. Esta acción, sin embargo, implicaba un riesgo, puesto que las criaturas que pueden amar libremente también pueden libremente rehusarse a amarlo y rebelarse contra su creador. Lamentablemente, esto fue lo que sucedió, y esta rebeldía de la criatura es la causa de todo sufrimiento. La rebelión, sin embargo, es temporaria. Eventualmente, el pecado y los pecadores serán erradicados, y como resultado de este “terrible experimento” con el mal, nadie jamás nuevamente volverá a poner en duda el amor y la autoridad de Dios. El universo quedará seguro contra toda otra rebelión.

El diablo juega un papel principal en cada etapa de esta narrativa. Según Elena White, el mal se originó en el universo mucho antes de la creación del mundo con la rebelión de Lucifer, el más exaltado de los seres creados. Lucifer era la cabeza de las huestes celestiales y el querubín cubridor que oficiaba en la misma presencia de Dios. Dada su exaltada posición y su gran inteligencia, tenía un profundo conocimiento de la naturaleza de Dios.

Aun así, en un momento dado, misteriosamente Lucifer comenzó a resentir la autoridad de Dios. Cultivó su desafecto hasta convencerse de que Dios no era justo, y consequentemente decidió que no podía servir más a Dios. Lucifer también despertó sospechas entre sus compañeros, los demás ángeles. Los convenció de que Dios era un tirano que no merecía la lealtad de ellos y finalmente persuadió a una tercera parte de las huestes celestiales a que se unieran a él y rechazaran la autoridad de Dios. Cuando la oposición floreció en abierta rebelión, todos ellos fueron echados del cielo.

Con la expulsión de Lucifer y sus ángeles, el escenario del drama cósmico se trasladó a la tierra, donde Satanás trató de extender su rebelión haciendo que Adán y Eva rechazaran la soberanía de Dios. Dios había dotado a los seres humanos esencialmente con la misma libertad gozada por los ángeles al prohibirles comer del fruto del “árbol del conocimiento del bien y del mal”.6

Hablando a través de la serpiente en el Edén, Satanás persuadió a Eva—y por medio de ella a Adán—a dudar de la benevolencia de Dios y a comer del fruto prohibido. Con este acto de deslealtad a Dios, los seres humanos perdieron su soberanía sobre la tierra en favor del Diablo. Desde entonces, Satanás y sus ángeles han estado ocupados arruinando al mundo.

Esto quiere decir que el Diablo es el responsable por todo lo que amenaza la vida y el bienestar de la humanidad. Es la causa original de todo sufrimiento, desde los desastres naturales y las enfermedades orgánicas hasta los pecados personales en todas sus manifestaciones, incluyendo al orgullo, la indulgencia propia, la crueldad, el crimen y la guerra. Bajo la fachada de la actividad humana, la esencia misma de la historia es el conflicto entre Dios y Satanás, quienes procuran concretar sus contrastantes objetivos para con el mundo, a la vez que cada uno trata de contrarrestar y socavar la obra del otro.

Una pregunta obvia es: ¿Por qué permitió Dios que el Diablo persistiera en su rebelión? ¿Por qué no lo destruyó? o, al menos, ¿por qué no le impidió hacer caer a otras criaturas? ¿Por qué se le permitió extender su rebelión, fomentar el descontento entre los ángeles, tentar a Adán y a Eva y arruinar la reciente creación de la tierra?

Esta pregunta nos trae al aspecto más importante de la teodicea luciférica de Elena White, la noción del universo de observadores. De la manera como ella la concibe, esta tierra es el campo de batalla donde Dios y Satanás luchan no sólo por las almas de los seres humanos, sino por la lealtad de todo el universo. El universo está poblado de seres que son agentes morales. Los ángeles no caídos y los habitantes de otros mundos están observando detalladamente el conflicto entre el bien y el mal en la historia humana con el propósito de determinar si Dios merece su completa lealtad.

Referencias

1. Elena White, El conflicto de los siglos (Mountain View, Calif.: Publicaciones Inteamericanas, 1954), 14. La “visión” del gran conflicto que recibiera en 1858 proveyó la base para una seria de volúmenes titulada Spiritual Gifts [Dones espirituales]. Esta serie fue aumentada para formar una segunda de cuatro volúmenes titulada The Spirit of Prophecy [El espíritu de profecía], y finalmente ésta fue expandida en una serie de cinco volúmenes titulada The Great Controversy Series [Serie El conflicto de los siglos], que los adventistas generalmente consideran la opus magnum de Elena White y la expresión definitiva del pensamiento adventista. El conflicto de los siglos es el título del quinto y el más significativo de los libros de esa serie.
2. Usaré la palabra teodicea con un sentido amplio, en contraste con otros usos del vocablo, como cuando Alvin Plantinga hace una distinción entre “teodicea” y “defensa” en su obra God, Freedom and Evil [Dios, la libertad y el mal] (New York: Harper and Row, 1974), 28. Según Plantinga, la teodicea trata de establecer que una manera particular de enfrentar el mal es verdadera; la defensa sólo busca establecer que es posible (Ibid., 58).
3. Aunque el concepto del conflicto de los siglos tiene una importancia suprema en el pensamiento de Elena White, los adventistas no le han ddedicado el estudio que merece. En un singular y amplio estudio de este tema en Elena White, Joe Battistone lo considera su idea teológica central, el concepto que dio marco a la consideración de todos los demas temas que la inquietaban (The Great Controversy Theme in E. G. White’s Writings [El tema del conflicto de los siglos en los escritos de E. G. White] [Berrien Springs, Mich.: Andrews University Press, 1978]). La obra de Battistone, sin embargo, consiste más bien en una sintesis de la historia terrenal desde los orígenes del mal hasta la restauración de la tierra. No ofrece una evaluación crítica del concepto. Este artículo es un modesto paso hacia ese blanco.
4. Plantinga, God, Freedom and Evil, 58, y Stephen T. Davies, “Free Will and Evil.” [“El libre albedrío y el mal”] en Encountering Evil: Live Options in Theodicy [Haciendo frente al mal: Opciones latentes de teodicea], ed. Stephen T. Davies (Atlanta, Ga.: John Knox, 1981), 74–75.
5. Gregory A. Boyd, God at War: The Bible and Spiritual Conflict [Dios en guerra: La Biblia y el conflicto spiritual] (Downers Grove, Ill.: Inter-Varsity, 1997); Satan and the Problem of Evil: Constructing a Trinitarian Warfare Theodicy [Satanás y el problema del mal: Construyendo una teodicea bélica trinitaria] (Downers Grove, Ill.: Inter-Varsity, 2001).
6. “Dios pudo haber creado al hombre incapaz de violar su ley;…pero en ese caso el hombre hubiese sido, no un ente moral libre, sino un mero autómata. Sin libre albedrío, su obediencia no habría sido voluntaria, sino forzada”. (Elena G. de White, Patriarcas y profetas (Mountain View, Calif.: Publicaciones Interamericanas, 1955), 30.

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